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Opinión ‘La guerra de las galaxias’, Joseph Campbell y la nostalgia profunda

Escena de la primera temporada de la serie 'El libro de Boba Fett', parte de la saga de 'Star Wars'. (Cortesía de Disney Plus)

Jorge Carrión es escritor y crítico cultural.

Las series de La guerra de las galaxias (Star Wars) y los libros de Joseph Campbell viven un momento álgido. La excelente acogida crítica y popular de las dos temporadas de El Mandaloriano ha llevado al estreno de El libro de Boba Fett, la más reciente entrega de un universo que se mueve entre el western y la ciencia ficción. La obra de Campbell, el famoso mitógrafo estadounidense cuyo trabajo inspiró a George Lucas, no deja de acumular —en paralelo— expansiones transmedia en inglés y nuevas ediciones en español. 45 años después de la primera película de La guerra de las galaxias, que lanzó al mundo un poderoso imaginario con factura de serie B, y 70 después de la publicación de El héroe de las mil caras, ambos discursos siguen presentes y activos. ¿Cuál es el secreto de su éxito?

Una primera respuesta nos la da el propio erudito en las páginas del cuarto volumen de Las máscaras de Dios: “En la historia de nuestra especie, todavía joven, un profundo respeto por las formas heredadas ha tendido a suprimir la innovación”. Pese a las necesarias mutaciones, el ADN cultural es conservador. Pero en el contexto de nuestra época, intuyo que la razón es más compleja. No solo nos seguimos vinculando a la mitología pop de los jedi, la República y el Imperio, y la traspasamos a nuestros hijos por nostalgia generacional. También nos continuamos aferrando a esas sagas y a los esquemas antropológicos que explican las estructuras narrativas universales por una nostalgia profunda, que va más allá del siglo XX y que se remonta a un mundo que se podía explicar gracias al monomito. Nuestro mundo, en cambio, es caótico, transmedia, polimítico.

El monomito es el gran meme de Campbell, su brillante idea viral, el hallazgo que se convirtió en una fórmula o un mantra que ha sido replicado tanto por las escuelas de guionistas de Hollywood como por antropólogos y narratólogos de todo el mundo. Hay 17 etapas en el viaje del héroe —según él— que se reparten en tres grandes fases: la salida, la iniciación y el regreso. Tanto Prometeo, Osiris o Buda como Frodo Bolsón, Luke Skywalker o Harry Potter siguen esos pasos —con ciertas variantes— en sus respectivas aventuras. Pero la verdad es que, aunque ese extraordinario análisis de mitología comparada explique muchas de las narrativas clásicas y modernas, solo nos permite entender una parte de ellas. En la posmodernidad y el siglo XXI hemos pasado del monomito al polimito.

Según Campbell, son tres las funciones principales de una mitología: reconciliar la nueva consciencia con el misterio del mundo, proponer una interpretación de conjunto de la realidad e imponer un orden moral. Ese es el consuelo que encontramos en La guerra de las galaxias, cuya esencia ha sabido actualizarse en las dos nuevas series. Si el protagonista de El Mandaloriano reescribe el western mágico en clave de cuidados masculinos (gracias al carismático Grogu, alias “Baby Yoda”), la vida del cazarrecompensas Boba Fett cobra un nuevo sentido tras vivir una experiencia antropológica radical. El renacimiento es puesto en escena en el segundo capítulo, cuando el prisionero es reconocido por la tribu, lleva a cabo un doble ritual iniciático (el asalto al tren y la ingestión de droga ritual) y finalmente manufactura su propio bastón y participa en la danza colectiva alrededor de la hoguera. En esa coreografía no solo renace el personaje —hasta ahora muy secundario, a partir de ahora protagonista—, también lo hace la saga.

En Las extensiones interiores del espacio exterior, Campbell afirma que tanto el artista como el sacerdote son maestros del lenguaje metafórico. Divergen en que el creador “es capaz de ofrecer alguna innovación” en términos técnicos o de inspiración; mientras que el sacerdote “se halla comprometido, por vocación, con un vocabulario que ya ha sido construido, del que él es representante”. Jon Favreau, creador de ambas series de la saga de La guerra de las galaxias para Disney+, está siendo capaz de llevar a cabo una operación de renovación parcial en el seno de un código casi religioso.

También la obra del mitógrafo se actualiza. Tanto a través de iniciativas de la Joseph Campbell Foundation, que impulsa podcasts sobre su legado, como en la confrontación con las nuevas miradas que el feminismo, felizmente, ha impuesto sobre las lecturas tradicionales. La profesora de Harvard Maria Tatar, experta en narrativas tradicionales, publicó a finales del año pasado The Heroine With 1001 Faces, un extenso ensayo donde analiza el papel de las mujeres en las mitologías antiguas y modernas. Un recorrido erudito por las heroínas que no aparecen en la obra del autor de Diosas.

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Me temo que no dejan de ser ejercicios de negación. Aunque existan sin duda argumentos universales, arquetipos que se repiten, cuentos que se cuentan con variantes una y otra vez, lo cierto es que la mayor parte de la literatura, las series, el cine, el teatro, el cómic o las narrativas digitales de nuestra época no se pueden entender desde el monomito.

Las obras de David Foster Wallace, Roberto Bolaño, David Simon, Joey Solloway, Michel Houellebecq, Han Kang, Lola Arias, Alison Bechdel, Rutu Modan o Alan Moore imaginan en otras direcciones, más allá de los héroes y los antihéroes y sus etapas, en formas no lineales, rizomáticas, de redes o cuánticas. Mientras la épica pervive en el mainstream, las narrativas artísticas insisten en el desencanto o la ironía. Tampoco se puede decir que sean monomíticos muchísimos relatos comerciales de naturaleza audiovisual, desde blockbusters y videojuegos hasta canales de YouTube o TikTok. Es imposible prever, en nuestra época de algoritmos predictivos en el alma de las plataformas de contenidos culturales, cuál será el próximo fenómeno de masas. La edad contemporánea es imprevisible, convulsa, polimítica. Pero no lo queremos aceptar.

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