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Opinión Las sanciones impuestas al deporte ruso no ayudan a Ucrania, solo alimentan la rusofobia

Las palabras 'Gloria a Ucrania' se ven escritas en el costado del tráiler del equipo nacional de Rusia de campo traviesa, en Holmenkollen. cerca de Oslo, el miércoles 2 de marzo de 2022. La guerra en Ucrania ha avivado una rusofobia. (Torstein Boee/NTB scanpix via AP)
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Alejandro Wall es periodista especializado en deportes. Actualmente es columnista de ‘Pasaron Cosas’, por Radio con Vos, y coconductor de ‘Era por abajo’. Ha publicado cuatro libros deportivos, entre ellos ‘El último Maradona’.

Una desrusificación atraviesa al deporte. Le dicen cancelación, una palabra demasiado amable. Comenzó cuando la UEFA sacó de San Petersburgo la final de la Champions League para mudarla a París. Esa decisión desplegó una cascada de castigos que siguió con la eliminación de los equipos rusos en competencias europeas, la suspensión de la selección de fútbol de las eliminatorias para Qatar 2022, el despido del piloto de Fórmula Uno Nikita Mazepin, la expulsión de los atletas rusos de los Juegos Paralímpicos de Invierno Beijing 2022 y la tarjeta roja para el equipo de Copa Davis. Wimbledon ya le adelantó al tenista ruso Daniil Medvedev que no podrá participar del Grand Slam salvo que se manifieste opositor al presidente ruso, Vladimir Putin. Todo lo ruso, afuera.

Mientras las bombas caen en Ucrania, mientras su población huye hacia las fronteras, en nombre de una supuesta solidaridad con el pueblo agredido lo ruso se convirtió en un hecho maldito.

El estereotipo ruso se construyó para Occidente con espías y máquinas para matar. Esa narrativa cinematográfica moldeó un sentimiento antirruso: la rusofobia, un conjunto de prejuicios contra su cultura, su pueblo, su política aun cuando hayan pasado tres décadas de la caída de la Unión Soviética, y también contra su deporte y sus deportistas. El occidental era Rocky Balboa, que desayunaba huevos crudos, talaba árboles y ascendía con épica las escalinatas del Museo de Arte de Filadelfia, y el ruso era Iván Drago, un boxeador diseñado a base de esteroides y computadoras. Esos prejuicios siguen ahí. La rusofobia no nació en Hollywood durante la Guerra Fría. Tampoco con la Unión Soviética. La española María Elvira Roca Barea cuenta en su libro Imperiofobia que el odio a lo ruso brotó hace tres siglos con la Ilustración francesa.

¿Es justo que los deportistas paguen por las decisiones de su gobierno? ¿Ocurrió lo mismo con otras invasiones? Hay que ver lo que hizo el Comité Olímpico Internacional (COI). Los derrotados de la Primera Guerra Mundial no fueron invitados a Amberes 20. Después de la Segunda Guerra, Alemania y Japón no participaron de Londres 48. La exYugoslavia tampoco lo hizo en Barcelona 92, con el fondo de la Guerra de los Balcanes. Pero en ningún caso la marea de sanciones se expandió tanto como con Rusia, donde no fue solo el deporte olímpico. Por la diversidad de las disciplinas, lo más cercano fue el boicot deportivo contra Sudáfrica durante los años del apartheid, que incluía un registro de contactos de atletas, equipos o federaciones que violaran el aislamiento.

Estados Unidos, en cambio, no sufrió castigos deportivos por ninguna de sus excursiones de guerra. Pero Muhammad Ali recibió cárcel y fue despojado de sus títulos por negarse a ir a Vietnam. Y los atletas John Carlos y Tommie Smith fueron expulsados del olimpismo por su protesta con el saludo del Black Power en México 68.

Ahora mismo esa doble vara queda expuesta en la Premier League. Lo resumió un partido, el que jugaron Chelsea y Newcastle. De un lado, Roman Abramovich. Del otro, la familia real de Arabia Saudita. Abramovich, dueño del equipo londinense, aterrizó en la Premier League hace dos décadas como parte del convoy de oligarcas rusos que se enriquecieron con la caída de la Unión Soviética. Pero entonces, cuando compró el Chelsea, no era un oligarca para el poder del fútbol, era un magnate. Su dinero cambió el mercado del fútbol. Todo se infló. Y aunque el origen de su fortuna —que comenzó a juntar en los últimos años soviéticos con el mercado negro inmobiliario— ya era discutible, ahora Abramovich cayó en desgracia. Es uno de los empresarios rusos a los que el gobierno británico les congeló los activos, entre ellos el Chelsea, actual campeón de Europa. A Abramovich le señalan sus vínculos con Putin, los mismos que había tejido en su momento con el exmandatario Boris Yeltsin.

El dueño del Newcastle es Mohamed Bin Salmán, príncipe heredero de Arabia Saudita, y presidente del Fondo de Inversión Pública por medio del cual compró el club inglés. No importaron las denuncias de Human Rights Watch acerca de que agentes del gobierno saudí estuvieron detrás del asesinato del periodista Jamal Khashoggi, columnista de The Washington Post. Tampoco importó Yemen, país bombardeado desde 2015 por una coalición que lidera Arabia Saudita. En noviembre del año pasado, la Organización de las Naciones Unidas calculaba 377,000 muertos. La última noticia fue la ejecución de 81 personas, la mitad perteneciente a la minoría chiíta. “¿No debería alguien en el fútbol también preocuparse un poco por la guerra en Yemen?”, se preguntó Barney Ronay en The Guardian. Ahí, dice, no hay “vínculos” como en el caso de Abramovich: “Es literalmente la misma persona que supervisa tanto el fondo de fútbol como los aviones de combate”.

Lo que ocurre con el deporte aparece como lo menos importante dentro del drama que vive el pueblo ucraniano. Y si es lo menos importante, ¿por qué los gobiernos del deporte global no suspenden sus actividades? Porque sus productos se mantienen ante todo. “Tuvimos que tener en cuenta los riesgos a los que se exponían los atletas rusos y bielorrusos que participaban en competiciones internacionales debido a los profundos sentimientos antirrusos y antibielorrusos que siguieron a la invasión”, se justificó en una carta Thomas Bach, presidente del COI.

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Sus decisiones, sin embargo, profundizan más esos sentimientos. No hacen justicia, solo alimentan la xenofobia hacia lo ruso. No ayudan a la gente de Ucrania que sufre los ataques y tampoco a las y los rusos que están en contra de la guerra; los que se manifiestan enfrentando la represión y los que se mantienen en silencio. Tampoco ayudan a quienes entienden que la OTAN no es inocente en este asunto. No son los deportistas rusos los responsables de las políticas de su gobierno. Y no es a su gobierno al que afectan los castigos.

El deporte es político aunque se esmere por construir un relato de neutralidad. A Rusia, además, parece que siempre la están esperando. Es cierto, tuvieron los Sochi 2014 y el Mundial de fútbol 2018, al que Boris Johnson, entonces canciller británico, comparó con Berlín 36, los Juegos Olímpicos de la Alemania nazi. Las guerras generan odios que luego tardan demasiado tiempo en desarmarse, como dijo el entrenador de fútbol Pep Guardiola. Los ucranianos no olvidarán el sufrimiento. El deporte no debería alentar otros odios.

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