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Opinión Los bots culturales: influencers de la inteligencia artificial

El logo de Spotify en un celular, el 29 de enero de 2022. (Gabby Jones / Bloomberg)
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Archillect es un proyecto de descubrimiento de contenidos visuales que cuenta con casi 350,000 seguidores en Instagram y cerca de tres millones en Twitter. Muestra sobre todo fotografías, pero la sección TV del sitio encadena vídeos de unos pocos segundos, que se repiten tres veces antes de ser remplazados por el siguiente. Es hipnótico. La curación no es realizada por un equipo humano, sino por una inteligencia artificial. A través de palabras clave, rastrea la red en busca de imágenes que ya han despertado el interés de ciertas audiencias y las convierte en posteos según los datos que extrae de las reacciones previas. La definen como una “musa digital” y como un algoritmo que intenta entender el significado del like en las redes sociales.

Esa investigación, aunque se nutra de datos masivos, es eminentemente filosófica. Se interroga sobre lo que nos constituye como seres humanos en la tercera década del siglo XXI. Como escribió el poeta y matemático español Javier Moreno en su desafiante ensayo El hombre transparente: el like es una moneda “cuyo patrón ya no es el oro sino la popularidad”, “el acto esencial de nuestro tiempo”, que no responde al pensamiento o el juicio, sino a la emoción. Lo más parecido al alma de cada ser humano, prosigue, es el Google takeout: la información recopilada por la corporación sobre todo lo que hemos buscado y encontrado en ella.

A partir de la radiografía de la interacción de millones de personas con contenidos, Archillect escanea nuestro gusto, sensibilidad y creatividad colectivos. Y señala sus manifestaciones más significativas. Tal vez sea la iniciativa más visible de curación y prescripción cultural algorítmicas, pero no es ni mucho menos la única. Se han multiplicado durante la última década.

Desde las listas de reproducción de Spotify generadas por inteligencia artificial hasta las recomendaciones de series o películas de Netflix, pasando por la publicidad personalizada de Amazon o Facebook, los algoritmos más poderosos no paran de diseñar estrategias para conocer a sus usuarios, analizar sus preferencias y adivinar el futuro de sus deseos. La silueta de sus almas lectoras.

No hay duda de que esa región matemática —la de los sistemas informáticos de las grandes plataformas— constituye el ejército principal de lo viral, en su invasión imparable de territorios de lo clásico; pero existe otro ámbito muy importante y mucho más discreto donde lo digital también penetra en la intimidad de nuestros gustos y consumo: los bots culturales. Cuando a finales de 2019 definí los OCVIs (Objetos Culturales Vagamente Identificados), no me había dado cuenta todavía de que los robots de internet, esos programas informáticos que se alían con la inteligencia artificial, también pertenecen a la familia de criaturas digitales —como las stories, los pódcasts, los memes o los relatos interactivos para dispositivos móviles— que ha alterado el panorama cultural de nuestra época.

Como las alertas de “muy compartido” y otras formas de visualizar las tendencias, o los influencers virtuales, los bots son agentes prescriptivos. Los encontramos tanto en la circulación de las noticias (The Washington Post los usa para la generación de textos o para su traducción al audio) o en la verificación de datos (el chatbot del sitio español Maldita.es para WhatsApp), como en formas más inesperadas e incluso poéticas. Pienso en los juegos (como el TriviaBot de Telegram) o la relectura de colecciones museísticas (como las del MoMA o Reina Sofía), o en las cuentas de Twitter de generación automática que revitalizan la obra de escritores clásicos: la de Jorge Luis Borges es administrada personalmente, pero la de Safo en inglés —como tantísimas otras— es producida por un programa.

La influencia va más allá de la difusión, la cita, el collage, el reciclaje o el rescate (los algoritmos pueden convertir en tendencia canciones o libros de hace décadas o siglos) y se adentra en la ficción y hasta el espiritismo. El bot de Magical Realism, por ejemplo, genera en Twitter cada cuatro horas una historia fantástica. Mi favorita tal vez sea: “En Sevilla hay un hospital para galaxias enfermas”. Y con el GPT-3 —un modelo de lenguaje que produce textos que parecen humanos mediante aprendizaje profundo— llegan los robots creadores. De modo que, también en el ámbito de la inteligencia artificial, cada vez es más borrosa la frontera entre el creador y el lector, el artista y su crítico. Incluso se difumina la última frontera, la que nos separa de la muerte: en diciembre OpenAI cerró el Proyecto Diciembre, una web que proporcionaba a sus usuarios la tecnología necesaria para recrear algorítmicamente las palabras de un ser querido fallecido para poder seguir hablando con él.

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Musas o interlocutores, divertimentos o influencers, médiums o herramientas, los bots culturales han llegado no solo para quedarse, sino también para crecer y ser cada vez más determinantes. Son la expresión mínima, individual, de una realidad abstracta que en muchos casos supera nuestra capacidad de imaginar. No nos caben literalmente en la cabeza las familias de algoritmos que dialogan entre sí en el seno de Google o Netflix. Ni siquiera los ingenieros que los crearon los acaban de comprender. A los bots, en cambio, esos programas cotidianos, conversacionales o unidireccionales, sí somos capaces de identificarlos y asimilarlos. Sí tienen escala humana. Como los asistentes personales, que también han incorporado a sus roles el de la búsqueda y la recomendación de contenidos culturales, son intermediarios amables, incluso simpáticos, entre la persona y mundo digital.

No hay duda de que son espías del capitalismo de vigilancia y activistas de la digitalización del mundo. Pero, al mismo tiempo, nos ayudan a descubrir, a interpretar, a observar desde otra perspectiva nuestra realidad. Y la suya. Y eso es, precisamente, lo que buscamos en la cultura.

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