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Opinión Sheinbaum se desploma junto con el plan de AMLO para su sucesión

Foto del 5 de diciembre de 2018 del presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), en la toma de protesta de Claudia Sheinbaum como jefa de Gobierno de Ciudad de México. (Cortesía Presidencia de la República de México)
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A lo largo de las tres campañas electorales en las que buscó ser presidente de México, a Andrés Manuel López Obrador (AMLO) siempre lo acompañó la sospecha de que, en contra de las leyes mexicanas, buscaría reelegirse y perpetuarse en el poder.

Siempre pensé que ese era un temor sin fundamento y hoy estoy más seguro que nunca. Desde el inicio AMLO empezó a dibujar su sucesión para dejar en su lugar a alguien a quien pudiera manejar desde las sombras: Claudia Sheinbaum, jefa de Gobierno de Ciudad de México.

Sin embargo, las cosas no han funcionado como él quisiera. Su favorita se está desplomando aceleradamente. Si al inicio del sexenio la conversación era si AMLO se quería reelegir, hoy la conversación es que el presidente ha perdido control de su sucesión.

La culpa no es de AMLO, sino de Sheinbaum. Ella, en un abierto y penoso afán de congraciarse con su mentor, ha decidido cambiar de personalidad y traicionar el perfil político que había construido sobre sí misma.

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Cuando compitió por la jefatura de Gobierno, la doctora Sheinbaum supo presentarse ante la sofisticada ciudadanía de la capital como una persona capaz de absorber lo bueno del obradorismo sin los prejuicios trasnochados del caudillo: mujer feminista, austera y científica universitaria, que incorporó a figuras de la sociedad civil a su gabinete; era moderada en sus expresiones públicas hacia sus rivales y críticos, además de estar en favor del medioambiente y la tecnología.

De esa Claudia Sheinbaum no queda nada. Hoy lo que vemos es una mala copia de López Obrador, que ha adoptado sus mismas expresiones de odio, repite deschavetadas teorías conspiratorias para justificar sus escándalos y ha dinamitado todos los puentes. Si en algún momento intentó navegar en las aguas revueltas de mantener su esencia sin contradecir las barbaridades de su jefe, de un tiempo para acá ya ni siquiera se esfuerza en guardar las apariencias.

Es el mismo guion que utilizan y dictan desde Palacio Nacional: el presidente se ha radicalizado en los últimos meses y su partido, Morena, también. Sheinbaum sigue esa partitura al pie de la letra. Pero al hacerlo, no parece darse cuenta de dos grandes peligros para su aspiración presidencial.

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El primero es que ella no es López Obrador. No tiene el carisma ni la conexión con la gente del presidente. No tiene su recorrido político, su kilometraje en tierra ni su historia de lucha. Los dos grandes activos que llevaron a AMLO al poder, la popularidad y la legitimidad, no son hereditarios.

El segundo es que apuesta solo por el voto duro de su movimiento político. Ha dejado de hablarle a las clases medias y medias altas que votaron por ella al creer que era una figura de izquierda moderna. Los resultados de esa apuesta han sido electoralmente catastróficos y hoy Ciudad de México, que era el bastión lopezobradorista por excelencia, parece más bien de la oposición: el oficialismo perdió la mitad de las alcaldías en la elección del 2021 —algo inédito— y en la consulta de revocación de mandato presidencial impulsada por AMLO, en Ciudad de México votó menos de 20% de la lista nominal. Sheinbaum ha demostrado no ser una buena operadora política.

Además, su manejo de crisis ha sido desastroso y dos escándalos mayúsculos la persiguen.

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Durante la pandemia, la capital ha sido una de las ciudades con más exceso de muertes del mundo. Mientras, el gobierno local suministró ivermectina —un tratamiento contra COVID-19 que los estudios siguen señalando que no funciona— a casi 200,000 ciudadanos, sin advertirles de posibles efectos secundarios ni solicitar su consentimiento. Ante el escándalo, ni Sheinbaum ni su gobierno ofrecieron una disculpa, tampoco se despidió o se dio seguimiento judicial a los funcionarios responsables, sino que —siguiendo el mismo guion de AMLO— acusó un “cónclave de altos jerarcas conservadores para atacarnos”.

El año pasado el desplome de vagones de la Línea 12 del Metro ocasionó la muerte de 26 personas. Sheinbaum lo llamó “incidente”, no fue empática con las víctimas y sus familias, y protegió a Florencia Serranía, entonces directora del Metro. No hay una sola persona detenida por este hecho. La jefa de Gobierno contrató a la empresa noruega DNV para realizar un peritaje independiente y la presumió como “líder en el mundo y especialista en análisis y la investigación de falla”.

Las dos primeras entregas de peritajes fueron avaladas por Sheinbaum y sus funcionarios, pero el tercero señala a su gobierno de presuntas omisiones en la conservación de la línea colapsada. Ella decidió entonces esconder el informe, descalificar a la empresa noruega a la que tanto había elogiado y hasta demandarla bajo la acusación de que se había coludido con la oposición para golpearla políticamente.

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Además de esas crisis, hay que sumar su confrontación permanente con las feministas capitalinas. En el clímax de la sumisión hacia AMLO, ha atacado —literalmente con gases lacrimógenos— al movimiento del que tendría que ser uno de los frutos más exitosos.

Sheinbaum no ha manejado las crisis con la frialdad de una política moderna, con la inteligencia de quien prometió adoptar en el gobierno las mejores prácticas desarrolladas por la sociedad civil organizada. Sencillamente siguió el guion vetusto de su padrino político que, si en él se ve mal, en ella se ve peor.

Entre la mala operación político-electoral y las crisis de gobierno pésimamente manejadas, la favorita de López Obrador se desploma. El presidente está desbocado por ella, pero sigue cayendo en las encuestas de aprobación (52% en abril): no prende, no emociona, no conecta. Las porras de “¡presidenta! ¡presidenta!” que le organizan en los actos de gobierno y de Morena suenan cada vez más descafeinadas.

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En los círculos del presidente la sensación de haber caído en un bache en los últimos meses ha despertado la conversación de que se debe pasar a un plan B, que la jefa de Gobierno no dio el ancho y que es momento de que el oficialismo busque otra figura. Ya se anunció que el secretario de Gobernación, Adán Augusto López, quien también se ha radicalizado para complacer al presidente, está en la lista de precandidatos. Pero tampoco tiene el atractivo del presidente, ni una oratoria que movilice. El presidente también ha señalado al canciller, Marcelo Ebrard, quien tampoco tiene una conexión natural con las masas y AMLO lo ha dejado recurrentemente de lado, quizá porque siente que no le garantiza ser su marioneta.

La buena noticia para AMLO hasta el momento es que la oposición no tiene figuras que puedan competir en la elección. Aunque tal vez es mejor no tener figuras que tener las que tiene el presidente para su sucesión.

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