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Opinión Criar hijos feministas parecía fácil pero, ¿una hija? Mucho más complicado.

La autora, Kate Cohen, con su hija. Un relato para el Día de la Madre. (Katye Brier para The Washington Post)
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Cuando era una madre joven, estaba segura de que mi esposo y yo íbamos a poder criar a nuestros dos hijos para que fueran feministas. Tomamos todas las medidas necesarias. Recibieron un sobrenombre tosco pero igualitario y se les permitió pintarse las uñas de los pies cuando pidieron hacerlo.

También obtuvieron un modelo masculino a seguir con trabajos que tradicionalmente son “para hombres” (agricultor, constructor) pero también con muchos rasgos estereotipados como “femeninos”. Él pasaba tiempo con los bebés, atesoraba a sus amigas mujeres y lloraba durante la secuencia inicial de Up. Por mi lado, les enseñé a cocinar, a escribir notas de agradecimiento y a que no les diera asco la menstruación.

Imagínenme silbando por la calle en una carreola doble, confiada en que íbamos a poder criar seres humanos íntegros y justos. Ahora imagínenme deteniéndome en seco cuando me enteré de que nuestra tercera criatura sería… una niña.

¿Qué aprendería ella de mi ejemplo? ¿Que las mujeres son las que cocinan y escriben las notas de agradecimiento? ¿Que las madres anteponen a sus familias? Sí, mi esposo también hacía eso, pero cuando él lo hacia era considerado progreso; cuando yo lo hacía era como si estuviéramos de nuevo en la década de 1950.

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Peor aún: como feminista yo era buena en la teoría pero mediocre en la práctica. Evitaba el conflicto, anhelaba la aprobación y, por reflejo, cedía a la autoridad masculina. Sabía que buscar adelgazar para ajustarme a los estándares de belleza patriarcales era una traición tanto para mi autoestima intrínseca como para las mujeres de todo el mundo y, sin embargo, todos los días, lo intentaba. Todos los días.

¿Qué pasaría si mi hija crecía para ser como yo?

Read in English: Raising feminist sons seemed easy. A daughter? Much trickier.

Estuve en guardia desde el momento en que nació. ¡Ninguna muñeca Barbie traspasará este perímetro! Pero apenas entró a preescolar, las princesas y las estrellas de pop adolescente entraron en su conciencia y le aplicaron su magia Disney. A los tres años, solo usaba vestidos y anunciaba, para consternación de sus hermanos, que el rosa era un “color de niña”.

No podía controlar sus gustos, pensé, pero sí podía controlar mis acciones. Me aseguré de elogiar su inteligencia y no su apariencia. Me abstuve de contar calorías en su presencia. Dejé de abrazarla sin permiso.

Esa última medida me llevó más tiempo del que me gustaría admitir. Mi hija tenía 12 años y el movimiento #MeToo señalaba cuan casual y común era que a las niñas se les quitara su autonomía corporal. Me di cuenta de la frecuencia con la que la había obligado a que besara a tal o cual familiar, quisiera o no, ignorando su renuencia en nombre de la cortesía.

Comencé a pedirle permiso antes de abrazarla. Cuando decía que no, sentía una especie de triste alegría. Cuando yo era niña, nunca creí por completo que tenía derecho a mi propio cuerpo; quizás como mujer tampoco lo llegué a creer. Pero ella sí lo creyó.

Es por eso que cuando comenzó a usar maquillaje y pidió una maquinilla para afeitarse las piernas, entré en conflicto. Era evidente que mi hija estaba bajo la influencia de los estándares de belleza patriarcales que desesperadamente quería que desafiara. Pero igual de evidente fue el hecho de que ella nos estaba desafiando.

Yo había hecho lo contrario durante mi adolescencia: me negué a usar rímel, afeitarme las piernas o incluso perforarme las orejas, no por mí sino porque no quería decepcionar a mi padre izquierdista. Así es: me rebelé completamente contra el patriarcado para complacer a una figura de autoridad masculina.

No hace falta decir que le compré a mi hija la maldita maquinilla de afeitar. ¿Quién era yo para sermonearla al respecto?

Sentía lo mismo cuando se peleaba con su padre, lo cual hizo a menudo en sus primeros años de adolescencia: eran discusiones acaloradas entre dos personas obstinadas cuyas visiones políticas eran lo suficientemente cercanas como para chocar. Cuando la visitaba en su habitación después —y no, no quería que la abrazara— estuve tentada a sugerirle que gritara menos y calmara más sus ánimos. En otras palabras, que fuera más como yo.

Pero no lo hice. Me sorprendía que pudiera hacer una argumentación inteligente y apasionada y defender su postura. Lo menos que podía hacer era abstenerme de regañarla por eso.

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Su postura sobre el maquillaje ha cambiado desde entonces, pero su sentido de autocontrol no se ha movido. Hace unos días, mientras discutía con su padre, su hermano se sentó a su lado y no paró de interrumpirla. Enojada, se detuvo a mitad de la frase y se volvió hacia él. “Entiendo que te guste burlarte de mí”, le dijo, “pero espera a que termine de hablar y luego búrlate de mí”. Eso lo hizo callar. Mi hija se volvió hacia su padre para terminar de exponer su punto.

En ese momento la imaginé con una espada en cada mano, deteniendo ataques con la izquierda y avanzando con la derecha. Eso, definitivamente, no lo había aprendido de su madre. Sin embargo, espero haberle enseñado una lección a mi hija: nunca es demasiado tarde para hacerlo mejor.

Quizás algún día creceré para ser como ella.

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