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Opinión Mentira tras mentira, Brasil está al borde de una catástrofe de desinformación climática

Foto de archivo de un incendio que consume la tierra recientemente deforestada por los ganaderos cerca de Novo Progresso, estado de Pará, Brasil, el 23 de agosto de 2020. (Andre Penner/AP)
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Robert Muggah es cofundador del Instituto Igarapé, un centro de estudios con sede en Brasil. Mac Margolis es columnista de 'The Washington Post’ y autor de ‘Last New World: The Conquest of the Amazon Frontier’.

Los brasileños conocen muy bien las noticias falsas. Los charlatanes en redes sociales han atacado la integridad del sistema de votación electrónica de Brasil, han acusado sin bases a la oposición política de “enseñar” homosexualidad en las aulas de clase y han promovido tratamientos para el COVID-19 basados en la fe, todo con el apoyo y el guiño del palacio presidencial. Ahora, las turbas de las redes sociales, con la bendición del “Gabinete del odio” de Brasil, están troleando la selva tropical más grande del mundo.

Una nuevo cruce de la frontera de la posverdad está generando preocupaciones en todas partes. A eso agreguémosle la inclinación de Brasil por las guerras culturales y la polarización cáustica, junto con una de las peores crisis ambientales del planeta, y tendremos los ingredientes para una catástrofe de desinformación climática.

No sorprende que el país que lidera el planeta en emisiones de gases de efecto invernadero liberadas por la deforestación de zonas del interior también destaque en la cantidad de noticias falsas sobre el clima. Y con la profundización de las divisiones sociales y la propaganda de agitación (agitprop), la formulación de políticas con base empírica y cualquier expectativa de controlar el peligroso cambio climático también se están desvaneciendo.

Read in English: Brazil is gaslighting its way to a climate misinformation catastrophe

El presidente Jair Bolsonaro nunca está lejos de donde emerge la desinformación en Brasil. Mientras los bosques desaparecían y ardían a un ritmo récord en 2019, Bolsonaro culpaba de forma irrisoria a las organizaciones no gubernamentales y sus presuntos patrocinadores extranjeros por la conflagración, avivando así la llama de las conspiraciones en línea. Últimamente, ha promocionado la idea de el “nuevo indio”, quien supuestamente está ansioso por darle la bienvenida al emprendimiento —sobre todo en cuanto a la prospección de oro— en su tierra nativa, incluso cuando oleadas de manifestaciones de comunidades indígenas han denunciado la arremetida de los mineros ilegales.

Otra matriz de opinión digital falsa es la afirmación de que Brasil necesita de forma desesperada cavar en la Amazonía, especialmente en territorio indígena, para obtener potasio, un mineral esencial para los fertilizantes y que está en escasez en la actualidad debido a la invasión a Ucrania. Eso, por supuesto, ignorando el detalle de que dos tercios de las reservas de potasio de Brasil se encuentran fuera de la Amazonía y solo 11% se encuentra en tierras indígenas.

El invernadero emergente de falsedades ambientales significa que la batalla por la descarbonización global y la deforestación cero no solo se da en el ámbito de las confabulaciones diplomáticas y las manifestaciones en las calles, sino que también debe librarse en línea y en las redes sociales. Un estudio reciente muestra cómo los algoritmos de recomendaciones de Facebook llevan a los usuarios a filtrar información y generar burbujas donde aquellos que ya se inclinan por el escepticismo climático reciben más de lo mismo, lo que ofrece un atisbo de lo difícil que será la lucha.

La propagación desenfrenada de desinformación tiene implicaciones potencialmente nefastas para la cuenca del Amazonas, donde entes con intereses económicos agresivos enarbolan falsas banderas en su intento por acceder a los recursos que con demasiada frecuencia se encuentran en zonas protegidas.

Inspirándose en la estrategia histórica de las grandes tabacaleras para los fumadores de cigarros en todo el mundo realizada con datos científicos contaminados, los intereses políticos y económicos están rebautizando de forma activa el saqueo como “desarrollo”. La Amazonía está siendo presentada como un entorno que necesita “emprendimiento” y “modernización”, donde las amenazas reales provienen de grupos ecológicos militantes y una agenda imperialista imaginaria. Para empeorar las cosas, la información verificada sobre la Amazonía en las redes sociales sigue siendo escasa, lo que anima a los influencers cercanos al líder brasileño simpatizante de las motosierras y los mineros a duplicar los me gusta y los retuits incendiarios.

Un documental reciente sobre la maquinaria de desinformación en la Amazonía reveló la existencia de un ecosistema virtual de algoritmos y agitadores, cuyos elogios en línea de la actitud depredadora laissez-faire hacia la selva tropical han acumulado 70 millones de vistas en YouTube. Recientemente, Meta cerró un grupo de perfiles de Facebook e Instagram dedicados a difundir visiones apócrifas de la Amazonía, según un preocupante informe trimestral. Con Bolsonaro y su séquito acumulando decenas de miles de nuevos seguidores en Twitter —la mayoría de ellos cuentas de bots— desde el anuncio del acuerdo de venta a Elon Musk, desintoxicar la web será aún más complicado.

Brasil no es el único caso. Aunque según las encuestas los latinoamericanos se encuentran entre los que más se preocupan por el cambio climático y sus causas humanas, siguen existiendo búnkeres recalcitrantes. Una encuesta de Latinobarómetro de 2017 reveló que todavía abundan focos importantes de escepticismo climático y negacionismo absoluto. De manera preocupante, la encuesta descubrió que las naciones más vulnerables al calamitoso cambio climático eran también las más escépticas de su existencia.

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Sin embargo, existen algunos alentadores brotes ecológicos de transparencia abriéndose paso bajo el dosel de la desinformación climática. La verificación de hechos ambientales es ahora una herramienta constante utilizada por los medios y los organismos de vigilancia y rendición de cuentas. Organizaciones no gubernamentales como Avaaz y Global Witness están exponiendo las artimañas y tretas detrás de las noticias climáticas falsas, y los anuncios comerciales y los algoritmos de las grandes compañías tecnológicas que los impulsan. Incluso empresas de redes sociales como Pinterest y TikTok están activando señales de alarma contra la ciencia ambiental basura. Mientras se sigue recuperando de un “tsunami de noticias falsas” sobre el COVID-19, la sociedad civil de América Latina también está trabajando para denunciar las artimañas climáticas.

Bolsonaro, quien se apoyó en bots y troles para obtener la victoria en las elecciones de 2018, ha tomado un camino distinto. En su apuesta por la reelección, redactó una orden ejecutiva para evitar que los mismos gigantes tecnológicos eliminen la desinformación patrocinada de sus plataformas en línea. Afortunadamente esa iniciativa se hundió en el Senado, pero todavía es demasiado pronto como para sacar a la información climática veraz de la lista de especies en peligro de extinción.

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