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Opinión Las genealogías vegetales de la literatura pandémica

En la literatura de pandemia se observa una mayor conciencia vegetal, un amor hacia las plantas y hacia lo no humano. (iStock) (Julia Terbrock/The Washington Post; iStock)
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Jorge Carrión es escritor y crítico cultural.

Después de los dos años de pesadilla viral, no me extraña que el último premio Alfaguara de novela lo haya ganado una poderosa utopía. El tercer paraíso, del escritor chileno Cristian Alarcón Casanova, avanza con tres discursos en contrapunto: la historia familiar del protagonista, la arqueología del interés humano por el reino vegetal y la autoficción durante la pandemia. Durante esos meses enfermos, el narrador descubre el cultivo, las flores, la posibilidad de un jardín. No destripo el final si cito las últimas líneas del libro: “Las flores de este paraíso nos dicen a todos que esta tarde somos parte del jardín. Con el pudor de los sobrevivientes podemos decir que somos felices”.

Otros destacados libros recientes también tejen las genealogías familiares y culturales con el amor por las plantas en el contexto de la pandemia, sus confinamientos con especies no humanas y su énfasis en la dimensión biológica, microscópica o visible del mundo. Esa conciencia vegetal ya estaba muy presente en la cultura previa a 2020, pero se ha amplificado después del desastre. Porque durante el paréntesis nos rodeamos de flores y pensamos en nuestras redes, en nuestras familias y en nuestro pasado. Y la literatura refleja en obras individuales las reflexiones colectivas.

Y a la inversa: solo la suma de muchas reflexiones individuales puede conducir a obras colectivas. El COVID-19 no solo aceleró la digitalización del mundo, al mismo tiempo también impulsó la toma de conciencia sobre la emergencia climática. El latido de esa preocupación se puede auscultar en las artes y las narrativas que en estos momentos abordan directa o indirectamente los vínculos de parentesco, humanos e interespecies.

La escritora colombiana Isabel-Cristina Arenas Sepúlveda empezó a escribir Y eran una sola sombra hace una década, pero la terminó durante los meses de cuarentena. Presumo que fue entonces cuando incorporó a la reconstrucción de las vidas de sus abuelos su propia relación con las flores y las mudanzas. Se entrelazan con los jardines de su abuela y de su madre y con los objetos y oficios de otros familiares, creando un hermoso espacio de ecos gestuales entre esos dos mundos no humanos (y tan humanos no obstante).

El año pasado la ensayista estadounidense Rebecca Solnit publicó Las rosas de Orwell, que también acabó de escribir durante las semanas de aislamiento. Se trata de una investigación sobre el significado de la jardinería en la vida y en la obra del autor de Rebelión en la granja, que inesperadamente conduce a su autora de los rosales del jardín o la tumba de George Orwell, en Inglaterra, hasta el cultivo masivo de esas flores bellísimas en plantaciones de Colombia. Las semillas o la tierra conectaban al escritor con la realidad más inmediata: “La antítesis de lo trascendente sería la raíz y los cimientos”.

Solnit no solo reconstruye una pasión ajena, busca al mismo tiempo una dimensión nueva de su viejo maestro. Arenas Sepúlveda entrevista a sus parientes para entender mejor a la abuela que no conoció y que se llama como ella. Alarcón Casanova va todavía más atrás en el tiempo para identificarse, tanto en la dimensión intelectual como en la queer, con figuras fascinantes como la de Alexander von Humboldt: “Amaba la naturaleza y sus misterios como el cuerpo de los hombres y la compañía de sus amigos íntimos”.

La figura de la genealogía se ha vuelto fundamental en la literatura de este cambio de siglo. Son innumerables los poemarios y las novelas que la incorporan a su lógica narrativa. Por arte de literatura, convierten una de las muchas cronologías posibles en el camino hacia una luz actual e inesperada. En autores tan diferentes como Roberto Bolaño, Anne Carson, Dubravka Ugrešić o Mathias Enard encontramos estructuras genealógicas, arqueologías culturales encarnadas en personajes que van uniendo con sus vidas los diversos hilos que tejen la historia de una tradición o de un concepto. A juzgar por los libros publicados durante los últimos meses, la pandemia ha reforzado esa tendencia y la ha sembrado de metáforas y estructuras vegetales, tal vez porque ha coincidido con la asunción global de que el cambio climático va a seguir poniendo en jaque nuestras existencias.

“Sola y encerrada desde hace más de 100 días / atada al reloj de mi propia ajada biblioteca / yo ahora me identifico con las poetisas uruguayas / también con Amelia y con Emily”, leemos en otro libro escrito en 2020, Chicas en tiempos suspendidos, de la poeta argentina Tamara Kamenszain. Con voluntad autobiográfica, recrea el árbol genealógico de sus maestros y sus maestras —como Amelia Biagioni o Emily Dickinson—, para ubicarse al final de sus ramas. En la tercera sección, titulada “Chicas”, evoca un ensayo que escribió de joven, en que hablaba de “un bosque donde la infancia y la vejez se cruzan”.

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En Lo demás es aire, el novelista español Juan Gómez Bárcena lleva la genealogía y el cruce de tiempo hasta un extremo inédito. A partir de un recurso fascinante, la inclusión en los márgenes del año al que se está refiriendo el texto en ese preciso momento, que en pocas líneas puede variar del año -19.381 al 1639, o del 1888 a 2021, el autor crea un artefacto geológico, estratificado, que actualiza la vieja pretensión totalizadora de la novela decimonónica o del Boom. Toda la aldea cántabra de Toñanes cabe en esa novela que hace zapping entre todas las épocas de una misma cartografía, como si se tratara de la isla de Lost.

“Un árbol genealógico no puede ser terminado: tal vez por eso despierta la fascinación de ciertas personas”, leemos en una de sus páginas. En estos meses raros postconfinamiento la literatura revela que el virus no solo nos ha hecho pensar en las ramas y las marañas psicológicas, íntimas y familiares; sino también en nuestras raíces. Además de partes de un linaje, somos secuencias de una larga historia de biología y genética. Escritores de procedencias y edades muy distintos coinciden en recordarnos eso y algo igual de importante: que debemos cuidar nuestro jardín.

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