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Opinión El miedo de un latino a ser víctima de la próxima masacre en Estados Unidos

Un visitante deja flores en un monumento a las víctimas —la mayoría de origen latino— en el tiroteo de la semana pasada en una escuela primaria, el martes 31 de mayo de 2022, en Uvalde, Texas. (Eric Gay/AP)

Marco Avilés escribe sobre racismo en América Latina. Es autor de ‘No soy tu cholo’ y ‘De dónde venimos los cholos’. Actualmente estudia un doctorado en la Universidad de Pennsylvania.

Un adolescente blanco de 18 años entró con un rifle en un supermercado de Buffalo, en el norte de los Estados Unidos, el domingo 14 de mayo, con el objetivo de matar a personas no blancas. Según el manifiesto que publicó en internet, afrodescendientes e inmigrantes somos parte de una conspiración política para reducir a la población blanca. Políticos y líderes de opinión extremistas predican la teoría de El Gran Reemplazo como si fuese una amenaza que la ciudadanía blanca debe salir a evitar con sus propias manos.

Influido por estas ideas, aquel chico mató a diez personas negras, algunas de las cuales solo habían salido de casa para comprar comida. Diez días después, cuando esa masacre había sido opacada en las noticias por otra más horrorosa, esta vez en una escuela de Uvalde, Texas, yo recorría los pasillos de una ferretería de Maine, uno de los estados más blancos del país, y pensé en la posibilidad de que alguien apareciera con un rifle, analizara mi color de piel, y me matara. Salir a comprar una escoba empieza a demandar el entrenamiento emocional propio de una guerra.

Quizá porque crecí en medio de un conflicto armado, el clima de violencia actual en los Estados Unidos me recuerda mucho al Perú de los años 1980 y 1990. Dos grupos insurgentes le habían declarado la guerra al Estado, y en medio del terror que producían el fuego cruzado, los atentados y las masacres había que seguir saliendo cada mañana a comprar el pan. La posibilidad de no volver a casa fue un factor que en muchos hogares aprendimos a considerar parte de la rutina. Pronto la cultura del terror se volvió tan común en el Perú que, aunque no hablábamos de la muerte, vivíamos inmersos en ella. Casi 70,000 personas fueron asesinadas durante el conflicto. Y, como ocurre ahora en los Estados Unidos, las masacres eran parte de nuestra vida cotidiana.

El mercado de mi barrio, en Lima, lució por años pintas que celebraban “la Guerra Popular” y al líder terrorista Abimael Guzmán. A veces mi escuela nos devolvía a casa temprano sin explicarnos que habían encontrado explosivos muy cerca. Mis hermanas y primos no iban a fiestas. Las ventanas de las casas tenían adherida cinta de embalaje en forma de X (así, en caso de bomba, los vidrios rotos no saldrían volando como proyectiles). La guerra no estaba solo en las masacres o atentados sino que había tomado nuestra imaginación: vivíamos proyectando que lo peor podría ocurrir en cualquier momento.

La primera vez que sentí una atmósfera similar en los Estados Unidos fue en un restaurante de Maine a fines de 2017. Mientras esperaba que me atendieran, leí en mi celular que un hombre blanco había matado a tiros a dos hombres de la India, en un bar de Kansas, tras gritarles “fuera de mi país”. El cuello se me puso tieso como una soga. Levanté la mirada de la pantalla y me descubrí siendo la única persona no blanca en ese restaurante. ¿Y si la escena de aquel bar en Kansas se repetía conmigo como protagonista? Me puse de pie y huí.

Esta autoconciencia se fortalece cada vez que ocurre una nueva masacre. Y más aún cuando el objetivo de sus autores es precisamente generar terror. Creyentes de la teoría de El Gran Reemplazo asesinaron a nueve feligreses negros en la Iglesia Emanuel AME en Charleston, Carolina del Sur, en 2015. A 11 feligreses judíos en la sinagoga Árbol de la Vida, en Pittsburgh, en 2018. A 23 clientes, la mayoría latinos, en un Walmart en El Paso, en 2019. Actividades que resultan tan comunes en otros países, como ir al cine o viajar en el autobús, se han vuelto en Estados Unidos invitaciones forzadas a imaginar diferentes formas de acabar asesinado.

Hace un tiempo, mientras viajaba en el metro de Filadelfia, imaginé que un hombre con el rostro cubierto sacaba una metralleta de la mochila y nos acribillaba a los pasajeros, como acaba de ocurrir en una masacre reciente, también en Texas. En aquella ráfaga de irrealidad, me puse de pie y grité: “Si me vas a matar, apunta bien a la cabeza”. Al volver en mí, noté que el periódico que tenía en las manos estaba estrujado como una servilleta. Como inmigrante latinoamericano, llevo años conviviendo con la culpa de no haber aprendido aún a manejar la paranoia, como si se tratara de una anomalía personal y no la respuesta emocional natural ante las masacres y el clima de terror. Este año, hasta el 31 de mayo, se habían cometido 231 tiroteos masivos en el país.

No solía hablar de esta sensación más que con otros inmigrantes que la comparten. Pero esta vez, al visitar a la familia de mi esposa en Maine, noté que algo estaba cambiando también dentro de su hogar. Mis suegros —una pareja blanca— se preguntaban si la bandera con una calavera que ahora flameaba en la casa de un vecino tenía relación con los símbolos que se vieron durante el ataque al Capitolio, en enero de 2021, cuando insurgentes de extrema derecha intentaron sabotear las elecciones presidenciales.

En cuanto me vio llegar, mi sobrina de siete años me llevó a su habitación para hablarme a solas. Pensé que iba a mostrarme un juguete nuevo, pero me miró directo a los ojos y me preguntó en inglés: “¿Qué sabes de la masacre en la escuela de Texas?”. Habían pasado solo dos días desde que un adolescente entrara a una escuela en Uvalde y matara a dos maestras y a 19 estudiantes, apenas unos años mayores que mi sobrina. ¿En cuántos hogares del país estarían los niños haciendo esas preguntas? No quería hablarle de algo que ella no hubiera discutido antes con sus padres. Entonces recordé cuando tenía esa edad, en Lima, y los adultos tenían la terrible responsabilidad de explicarnos lo que no tenía explicación: que sin tener culpa alguna, los niños también estábamos en peligro.

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Las recientes masacres de Buffalo y de Uvalde no parecen relacionadas entre sí, pero ambas alimentan una sensación de horror inminente. “Las cosas están muy mal, ¿no es así?”, comentó mi suegra al despedirnos, con el tono de angustia de quien ha pasado tiempo enfrentando las preguntas de mi sobrina. Su rostro estaba ganado por el miedo. Estados Unidos se descompone sin que los líderes sean capaces de nombrar y menos encarar el terror que agobia los hogares. Todo lo contrario, el Partido Republicano, cada vez más afín a las teorías conspirativas, parece un culto empeñado en acrecentar ese terror.

Más tarde ese día, en la ferretería de Maine, llegué a la caja registradora vivo e ileso. El encargado era un hombre blanco que llevaba en el uniforme una insignia de “veterano de guerra”. Apenas levantó la vista para mirarme, pero respondió a mis preguntas con amabilidad profesional. Yes, sir. No, sir. You’re welcome, sir. ¿Cómo estaría procesando él esta realidad? ¿Tendría hijos? ¿Tendría miedo? Quizá era mi imaginación, pero ese día sentí que el terror en Estados Unidos se podía respirar.

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