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Opinión El gobierno de Cuba enjuicia a Otero y Osorbo mediante mentiras

El artista y disidente cubano Luis Manuel Otero Alcántara (en la foto) y Maykel 'Osorbo' Castillo, líderes del Movimiento San Isidro, fueron acusados de alterar el orden público en La Habana, Cuba. (Captura de un vídeo de AFPTV/AFP vía Getty Images)
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Carlos Manuel Álvarez es periodista y escritor cubano. Ha publicado el libro de crónicas ‘La tribu’ y la novela ‘Los caídos’.

Cercado por un férreo cordón militar, la Seguridad del Estado castrista escenificó este 30 y 31 de mayo en el Tribunal Municipal de Marianao, al oeste de La Habana, los juicios políticos de los artistas Luis Manuel Otero y Maykel “Osorbo” Castillo, líderes del Movimiento San Isidro y probablemente los rostros más visibles de la disidencia nacional.

Imputados con cargos arbitrarios como desorden público, atentado, resistencia, desacato, o ultraje a los símbolos patrios, les piden penas de siete y 10 años de prisión, respectivamente. La fiscalía pretendió negar en todo momento la condición de presos de conciencia de ambos, catalogando de delitos comunes aquellos eventos con los que construyeron, a duras penas, un caso paralegal. A saber, un performance de 2019 en el que Otero utilizaba la bandera cubana en actividades comunes, y la fuga de Osorbo en abril de 2021, apoyada masivamente por la gente de su barrio, de un par de agentes del orden que lo agredían e intentaban esposarlo en plena vía pública sin mayor justificación que el racismo institucional y la represión naturalizada.

Si por un momento fuese cierto que no hay ningún trasfondo político en esta esperpéntica farsa costumbrista, me pregunto cómo sentencias exageradas para (supuestas) faltas tan leves no demuestran ya, por sí mismas, su fin ejemplarizante, la comprensión de la justicia como castigo, dispositivo generador de miedo social.

Otero y Osorbo han señalado el clasismo y la desigualdad vigentes en la isla, largamente disimuladas por la retórica comunista y la costosa fabulación utópica del poder totalitario. Sujetos negros y pobres que tienen prohibida cualquier expresión elemental porque el mínimo ejercicio de afirmación propia revela que el castrismo no solo no pudo arrebatarle, ni a la miseria ni al espanto, los cuerpos pobres y las vidas desplazadas que dice representar, sino que los hundió todavía más en el tedio opresivo y el deber de la simulación.

La pelea por la supervivencia —algo que, en mayor o menor grado, todo el mundo practica en Cuba— no es lo que ha llevado a Otero y a Osorbo a la cárcel. Ha sido la pretensión de sistematizar esos hábitos, es decir, de encontrar un método colectivo de salida, una teoría de la resistencia que articule los espacios fracturados y eleve a la categoría de propuesta cívica lo que hasta ahora es solo un mecanismo primario de defensa. Salir a la calle por hambre y no pedir pan, sino exigir derechos.

Las protestas populares del 11 de julio del año pasado, a la largo del país, tuvieron ese deslumbrante punto confuso, ese sorprendente refinamiento que a pequeña escala el Movimiento San Isidro no había dejado de implementar. En noviembre de 2020, varios de sus miembros exigieron algo tan fundamental como el cierre de las tiendas en dólares, santuarios oficiales del capitalismo de Estado. Era un pedido inalcanzable que fijaba un ambicioso horizonte político.

Osorbo es autor y símbolo principal de Patria y Vida, el himno que obtuvo dos galardones en la última edición de los Premios Grammy Latinos luego de establecerse como una nueva consigna popular, en oposición al fúnebre latiguillo de “Patria o Muerte” que Fidel Castro había acuñado en el habla ampulosa desde los primeros compases de su proyecto personal. Otero, por su parte, con el performance Causa No.1 adelantaba, en 2019, un desenlace como el que ahora padece. Ahí actuaba o representaba cualquiera de los posibles delitos que la Policía política podía fabricarle para encerrarlo, entre los que se encontraba, por supuesto, el desacato.

Los testigos de la defensa me describieron el Tribunal Municipal de Marianao como “un edificio con patio interior amplio, planta cuadrada, dos pisos, corredores con columnas cilíndricas, bancos de granito por todas partes. Parece una construcción que fue colegio alguna vez. En el lobby hay una recepción y, justo antes de entrar al patio, hay acceso a una gran escalera”.

Racimos de policías y militares, vestidos de uniforme o con ropa ordinaria, aburridos y hambrientos, preguntando por la mortadela de la merienda, pululaban por los alrededores y también ocupaban la mayor parte de los asientos del juzgado. Había al menos tres cámaras de filmación, una que grababa desde el fondo y otras dos enfocadas para cada uno de los acusados, quienes estaban custodiados y separados entre sí por oficiales.

La defensa de Otero tenía que demostrar que él es un artista. Entre los testigos destacaban sus colegas Julio Llópiz-Casal y Lázaro Saavedra, Premio Nacional de Artes Plásticas en 2014, quienes debían explicar a la fiscalía, desde una baranda de madera, cómo lo que Otero hace se inscribe en una larga tradición estética que recorre todo el siglo anterior. Se manejaba la noción excluyente de permiso para el arte, algo que no es una carrera ni un oficio, sino una pulsión y un temblor, o sea, algo que escapa a la ejecución y la comprensión de las leyes y los decretos.

La defensa de Osorbo se enfrentaba a la publicación de un meme en redes sociales por parte del acusado. Ahí, dijo la fiscalía, se irrespeta la imagen del presidente Miguel Díaz-Canel y del primer ministro Manuel Marrero. Cuando Osorbo intentaba recordar los cientos de veces que ha sufrido cárcel, abusos e interrogatorios, la jueza declaró —entre ríspida, grosera y seca— que nada de eso refería al caso y desestimó sus palabras. Lo importante eran el meme y la bandera.

“Lo más desagradable es la sensación de operativo parapolicial”, me dijo Llópiz-Casal. “Llegas a temblar, entre miedo e impotencia”. Los argumentos de la fiscalía eran, más que todo, arengas e ideología concentrada a favor de lo que ellos todavía llaman “la revolución”. Sus evidencias gráficas estaban manipuladas, trucadas. La prensa extranjera y los diplomáticos europeos que arribaron al lugar no tuvieron acceso a la sala. Los reporteros más prominentes de los medios independientes, y activistas en general, no pudieron salir de sus casas porque una patrulla policial los retenía. A muchos les cortaron el servicio de internet.

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Otero lucía flaco, en algún momento lloró. Rabia, cansancio, ¿quién sabe? Osorbo, a quien le cambiaron el abogado apenas tres días antes del juicio sin razón alguna, está enfermo, le han salido unas protuberancias, como bolas por todo el cuerpo. Luego de dos biopsias en la cárcel, no han llegado a ningún diagnóstico. En un momento de descanso, ambos pudieron abrazarse e intercambiar algunas ideas.

Demasiada vigilancia para tan poco vigilado. Es un teatro en el vacío, pero no ocurre por gusto. El poder político cubano se sustenta en el ensayo de los hechos y la defensa a ultranza del simulacro, un experimento que sobrevive convenciendo al convencido. El veredicto del juicio se emitirá en dos semanas. Si se confirman las condenas, nadie salvo el totalitarismo se las va a creer, pero eso es suficiente en un país donde lo único que no se finge es el castigo.

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