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Opinión Las alianzas muestran quién es quién en la segunda vuelta de Colombia

El candidato presidencial colombiano, Rodolfo Hernández, en Bucaramanga, Colombia, el 5 de junio de 2022. Él y Gustavo Petro compiten en la segunda vuelta. (Raúl Arboleda/AFP via Getty Images)

Olga Behar es periodista, politóloga y escritora colombiana. Por más de 30 años ha investigado el conflicto armado y político de Colombia. Autora de una veintena de libros.

Tras los resultados de la primera vuelta en la elección presidencial de Colombia, en que la coalición de derecha fue derrotada y obtuvieron su pase a la segunda vuelta Gustavo Petro (izquierda) y Rodolfo Hernández (independiente), el cambio en el país parecía inminente. Pero con los días se han ido conociendo adhesiones a las campañas y denuncias a los candidatos que hoy hacen pertinente la pregunta: ¿Qué tipo de cambio escogeremos los colombianos?

Ambos candidatos obtuvieron casi 15 millones de votos para sacar del poder al partido del presidente Iván Duque y al uribismo, el movimiento político conservador que representa. Fue un grito de rebeldía frente a la política tradicional y la corrupción, pero ahora la mayoría de quienes apoyaron al gran perdedor de la jornada —Federico Gutiérrez— se han ido en masa a apoyar la candidatura de Hernández. Los petristas están nerviosos, pues su candidato obtuvo dos millones y medio de votos de ventaja, pero con estos movimientos desde la derecha su triunfo podría esfumarse si las viejas maquinarias se imponen.

En esa primera vuelta la sorpresa fue que Gutiérrez, candidato del partido de gobierno y de otros sectores de derecha, fue derrotado por Rodolfo Hernández, un empresario septuagenario del que poco se sabía hasta hace unos meses. La campaña del exalcalde de Bucaramanga se ha basado en señalar su desprecio a los partidos tradicionales y, pese a estar investigado penal y disciplinariamente por hechos de corrupción y estar involucrado en escándalos desde hace dos décadas, enarbola con éxito en redes la bandera de “acabar con la robadera”.

Hernández fue imputado en febrero de 2020 por el delito de interés indebido en la celebración de contratos, tras supuestamente haber inducido a uno de sus subalternos, cuando era alcalde de Bucaramanga, para la adjudicación de un contrato de procesamiento de la basura en favor de un grupo del que su hijo Luis Carlos recibiría un soborno por dos millones de dólares. Hernández habría obligado al director jurídico de la alcaldía a validar la fianza. Cuando este se negó, Hernández le dijo —según consta en una grabación aportada por la Procuraduría al expediente— que “la norma puede decir lo que quiera, la ley no importa”. El juicio contra él comenzará el 21 de julio.

Junto a esa acusación hay otras, que van desde agredir a un ciudadano hasta abofetear a un concejal. Y sus dichos sobre el papel de las mujeres en la sociedad le han atraído problemas recientemente. La verdadera personalidad de Hernández es la de un tipo misógino y violento. Sin embargo, trata de evadir el debate público sobre sus problemas y prefiere utilizar plataformas como TikTok para mostrarse como un viejito simpático y descomplicado, que no quiere saber nada de la política tradicional.

Además, ha demostrado lo poco profundo que es en su visión de país, con ideas como quitar los exámenes de ingreso a las universidades públicas o la ampliación de la jornada laboral a 11 horas diarias.

También ha dejado en evidencia su talante antidemocrático tras anunciar que, si gana, en su primer día de gobierno declarará el estado de conmoción interior —utilizado en casos de “grave perturbación del orden público” — para expedir decretos de excepción, pasando por encima del Congreso.

Tras la primera vuelta, los resultados de los sondeos mostraban imbatible a Hernández, luego de las adhesiones que recibió de la derecha. Pero al darse a conocer los escándalos, los vaticinios han comenzado a cambiar y el viernes 3 una encuesta mostró, por primera vez, que Gustavo Petro lo aventajaba por casi cuatro puntos. En los días siguientes, la campaña se ha calentado más aún, pues los sondeos muestran casi un empate técnico entre los dos aspirantes.

Petro es un exguerrillero que ha ampliado su espectro político para recoger una gran variedad de posturas, todas progresistas, y ha logrado fichajes muy atractivos tras la primera vuelta. Por ejemplo, el excandidato presidencial y exalcalde de Bogotá Antanas Mockus, patriarca del centro político y también mentor intelectual del grupo que apoyó a Sergio Fajardo, el candidato de la coalición Centro Esperanza que quedó en cuarto lugar en la primera vuelta. También Luis Gilberto Murillo, candidato vicepresidencial de Fajardo, se ha adherido a Petro, llevando con él el respaldo de sectores del centro y de la centroderecha.

Murillo fue además ministro en los gobiernos del premio Nobel y expresidente Juan Manuel Santos, cuyos alfiles también se han unido a Petro. Este es un apoyo institucional irrestricto a los esfuerzos para construir una paz estable y duradera en Colombia, una de las grandes banderas de Petro desde que Santos logró el acuerdo con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, guerrilla que se desmovilizó en 2016 después de 60 años de lucha.

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Rodolfo Hernández ha recibido apoyos de lo más rancio de la política tradicional, empezando por los uribistas, los grandes derrotados de la primera contienda. La estirpe conservadora completa —con los expresidentes Álvaro Uribe, Andrés Pastrana y César Gaviria a la cabeza— está con Hernández aunque este ha señalado que, pese a los respaldos, si gana no les dará prebendas. El problema para el candidato independiente es que estos apoyos le terminen restando votos de quienes lo apoyaron porque lo veían como alguien fuera del statu quo.

Hasta el momento nada está escrito y los días finales de campaña determinarán si los colombianos se deciden por un cambio que, de manera solapada, significa que llegarán los mismos políticos tradicionales tras la fachada de un empresario irreverente, o si se atreverán a elegir a un revolucionario de ideas profundas, apoyado por sectores muy importantes de la institucionalidad, que quiere sacudir a Colombia de tantos años de insatisfacción, desigualdad y violencia.

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