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Opinión La jerga desobediente de Bad Bunny

Foto de archivo del 20 de julio de 2019 de un mural de Bad Bunny en la comunidad de Almirante Sur, en Vega Baja, Puerto Rico. (Dennis M. Rivera Pichardo para The Washington Post)

Carlos Manuel Álvarez es periodista y escritor cubano. Ha publicado el libro de crónicas ‘La tribu’ y la novela ‘Los caídos’.

Ha pasado ya el tiempo de explicar o justificar a Bad Bunny. Todo habla bien de él, especialmente los que hablan mal, y provoca un poco esa suerte de hastío que acompaña a la figura unánime. No es una promesa ni una superstición posmoderna, sino un artesano atrevido que trazó a mano alzada la caligrafía de una jerga jorobada con la típica gestualidad de esos textos cuyas palabras no acabamos de entender, pero sí su sentido ulterior, signos que se intuyen, letras que se entremezclan como cuerpecillos derretidos por el fósforo del enigma.

Recién vi una especie de entrevista de él con la revista W, en la que intenta explicar cinco palabras con las que se comercia en las esquinas de los barrios de Puerto Rico: “Mordío”, “guille”, “piquete”, “chingar” y “feca”. Todo el tiempo titubea, se ofusca, no sabe cómo decir o dar un ejemplo, y justo ese devaneo medio brumoso es la explicación. Uno sale, aparentemente, más confundido, sin ningún significado claro, pero al mismo tiempo también más conectado con las rutas imaginativas del dialecto en cuestión. Términos que se traducen a su propia franja local, que se ovillan sobre sí y resisten el traslado fúnebre a cualquier registro neutro dentro de la misma lengua, puesto que son signos que en realidad ya conocemos, aunque no los hayamos escuchado.

Lo que ocurre en ese breve material didáctico es el reconocimiento —elemental, pero escamoteado— de que manejamos un idioma más amplio que el segmento al que restringimos nuestra experiencia, de ahí que no pueda haber traducción o duplicidad innecesaria, sino inmersión en la atmósfera, celebración de la especificidad y reivindicación de la pronunciación chueca. La deformación como un método adaptativo del lenguaje, un acto fundamental de supervivencia. Édouard Glissant, autor de Martinica, reseña cómo el creole florece a partir de un gesto de desacato contra el amo francés: “Tú quieres reducirme al tartamudeo, yo voy a sistematizar el tartamudeo, ya veremos si logras entender”. En el video de Bad Bunny, a su vez, se escucha: “Nosotros utilizamos muchas palabras del inglés y las cogemos y hacemos lo que nos dé la gana con ellas”.

Con las trazas de esa desobediencia las Antillas han dibujado las líneas fragmentarias de su cultura, cuyo símbolo pop más refinado es este embajador del municipio de Vega Baja, alguien que funciona como un conquistador en dirección contraria. Para su empresa no ha usado ningún discurso severo. Él no tiene que darse a entender, los otros tienen que aprender qué es lo que él está diciendo. Como viene de una isla largamente pisoteada, su posición insolente no corre ningún riesgo de generar una hegemonía avasalladora sobre los demás. Es también Glissant quien dice creer “en el porvenir de los países pequeños”.

Un verano sin ti, el disco que recién lanzó a comienzos de mayo, no me divierte, no me entretiene ni me ayuda a despejar nada. Me genera felicidad, un estado de gracia lo suficientemente complejo como para ignorar que igualmente hay en él una dosis importante de desconcierto o estupefacción. Tenemos merengue, dembow, bossa nova, lambada, mambo, trap, reggae, pero todo eso clasifica como la salida típica del artista que busca no repetirse, alguien que amplía su diapasón sonoro. Lo que me interesa a mí, en cualquier caso, es lo que se repite, lo que termina convertido en otra vuelta de tuerca, aquello que clasifica como obsesión y no se puede soltar.

Más que los bandazos bruscos que te sacan de eje, pienso que la belleza se construye con variaciones mínimas alrededor del mismo entorno, roturar el mismo campo e incluirle desvíos apenas perceptibles, como esos corrimientos leves de la mirilla que harán que el proyectil impacte en cualquier otro lugar distante, algo que no entraba en ninguna medición. Atravesar aquello que no pretendíamos.

“El apagón” es un tema con una dosis alta de denuncia política, cuyo ritmo te invita a meterte en el cuerpo alguna sustancia lisérgica. El perreo de Bad Bunny parece ocurrir siempre con un aura de melancolía, una mezcla de tristeza con sol, bellaqueo despechado. Un verano sin ti sigue construido alrededor de ese hallazgo que podemos detectar al menos desde su tema verdaderamente fundacional: “Soy peor”. Ahí escuchamos a alguien posando de hijueputa, de cabrón, y la pista sobre la que está montado el flow no hace más que desmentirlo, una jalea de sufrimiento cuasi adolescente, de alma en pena, candorosa y desolada. ¿Cuáles son sus dotes?, es la pregunta que se hace todo aquel que se mueve a partir de excepciones.

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En el último capítulo de Andréi Rubliov, la monumental película de Andréi Tarkovski, un muchacho abandonado y huérfano construye un campanario. El príncipe del lugar decide darle cobijo y contratarlo para la empresa luego de que el muchacho le diga que su padre, antes de morir, le enseñó el selecto oficio de hacer campanas. Cientos de trabajadores, semanas de labor infatigable, hasta que llega el día de la inauguración. La corte, el príncipe, su guardia personal. Una tensión suprema. El badajo golpea las paredes interiores y la campana repica con estruendo. El muchacho, entonces, se echa en el lodo a llorar, pues su padre, un granuja, se había ido a la tumba sin enseñarle nada.

El conocimiento no es de nadie, el secreto está al alcance. Lo que pasa en la película—en el siglo XV, en el Principado de Moscú— nos alcanza todavía. Guardar con celo un saber es la finta que nos distrae de una evidencia mayor: el saber no puede guardarse, lo que se guarda es la pretensión, un rito excluyente. El saber sigue suelto, ajeno a cualquier ceremonia.

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