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Opinión Bloomsday explota en el centenario de ‘Ulises’ de James Joyce

Gente posa con sus copias del 'Ulises' del autor irlandés James Joyce en el Bloomsday, durante la celebración del centenario del libro, en el cementerio de Glasnevin, en Dublín, Irlanda, el 16 de junio de 2022. (REUTERS/Clodagh Kilcoyne)

Jorge Carrión es escritor y crítico cultural.

Después de dos años de COVID-19, el turismo ha explotado en las ciudades europeas. El caso de Dublín no es una excepción, pero sí es excepcional. Porque un alto porcentaje de los miles de visitantes que estos días beben cerveza en los pubs de Temple Bar o hacen cola a las puertas del Trinity College para visitar la biblioteca de Star Wars han volado a la capital de Irlanda por una razón muy peculiar: la vanguardia literaria.

Hace exactamente un siglo, la librera estadounidense Sylvia Beach se atrevió a publicar en París la novela más experimental y ambiciosa de su época: Ulises, de James Joyce. Una novela en que un personaje llamado Leopold Bloom vagabundea por Dublín como alma en pena durante un largo día: el 16 de junio de 1904. El Bloomsday se empezó a celebrar en 1954, como recorrido literario y festivo por los espacios de la ficción basada en hechos reales, y su irradiación no ha parado de crecer desde entonces. De hecho, la identidad turística de la ciudad se ha construido a partir de las huellas que dejaron en ella autores como Jonathan Swift, Bram Stoker, Oscar Wilde, Samuel Beckett o el propio Joyce, con su obra maestra al centro.

Una obra maestra que es un canto a la vida, al cuerpo, a la conversación y al alcohol. Tal vez la marca internacionalmente más reconocida de Dublín sea Guinness. Y el Bloomsday no se entiende sin la conversación entre la literatura y la cerveza. Si a ese factor le añadimos que muchos lectores, libreros, camareros, voluntarios letraheridos —como los de la Torre Martello— o bibliotecarios —como los de la Biblioteca Nacional de Irlanda o la Marsh’s— se disfrazan de personajes eduardianos de principio del siglo pasado, como auténticos cosplayers, tenemos una fiesta perfecta para brindar por la vida al aire libre, después del festejo por Zoom de 2020 (“Zoomsday”)y de las cuatro dosis de la vacuna.

En el escaparate de Hodges Figgis, la librería más antigua de la ciudad, se muestran ejemplares de la edición especial del Ulises, con una imagen de su fachada en la portada. Y de la fabulosa edición ilustrada por el pintor español Eduardo Arroyo. También en Ulysses Rare Books, el Bloomsday y quien lo imaginó son protagonistas. Pero no solo las librerías, las bibliotecas y los espacios que aparecen en la novela se visten de gala: decenas de bares, restaurantes, parques, teatros y centros culturales —como el James Joyce Centre— han preparado sus lecturas y disfraces. El 16 de junio, no obstante, se ha convertido en algo más que un festival literario descentralizado de Dublín: se ha vuelto global, con una agenda que incluye actividades en innumerables rincones de todo el mundo.

Lo del Ulises solo puede ser calificado como un milagro. Carl Gustav Jung —lector competente tanto de textos como de almas— leyó hasta la página 135 y se quedó dormido, según confesó él mismo, dos veces. Le dedicó, no obstante, un ensayo, evidenciando que la recepción de la obra estaría marcada por la discusión entre la dificultad del texto y su importancia. El mito, alimentado por las dificultades de la escritura, el malditismo del autor, el prestigio de su editora, la censura que sufrió el libro, la potencia y la dificultad de su literatura, fue impulsando la lectura, la repercusión, la influencia, hasta convertirlo en una obra central del siglo XX.

En Ulises. Claves de lectura, Carlos Gamerro afirma que puso fin a la idea decimonónica de que “lo que hace a un autor es un estilo”, con su despliegue mutante de “técnicas literarias, una especie de enciclopedia de todo lo que se puede hacer en literatura”. Es la gran caja de herramientas de la novela de las décadas siguientes, que han utilizado desde Virginia Woolf, André Breton, Manuel Puig, Zadie Smith o Enrique Vila-Matas. Si Cervantes supo incluir en Don Quijote todo aquello que era posible hacer en la novela del siglo XVII y prever los dos siglos siguientes, Joyce le añadió el realismo mítico, la corriente de conciencia, el discurso científico, los enigmas, el plurilingüismo o la pornografía, y sus ecos llegan hasta nuestros días.

Tal vez su clave esté en la apertura. Tras superar la prueba de acceso, esas primeras páginas en que se descubre que es más importante la música mental que los hechos de la trama, el lector se siente acogido y respetado. Intuye que se podría pasar toda la vida releyendo, descubriendo, estudiando los diversos estratos, bromas, intertextos sembrados por Joyce. Y se siente parte tanto de la comunidad que hay en el interior del libro como de la que han tejido sus lectores desde siempre.

En uno de los capítulos de La invención de Irlanda, Declan Kiberd firma una interesante lectura en clave poscolonial de la obra maestra de Joyce. En 1904, Dublín todavía era una ciudad del imperio británico, pero en el Ulises su autor trata de “dar rienda suelta a una pluralidad de voces que, juntas, diesen las notas que trascendían el nacionalismo para alcanzar la liberación”. Fue 1922, precisamente, el año de la independencia de Irlanda. De modo que la novela, que problematiza los debates políticos que alimentaron ese proceso, se puede leer como una guerra de guerrillas de la literatura polifónica de Joyce contra el discurso único imperial. La suma de las voces de los personajes de la novela es más poderosa que la del narrador omnisciente que había predominado hasta entonces.

La semilla del proyecto —como recuerda Eduardo Lago en Todos somos Leopold Bloom— se encuentra en la juventud de Joyce, cuando leyó “la versión narrativa adaptada para adolescentes por Charles Lamb titulada Las aventuras de Ulises”. Esa tensión entre el escritor maduro y el joven lector encuentra su reflejo en la relación entre Stephen Dedalus y Leopold Bloom.

La magia del Bloomsday de Dublín radica en la fe, renovada anualmente, de que es posible entender mejor el texto si se lee no solo con los ojos y el cerebro, sino también con los pies. De que los pasos que aquellos dos personajes dieron por una ciudad virtual y poética, descritos por un escritor desterrado, se vinculan con los que un turista cultural puede dar tanto tiempo después por la misma topografía.

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En Ulises no solo se anuncia el porvenir poscolonial de Irlanda, también se digiere el trauma de la Primera Guerra Mundial. Es un libro sintomático de los locos años 1920, con su reivindicación del cuerpo, el alcohol, la huida. Nosotros nos encontramos, precisamente, en un verano que se adivina enloquecido, con una necesidad extrema de vacaciones y excesos. ¿Qué videojuego o serie de televisión logrará destilar el espíritu de esta postpandemia? ¿O tal vez lo conseguirá, una vez más, una novela?

Mary Beard ha señalado en Mujeres y poder que La Odisea empieza con Telémaco callando a Penélope, su madre. Es decir, que la literatura occidental nace con el gesto de un hombre tapándole la boca a una mujer. 2,500 años más tarde, el Ulises concluye con el flujo de conciencia de Molly Bloom y su sí final. Aunque todavía no hayamos podido descifrar del todo Finnegan’s wake, sí sabemos que acaba también con una mujer que habla. En el Bloomsday de este centenario sabemos que, en efecto, el futuro era femenino; y que necesitamos reafirmación colectiva. Y seguir leyendo. Y seguir brindando.

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