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Opinión La lenta agonía de la oposición mexicana

Los dirigentes del Partido Revolucionario Institucional, Alejandro Moreno (I); del de la Revolución Democrática, Jesús Zambrano (C), y del Partido Acción Nacional, Marko Cortés, en una rueda de prensa de la coalición Va por México en Ciudad de México el 24 de mayo de 2022. (Isaac Esquivel/EPA-EFE/Shutterstock)
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Ricardo Raphael es periodista, académico y escritor mexicano. Su libro más reciente es 'Hijo de la guerra’.

Si la oposición mexicana pierde las elecciones a las gubernaturas del Estado de México y Coahuila, que se celebrarán el año próximo, el partido oficialista Morena tendrá vía libre no solo para triunfar en los comicios presidenciales de 2024, sino para consolidar un rol hegemónico en la política nacional.

Podría incluso ocurrir la extinción del histórico Partido Revolucionario Institucional (PRI), que gobernó al país durante 76 años. Desde 2015 sus bases y sus líderes locales se han ido mudando masivamente a Morena, donde han tenido mejor fortuna política.

Algo similar ocurrió antes con el Partido de la Revolución Democrática (PRD), cuyos dirigentes conservaron únicamente la marca porque también sus estructuras se incorporaron a Morena.

Tras las elecciones del 5 de junio, donde Morena ganó cuatro de las seis gubernaturas que estaban en juego, hoy al PRD no le queda ninguna gubernatura y al PRI solamente tres, entre las cuales están tanto el Estado de México como Coahuila. Por eso los comicios para gobernador del 2023 en ambas entidades serán clave.

Si después del próximo año también el PRI se esfuma de la escena estatal, probablemente lo mismo ocurrirá en 2024 con la alianza opositora Va por México, que está integrada por el Partido Acción Nacional (PAN), el PRI y el PRD. ¿De qué le serviría al PAN llegar a las próximas elecciones presidenciales acompañado de dos cadáveres?

Son varias las voces dentro de este partido que hoy exigen reflexionar sobre la pertinencia de prolongar la vida de Va por México. El gobernador del PAN en Querétaro, Mauricio Kuri, dijo recientemente que era necesario preguntarse si valía la pena continuar de la mano del PRI como parte de la estrategia “todos contra Morena”.

El expresidente del PAN, Damián Zepeda, refrendó su animadversión a la alianza, por lo que denominó una incongruencia histórica “y particularmente porque la ciudadanía no la quiere, la rechaza y lo evidencian los números”.

Quizá la anécdota que mejor retrata esa incongruencia la ofreció Santiago Creel, líder de la bancada panista en la Cámara de Diputados. El 3 de junio ofreció un discurso donde comparó al PRI con Morena cuando denunció el presunto uso de recursos públicos que hizo el oficialismo en los comicios pasados: “Ni en las peores épocas del PRI se veía este tipo de actos”.

Intentó enmendarlo de inmediato al decir que ahora el PRI “ya se democratizó”, pero se enredó todavía más: nunca el PRI había sido tan autoritario, aunque tal cosa se note poco porque nunca su poder había sido tan irrelevante.

Con todo, sobreviven como activos del PRI una cauda ancha de líderes políticos cuya experiencia no debería ser menospreciada. Tras los últimos comicios estatales, representantes del priismo cupular emplazaron a su dirigente, Alejandro “Alito” Moreno Cárdenas, para que considerara renunciar.

En concreto, 11 expresidentes del PRI exigieron que Moreno rindiera cuentas por los resultados que ha tenido su partido durante los últimos tres años, periodo en el que perdió 10 gubernaturas (75% de las que tenía).

Por ejemplo Beatriz Paredes, quien estuvo a cargo del partido de 2007 a 2011, advirtió que no debía “descartarse ninguna acción con el fin de que el partido evolucione y tenga solución”. Dulce María Sauri (1999-2002) fue más lejos al proponer que era momento para que el PRI se disculpara con la sociedad por los errores cometidos, sobre todo durante la gestión de Enrique Peña Nieto como presidente, entre 2012 y 2018.

Claudia Ruiz Massieu (2018-2019) pidió a Moreno que valorara con honestidad si tenía la capacidad para conducir al PRI hacia su siguiente etapa y también aludió a la necesidad de construir una alianza que fuera más allá de las dirigencias panistas y perredistas, dado que los resultados de Va por México no han sido buenos.

En esta lista de quejosos se encuentra también el líder del PRI en el Senado, Miguel Ángel Osorio Chong, veterano adversario de Moreno Cárdenas y precandidato a la presidencia en 2018. También Francisco Labastida Ochoa, quien fuera candidato presidencial en el 2000.

La primera cita del desencuentro con el dirigente ocurrió ayer en las oficinas nacionales del PRI. Si bien no hubo un comunicado conjunto que hoy permita conocer los pormenores de la reunión —mucho menos una fotografía para presumir la unidad al interior— las declaraciones de Alejandro Moreno posteriores al encuentro permiten aproximarse a lo ocurrido.

De acuerdo con Moreno, los asistentes habrían repetido lo que señaló anteriormente la hoy senadora Ruiz Massieu: la obligación de la actual dirigencia priista de cuestionarse sobre su habilidad para enfrentar los procesos en Coahuila y Estado de México, así como para conducir la campaña nacional hacia 2024.

Moreno habría respondido que aún faltaba para que su mandato concluyera y que no estaba sobre la mesa la posibilidad de acortarlo. Según esta misma fuente, la reunión terminó con el compromiso de incluir a un mayor número de priistas en la estrategia electoral para los procesos electorales venideros.

Es difícil creer que la revuelta de la veteranía priista haya concluido ayer. Sobre todo, porque la sobrevivencia de ese partido depende de lo que pase en los comicios de 2023.

Por otro lado, ¿será que el PAN vaya a aceptar que las candidaturas a las gubernaturas en esos dos estados sean encabezadas por candidatos priistas? Si ese partido cuenta con una base electoral robusta en los municipios conurbanos de Estado de México, ¿por qué cedería esos bastiones a favor de un militante priista cuando no hay certeza de que Va por México esté funcionando?

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En Coahuila, en cambio, al PRI le convendría que el PAN no presentara candidato y, desde luego, que el abanderado de la alianza no fuese panista ya que de esa manera la competencia se reduciría a dos opciones: PRI contra Morena. Sin embargo, ¿porqué al PAN le convendría un arreglo donde las dos gubernaturas de oposición para los comicios del año próximo fuesen entregadas al PRI?

Es todavía temprano para profetizar el fin de la alianza Va por México, pero no lo es para decir que cada día su vigencia enfrenta mayores riesgos. A nivel de base, la incongruencia de esa coalición ha resultado costosa y, a nivel de cúpula, de un lado y del otro crecen las dudas sobre su pertinencia. Si de lo que se trata es de impedir la hegemonía de Morena, o bien de garantizar la sobrevivencia de la oposición tradicional, Va por México no parece ser la mejor alternativa.

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