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Opinión Una muñeca rusa en Nicaragua

El presidente de Nicaragua, Daniel Ortega (d), y el presidente de Rusia, Vladimir Putin (i), en una ceremonia de bienvenida en el aeropuerto de Managua, Nicaragua, el 11 de julio de 2014. (RIA-Novosti, Alexei Nikolsky/AP/Servicio Presidencial de Prensa)
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Wilfredo Miranda Aburto es periodista nicaragüense. Es cofundador de ‘Divergentes’ y colaborador de ‘El País’.

El director del Departamento de América Latina del Ministerio de Exteriores ruso, Alexandr Schetínin, está indignado. El burócrata del Kremlin —cabello hirsuto y mirada aguda— se ha quejado por el “revuelo” en torno al permiso para el ingreso de tropas rusas en Nicaragua. “La situación en torno a la historia se ha inflado. No hay que hacer un revuelo por eso”, ha insistido.

Los entendidos en materia de seguridad están medianamente de acuerdo con el señor Schetínin. Este ingreso de tropas rusas y de otras nacionalidades a Nicaragua se renueva cada seis meses, como parte de intercambios militares rutinarios. Sin embargo, la indignación del hombre de Vladimir Putin es impostada. Sucede que fue el mismo Moscú quien provocó “el revuelo” original cuando la presentadora de la televisión oficial rusa, Olga Skabeeva, hizo alarde de la decisión del Parlamento controlado por Daniel Ortega de renovar el ingreso de tropas con fines humanitarios.

“Si los sistemas de misiles estadounidenses casi pueden llegar a Moscú desde el territorio ucraniano, es hora de que Rusia despliegue algo poderoso más cerca de la ciudad estadounidense sobre una colina”, soltó la presentadora. Una verdadera bomba en el contexto de la invasión de Putin en Ucrania. Muchos medios de comunicación retomaron la noticia —sin mucho contexto a decir verdad— y subieron la temperatura al asunto. El subsecretario de Estado de Estados Unidos para Asuntos del Hemisferio Occidental, Brian Nichols, dijo que su país lo consideraba “una provocación”, días después de que finalizó una Cumbre de las Américas nada halagüeña para Washington, al quedar expuesta su pérdida de influencia en este hemisferio.

Ahora que el tema ha conseguido infinidad de titulares, Schetínin sale al paso, a pinchar un globo que ellos mismos inflaron. No es preocupación genuina del Kremlin, es una treta más del manual de propaganda de Putin. Necesita remover las aguas transatlánticas cuando la invasión de Ucrania se les ha complicado y convertido en una agresión prolongada, en buena medida por la resistencia ucraniana.

Moscú necesita distraer a los estadounidenses y alborotar el avispero en América Latina, no solo para desviar atención de Ucrania sino que pretende meter zozobra. Una especie de reedición de la crisis de los misiles en la década de 1960 a nivel —por ahora— psicológico, de redes sociales y noticias de última hora. Para ello, Putin juega con su propaganda como si fuera una Matrioshka: a las muchas caras.

Putin es un oso feroz pero arrinconado, sobre todo ahora que los presidentes de los tres países más fuertes de la Unión Europea (Alemania, Francia e Italia) llegaron la semana pasada a la asediada Kiev a estrechar las manos del presidente ucranio, Volodímir Zelenski. Macron, Scholz y Draghi dieron su respaldo para incorporar a Ucrania al club europeo y prometieron más obuses. Mientras que al otro lado del Atlántico, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, anunció el mayor envío de armamento al país invadido: 1,000 millones de dólares en apoyo bélico.

Surge la duda de si Ortega dio su anuencia para que la propaganda moscovita se desaforara con la noticia del ingreso de tropas a Nicaragua. No es un secreto que Nicaragua ha mantenido cercanía militar con Moscú desde la convulsa y fratricida década de 1980. En los últimos años, Rusia ha vendido tanques de guerra a Managua y estrechado la cooperación militar. Incluso, hace cinco años instalaron una misteriosa base satelital sobre una de las laderas del viejo cráter de la laguna de Nejapa. Una estación de la que se sospecha cumple un papel de espionaje. Hay demasiado secretismo en torno a ella. Por ejemplo, señalan fuentes aeronáuticas que me han pedido mantener sus identidades anónimas, a los pilotos de aviones comerciales que se aproximan a Managua les han prohibido durante el aterrizaje sobrevolar esa zona desde hace un mes.

Tampoco es un secreto que Ortega, después de reelegirse sin competencia junto a su mujer, Rosario Murillo, ha apostado a Rusia, Irán y China para paliar el aislamiento internacional de su régimen. Una apuesta que por ahora no le ha dado rédito, mucho menos ganancias para los nicaragüenses, mas que promesas que vienen de capitales lejanas que hablan lenguas ininteligibles. Este viernes 17 de junio, Washington sancionó a la Empresa Nicaragüense de Minas (Eniminas) por la cercanía de Managua con Rusia en el contexto de la guerra en Ucrania. Un duro golpe a las exportaciones de oro, uno de los principales rubros que mayores ganancias deja a la pareja dictatorial. De modo que, de haber accedido al juego de la muñeca rusa de la propaganda de Putin, la gran pregunta es, ¿qué gana Nicaragua al inmiscuirse en este juego geopolítico de colosos?

La experiencia de la década de 1980 —cuando el telón de acero (que, según el escritor Gabriel García Márquez, no era cortina ni tampoco de hierro sino más bien “una barrera de palo pintada de rojo y blanco como los anuncios de las peluquerías”) no había caído— indica que nuestro país podría salir maltrecho en este pulso en el que Ortega es un peón insignificante. Desechable… pero un desecho peligroso que nos arrastra consigo.

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“El papel de Ortega es el de tonto útil porque no está recibiendo nada concreto a cambio de parte de Rusia y, al final, la confrontación y arreglos serán entre las dos potencias. Pero el que peor queda es el Ejército de Nicaragua”, me dice la experta en seguridad Elvira Cuadra. “El Ejército quedó comprometido entre la bravuconada rusa y su interés en mantener las buenas relaciones con el ejército de Estados Unidos”.

La jefatura militar nicaragüense tiene una codependencia con Ortega, pero intenta aparentar que no tienen nada que ver con las graves violaciones a los derechos humanos cometidas por el régimen. Un disimulo que nadie les cree después del despliegue de armas de guerra –que solo ellos tienen– en manos de paramilitares.

Aunque Estados Unidos ha sancionado al jefe castrense, el general Julio César Avilés, y otros militares, por ahora la institución no ha sido tocada de manera directa por Washington como Eniminas. Los militares nicaragüenses —que han desplegado a sus voceros oficiosos en los últimos días para lavarles la cara— intentan jugar con su propia Matrioshka donada por Moscú, pero a ellos no les ha salido tan bien.

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