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Opinión El centro político no se mantuvo en Colombia, pero la democracia aún puede hacerlo

Gustavo Petro, presidente electo de Colombia, habla durante un mitin en la noche de las elecciones después de la segunda vuelta de las presidenciales en Bogotá, el 19 de junio de 2022. (Andres Cardona/Bloomberg)
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No teníamos preferencia en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales colombianas del pasado domingo y, francamente, no envidiamos a los colombianos por la decisión que tuvieron que tomar. Después de una elección de primera vuelta el 29 de mayo, las opciones de los votantes se redujeron a dos exalcaldes, cuyas competencias son dudosas y cuyas ideologías eran extremas cuando no vagas: el populista magnate de la construcción de 77 años, Rodolfo Hernández, un candidato independiente parecido al expresidente estadounidense Donald Trump, y Gustavo Petro, senador de izquierda y exmilitante de un grupo guerrillero. Petro resultó ganador con poco más de 50% de los votos. Así, Colombia, un pilar de la estabilidad en la historia reciente de América Latina, se une a una tendencia regional que ha visto casi colapsar a los partidos tradicionales de centroizquierda y centroderecha, mientras los izquierdistas toman las presidencias en Perú, Chile y México.

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Hay muchos motivos de preocupación en la dirección de la política que ha articulado Petro, en particular su llamado a poner fin a la exploración de petróleo, un golpe potencial para la industria del país que, probablemente, causará mucho daño a los ingresos por exportaciones del país y poco provecho al medio ambiente mundial. Aun así, debe reconocerse que Petro (y también Hernández) aprovecharon el descontento con los partidos tradicionales que estaba arraigado en problemas reales, como la corrupción crónica y un repunte de la desigualdad económica en los últimos cuatro años. Sin duda, los líderes de centroderecha —el más reciente de los cuales fue el actual presidente, Iván Duque— pacificaron el país después de décadas de guerrillas, un logro histórico. Pero los colombianos se preguntaban qué había hecho su gobierno por ellos últimamente.

Si el centro no se mantuvo en Colombia, la democracia aún podría hacerlo. La votación fue pacífica y transparente, seguida de la pronta y amable aceptación de Hernández en su derrota, quien demostró, afortunada y admirablemente, ser antitrumpista en ese sentido. Otras instituciones podrían actuar como un control sobre el nuevo presidente: el Congreso, por ejemplo, está fragmentado y los opositores de Petro controlan más escaños que la coalición oficialista. Divisiones de poder similares han convertido la gobernabilidad en un arduo trabajo para los nuevos presidentes de izquierda en Perú y Chile. El Congreso de México también ha bloqueado algunas de las propuestas más extremas del presidente Andrés Manuel López Obrador.

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Para Estados Unidos, el ascenso de Petro probablemente signifique que ya no puede contar con Colombia para ayudar a aislar a la dictadura izquierdista de Venezuela. También es probable que Petro busque relaciones más cálidas con Cuba y Nicaragua. Sin embargo, eso no significa que Colombia, u otros gobiernos electos de izquierda, necesariamente dañarán a largo plazo la causa de la democracia en la región. Por el contrario, esta podría beneficiarse del surgimiento de gobiernos de izquierda, siempre que tanto ellos como sus oponentes de la derecha populista mantengan sus conflictos políticos dentro de los controles y equilibrios constitucionales.

Las personas que son libres de elegir entre las ideologías gobernantes —incluso aquellas que pueden parecer extremas— y de rechazar las que fracasan, tienen menos probabilidades de recurrir a un golpe militar o a una insurgencia violenta, la pesadilla de la historia latinoamericana. La administración del presidente de Estados Unidos, Joe Biden, no tiene más remedio que acercarse a la administración entrante de Petro con una mente abierta. Eso está bien, ya que sería lo correcto por hacer de todos modos.

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