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Opinión Ante el rechazo hacia ‘Lightyear’, la comunidad LGBTQ+ sigue sin poder cantar victoria

Buzz Lightyear, con la voz de Chris Evans, a la izquierda, y Alisha Hawthorne, con la voz de Uzo Aduba, en una escena de la película animada de Pixar, 'Lightyear'. (Disney/Pixar vía AP)
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Lightyear, el último intento de Pixar para exprimir su franquicia de Toy Story por dinero, no es una buena película. Pero al menos sirvió como termómetro para medir la reacción de los conservadores contra los derechos LGBTQ+. Si a la gente le molesta ver una relación lésbica representada en una película, entonces tal vez lo que parecía ser un gran avance hacia un futuro más tolerante fue solo un momento de calma en una tempestad cultural cada vez más intensa.

El problema en cuestión es una escena de la película en la que el guardián espacial Buzz Lightyear (con la voz de Chris Evans) intenta romper la barrera de la velocidad de la luz. Cada uno de sus intentos dura solo unos minutos para él, pero años para todos los demás, en particular para su mejor amiga, Alisha Hawthorne (Uzo Aduba).

Cada vez que Buzz regresa, Alisha celebra una etapa importante de su vida: se compromete con una mujer llamada Keiko, se embaraza, tiene un hijo que luego se gradúa, ella y su esposa celebran su aniversario número 40, y en esa ocasión, aparecen dándose un beso tan fugaz que apenas es visible. Buzz y el público solo ven a la pareja a través de la puerta de su apartamento, dando la impresión de que la relación lésbica de la película está completamente dentro (lo adivinaste) de un clóset.

Read in English: If ‘Lightyear’ can spark a backlash, then no LGBTQ victories are safe

Antes del lanzamiento de la película, el comentarista conservador estadounidense Ben Shapiro advirtió que “Disney trabaja para impulsar una ‘agenda gay nada secreta’ y busca agregar ‘queerness’ a su programación(…) Los padres deben tener eso en cuenta antes de llevar a sus hijos a ver Lightyear”.

Si bien la opinión de Shapiro puede ser cínica (su compañía, el Daily Wire, invertirá 100 millones de dólares en contenido familiar), técnicamente es acertada. La domesticidad convencional de Alisha y Keiko es exactamente la imagen que activistas por los derechos de las personas homosexuales de la década pasada usaron para luchar por el matrimonio igualitario, argumentando que las personas LGBTQ+ querían unirse a instituciones históricamente heterosexuales, no destruirlas. Ese esfuerzo culminó con la decisión de la Corte Suprema de Estados Unidos de 2015 de que la Enmienda 14 protegía el derecho de las parejas del mismo sexo a casarse y que sus matrimonios fueran reconocidos por otros estados.

En los siete años transcurridos desde entonces, el apoyo al matrimonio igualitario ha seguido creciendo, alcanzando 71% en una encuesta de Gallup publicada en junio. Sin embargo, en los últimos meses, una animosidad anti LGBTQ+ ha resurgido en la escena estadounidense con verdadera fuerza y malicia.

El 11 de junio, 31 integrantes de un grupo nacionalista blanco fueron arrestados y acusados de conspiración para provocar disturbios en un evento del orgullo LGBTQ+ en Idaho. Una semana después, en la convención del Partido Republicano de Texas, los delegados respaldaron la opinión de que “la homosexualidad es una elección de estilo de vida anormal” y aprobaron las protecciones legales y profesionales para los terapeutas que intentan librar a sus clientes de la “atracción no deseada por personas del mismo sexo”.

Luego está el surgimiento del insulto “groomer” (acosador de menores), que ha sido utilizado por activistas de extrema derecha ansiosos por acusar a las personas LGBTQ+ de abusadores sexuales de niñas y niños, y de hacerle un guiño a la teoría de la conspiración QAnon. Es una nueva versión repugnante tanto de la campaña Save Our Children de Anita Bryant en la década de 1970 contra los derechos de los homosexuales en Miami, como de la acusación de que las personas gay “reclutan” conversos, que persistió y fue parodiada con razón hasta finales de la década de 1990.

La histeria sobre las drag queens, que pueden no ser ni homosexuales ni transgénero, y cuyos performances a menudo tienden a la parodia en lugar de la excitación, ha sido particularmente intensa. Recientemente, un padre en el estado de Vermont fue arrestado después de que supuestamente amenazó con “llegar y matar a alguien” en la escuela de su hijo en el improbable caso de que el niño conociera a un artista drag o a una persona transgénero allí. Los miembros de Proud Boys de extrema derecha interrumpieron un evento en el que una drag queen estaba leyendo cuentos a niños en una biblioteca de California.

Lo sorprendente de estos casos es cuán público y organizado se ha vuelto el rechazo hacia las personas LGBTQ+ y las artistas drag. A tal punto que si la homofobia había adquirido un estigma social, ese tabú parece haberse fracturado en los últimos años, si no es que quebrado por completo. La transfobia nunca pasó realmente a la clandestinidad.

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Mientras tanto, Lightyear es una paradoja. Su representación de lesbianas sugiere que no mucho ha cambiado desde 1997, cuando Ellen DeGeneres y el personaje que interpretaba en la televisión salieron del clóset, pero se necesitaron 25 años para que incluso algo tan leve apareciera en una película infantil. Para cuando esto sucede por primera vez, las personas que han esperado décadas para ver representadas a sus familias inevitablemente lo ven como algo menor, pero sigue siendo algo controvertido para quienes desean que las personas homosexuales permanezcan invisibles.

Antes parecía posible que el movimiento LGBTQ+ se hiciera lo suficientemente poderoso como para alcanzar el infinito y más allá. La respuesta a Lightyear y el desagradable levantamiento del que forma parte son un triste recordatorio de lo mucho que queda por hacer.

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