The Washington PostDemocracy Dies in Darkness

Opinión Verlas a ellas

Mujeres lanzan brillantina rosa en una protesta exigiendo que cese la violencia contra las mujeres en Ciudad de México, el 16 de agosto de 2019. (Marco Ugarte/AP)
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Cristina Rivera Garza es escritora y académica, su libro más reciente es ‘El invencible verano de Liliana’, ganador del premio Xavier Villaurrutia.

La estadística es bien conocida: cada día, en promedio, 11 mujeres son víctimas de feminicidio en México. Cada día, 11 familias se despiertan en un mundo súbitamente desolado, lleno de los ecos filosos de una ausencia que se sabe cruel e injusta. Imperdonable. Cada día, una madre, un padre, hermanas, hermanos, amistades, colocan los pies sobre ese pantano que les engullirá poco a poco con preguntas, acusaciones, culpas, vergüenza. Aún así, tienen que reaccionar pronto: hay que acudir al lugar del crimen, hay que reconocer el cuerpo y hacer memoria, hay que tocar puertas en las instituciones encargadas de impartir justicia. El calvario inicia así, con la noticia que nadie quiere recibir y que, sin embargo, en medio de esta guerra contra las mujeres que se pelea con especial encono en México, llega con tanta frecuencia a nuestras puertas.

¿Cómo nos contamos estos hechos traumáticos quienes sobrevivimos? ¿De qué nos agarramos para poder tartamudear las palabras que nos permitan no ya entender, sino al menos producir cierto sentido de los pedazos de un mundo que yace a nuestros pies ahora, desecho para siempre? ¿Qué hay ahí afuera que nos permita narrar lo inenarrable? Por muchos años, la única narrativa disponible fue la del patriarcado que, lleno de sí mismo, seguro de que no tenía que rendirle cuenta a nadie más, entrelazándose perversamente con el lenguaje del amor romántico, se conformaba con decirnos: fue un crimen pasional. La explicación, de tan empleada, se volvió rúbrica: un hombre de otra manera juicioso pierde los estribos y se deja arrastrar por las pasiones desatadas a causa de una fuerza externa que no puede controlar. Así, protegiendo al depredador, justificando su actuar de antemano, el discurso patriarcal nos regresaba, soberbio y arrogante, las preguntas consabidas: ¿dónde estaba ella?, ¿cómo iba vestida?, ¿estaba con otro?, ¿había bebido de más?, ¿no haría ella algo para justificar la violencia de la que fue víctima?

Esta operación, que es social y epistemológica a la vez, yace en la raíz de formas de narrar la violencia, especialmente la violencia contra las mujeres, que confirman el dictamen dominante. Cada que una novela, reportaje o una película se centra unánimemente en la conducta del depredador, agigantando su agencia y arrumbando a la oscuridad el quehacer de la víctima, se cumple a cabalidad el dictum del poder patriarcal. Las estrategias son variadas y conocidas: se empieza por omitir la complejidad del contexto, que usualmente involucra la complicidad de las economías extractivas y de las instituciones del Estado, y se continúa haciendo del criminal un ser extraordinario, frecuentemente descrito como un monstruo, cuya mente o psicología se analiza hasta el hartazgo.

Hay toda una industria editorial y cinematográfica fincada en la devastación de los cuerpos de las mujeres que, paradójicamente, se basa en el ocultamiento, el ninguneo y la invisibilización de ellas mismas.

Así se cumple el ritual de la revictimización. La narrativa patriarcal vuelve a aparecer con sus fauces abiertas, listas para atacar, cada que una mujer que ha sido víctima de feminicidio se convierte en un número más o cuando su vida, compleja y densa de significado, conectada a otros de maneras orgánicas, se ve reducida al momento terrorífico de su muerte. Cada que los hechos de violencia son descritos con lujo de detalle, de manera “objetiva”, sin respeto alguno por la víctima o sus familiares, se pone a funcionar la porno-violencia que, lejos de producir pensamiento y práctica crítica, genera la parálisis personal y social propia del terror. Cada que se minimizan los estragos de la violencia, cada que se menosprecia el tamaño de una pérdida que es insondable y que es de todos, cada que se banaliza el mal, está ahí el trabajo puntual de la narrativa patriarcal. Cada que se disputa o, peor aún, se suprime la agencia de la mujer misma, consintiendo a que aparezca en nuestras historias solo a condición de que sea un ente pasivo, sin ninguna capacidad de instigación o respuesta, se cierne el tufo aleccionador del poder. Y ese mismo tufo aparece también cada que se les estereotipa, aceptando acríticamente descripciones groseras o planas, sin ahondar en los claroscuros de sus experiencias.

Las movilizaciones de mujeres, feministas y no, que han tomado las calles y al lenguaje por asalto en décadas recientes nos han enseñado a ser cuidadosas, es decir, a anteponer —tanto en el lenguaje como en la vida— el cuidado al exterminio.

Es en verdad muy difícil escribir sobre la violencia. Es más difícil aún escribir no sobre sino con las víctimas de esa violencia. Y eso es precisamente lo que le da singularidad a El invencible verano de Liliana (2021). Se trata de una operación a la vez estética y ética que tiene por fuerza que posicionarse con sagacidad y empatía, con habilidad y entereza, sobre el campo minado del patriarcado. La tarea para quienes nos interesa la capacidad crítica de la escritura, su potencia para producir un mundo otro, pasa por primeramente cuestionar las formas recibidas.

Si hemos escapado al encantamiento de la violencia machista, si queremos ir más allá de su cautiverio, es necesario seguir interrogando al lenguaje patriarcal y sus formas narrativas, lanzando preguntas sobre la acumulación y la justicia al mundo que nos rodea. Y, para ello, es crucial escucharlas a ellas, verlas a ellas, ponerles atención a ellas. Eso, que pareciera del todo posible, casi una cuestión de mera elección, no resulta, sin embargo, tan sencillo. Para contar esas historias de otra manera, de esa otra manera que viene desde la experiencia material de la víctima, tenemos que interrogar y reconstruir todo nuestro sistema de percepción y todo nuestro sistema narrativo.

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Por eso, cuando una chica de 20 años que fue víctima de feminicidio 30 años atrás entra por pie y palabra propia al recinto de Bellas Artes, con todo y su invencible verano a cuestas, se desata tamaña algarabía entre sus nuevos hermanas y hermanos, así como trepidación entre quienes quedan atrás. No perdamos la brújula ni le cedamos el protagonismo a quienes no les corresponde: el camino es largo. Sigamos inventando, juntas y juntos y juntes, más maneras de verlas a ellas, de oírlas a ellas, de producir lenguaje y presencia y memoria con ellas.

Algunas obras que tocan la violencia contra las mujeres desde una multiplicidad de puntos de vista, apartándose así mismo de la narrativa patriarcal dominante, incluyen: Chicas muertas, de Selva Almada; Cometierra de Dolores Reyes; Las voladoras, de Mónica Ojeda; El asedio animal, de Vanessa Londoño; Huaco retrato de Gabriela Wiener. También recomiendo el documental Las tres muertes de Marisela Escobedo, dirigido por Carlos Pérez Osorio. Por lo demás, los feminicidas siguen matando porque, además de contar con la exculpación de la narrativa patriarcal, están al tanto de la impunidad que les da el Estado, y del apoyo cómplice que genera la indiferencia y la indolencia social.

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