The Washington PostDemocracy Dies in Darkness

Opinión Así me desconecto del mundo y el conflicto

Miembros del reparto de la serie de televisión "Los años dorados". (AP Photo/File) (AP/Associated Press)

Al igual que tú, podría ver lo que quisiera en la televisión en este instante. Entre el cable, los servicios de streaming y YouTube, podría experimentar cualquier aventura, involucrarme en cualquier romance o habitar cualquier mundo que desee y en cualquier momento.

Sin embargo, no tengo idea de para qué pago todas estas maravillosas opciones de escapismo cuando en realidad solo recurro a dos o tres programas de televisión por las noches. Veo una y otra vez esos programas. Hace mucho tiempo memoricé todos los diálogos y cada giro en la historia que toman estos shows y episodios.

Eso es porque solo veo los que denomino “shows reconfortantes”. Por la noche, mientras me siento en el sofá buscando algo para ver, ya sé dónde terminaré: en “Bob’s Burgers” o en Miami con las chicas de “Los años dorados”. O en D. C. con el elenco de “227”. O quizás decidiré visitar Canadá a través de “Kim’s Convenience”.

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Los programas que veo son de bajo riesgo. Nadie es asesinado o herido de ninguna manera.

Lo más probable es que también tengas un show reconfortante, aunque quizás no lo admitas. Hacerlo sería admitir que, al igual que yo, vives con ansiedad. Creo que los programas reconfortantes ayudan un poco a mitigar esa ansiedad. Después de volver a casa tras un duro día de tener que lidiar con este mundo, lo último que deseas de tu entretenimiento nocturno es más conflicto.

Buscamos shows reconfortantes porque vivimos en un ciclo de noticias las 24 horas que nos recuerda lo terribles que pueden ser los seres humanos entre sí. Es por eso que, incluso cuando navegas por las infinitas opciones en tu control remoto o aplicaciones de streaming, apuesto a que la mayoría de las veces elegirás un programa que ya hayas visto. Un show donde los personajes resuelven sus problemas al final de cada episodio. Un programa en el que sabes que nada malo va a pasar. Quizás haya un malentendido, o una falla de comunicación hilarante, o un chiste a expensas de alguien. Pero eso es todo.

Quizás incluso participes en este ritual relajante solo, porque no quieres que nadie más piense que hay algo malo en ti por ver el mismo programa 25 veces. Haces esto por la vergüenza silenciosa que conlleva ser alguien que no es resiliente y que a veces simplemente no puede lidiar con el mundo exterior. Supongo que este es un buen momento para señalar que, en Estados Unidos, se supone que no debemos tener problemas de salud mental. Los problemas de salud mental son considerados una forma de debilidad. Solo se aplaude el “remangarse la camisa”. Se supone que debemos ignorar todos esos molestos sentimientos de preocupación, angustia e impotencia y seguir adelante. Es una de las cosas de las que nos enorgullecemos.

Pero ahí estás, sentado, viendo un episodio de “La tribu Brady” que ya has visto innumerables veces antes.

Cuando era niño, las personas mayores a menudo me contaban que habían aprendido a nadar cuando uno de sus padres o alguien más los había arrojado a algún cuerpo de agua. “Mi padre me llevó al lago y simplemente me tiró al agua”, recuerdan. “O me hundía o nadaba”.

Esas historias siempre me horrorizaron cuando era más joven. Y si bien muchas de las personas que las cuentan se jactan de cuán buenos nadadores son gracias a eso, estoy seguro de que la mayoría probablemente quedó marcada por la experiencia. Nunca pude entender por qué la persona que supuestamente arrojaba al agua al otro no podía tomarse el tiempo de enseñarle a un niño a nadar. Y es que enseñarle a un niño a nadar debe hacerse con cuidado: se debe llevar al niño al agua lentamente y luego, poco a poco, sumergirlo. Primero hasta las rodillas, luego hasta el pecho. Luego, de manera muy lenta, se debe ayudarlo a meter la cabeza bajo el agua.

Hoy entiendo que estos relatos en realidad nunca se trataron sobre nadar. En cambio, giran alrededor de una filosofía de “prueba de fuego” de la que algunas personas están inexplicablemente orgullosas. Se derivan de la idea de que la vida es dura y es mejor aprender eso temprano. Las personas cuentan esa historia para explicar cuán resilientes son. Cuán autosuficientes. Cuán fuertes.

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Pero es principalmente pura apariencia; la mayoría de nosotros no somos así de rudos. Algunas personas escapan de la dura realidad armándose hasta los dientes y uniéndose a otras personas asustadas que quieren destruir el país. Otros, entre los que me incluyo, prefieren escapar ocasionalmente y a veces con mucha frecuencia a un mundo en el que no existen esos problemas y la gente siempre es divertida y simpática. Hacer esto no te hace débil, solo te hace humano.

Así que no te preocupes y mira tus shows reconfortantes. Míralos una y otra vez si te son de ayuda, porque vivimos en un mundo loco y todos tenemos asientos de primera fila para experimentar lo implacablemente cruel que puede llegar a ser.

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