The Washington PostDemocracy Dies in Darkness

Opinión En México nos están quemando vivas

La saxofonista Elena Rios en una protesta en Oaxaca, México, en julio de 2022. (Cortesía Elena Ríos)

María Elena Ríos Ortíz es saxofonista, activista y sobreviviente de un ataque con ácido.

Soy sobreviviente de un intento de feminicidio perpetrado con ácido por órdenes del exdiputado del Partido Revolucionario Institucional Juan Antonio Vera Carrizal. Así como me ocurrió a mí, en México hay al menos 47 mujeres que fueron quemadas en vida en lo que va del año. En el mejor de los casos sobrevivimos con un cuerpo desfigurado; en los peores, se viven los últimos días con dolores intensos hasta que nuestro cuerpo y nuestra existencia se consumen.

Ante un dolor y un miedo que trasciende las quemaduras, nuestra única defensa ha sido hablar, visibilizarnos, denunciar lo que nos han hecho. “No son las formas”, “quiere fama”, “quiere dinero”, “quién la manda a meterse con esos hombres” o “quiere llamar la atención” son las expresiones más comunes que recibimos tanto de las autoridades como de una sociedad estructuralmente machista, espiritualmente misógina y románticamente racista.

A esos dichos, yo tengo respuestas.

Si esas “no son las formas”, entonces, ¿cuáles? En un país con graves problemas de violencia de género, no nos queda de otra. Protestar es la única denuncia que nos permite hacernos visibles. Lo que no se nombra, no existe. Y nosotras existimos.

Me hubiese gustado ser conocida, “famosa” y ganar dinero por tocar mi saxofón, pero me tocó ser visible por las múltiples quemaduras con ácido que aún padezco.

La consecuencia de una relación de pareja jamás debe consistir en ser rociadas con ácido o prendernos fuego.

Y claro que quiero llamar la atención: ¡Nos están quemando vivas! En México, los feminicidios por quemaduras con ácido, gasolina, alcohol y cables de alta tensión se han convertido en prácticas frecuentes que, cuando son visibilizadas, pueden llegar a ser revictimizantes.

El 26 de mayo, en el estado de Puebla, una mujer fue rociada con ácido afuera de las instalaciones del Sistema de Administración Tributaria, a plena luz del día. Sus agresores lo hicieron por diversión al pasar por la calle y gritarle “adiós, guapa”.

El 1 de julio del 2022, en Morelos, Margarita fue quemada con gasolina por sus familiares, estuvo hospitalizada 23 días y falleció la noche del domingo 24 de julio. Sus agresores siguen libres.

El 16 de julio, en Jalisco, Luz Raquel Padilla fue asesinada, sus vecinos la rociaron con dos galones de alcohol y le prendieron fuego. En mayo ella ya había denunciado las amenazas que sufría por parte de su vecino: “Te vas a morir machorra” o “te voy a quemar viva” eran las pintas con aerosol negro que ella leía en los muros del edificio al llegar a su hogar. Las autoridades no accionaron ni la protegieron. Por si fuera poco, el 27 de julio la fiscalia de Jalisco informó sin fundamentos que Raquel se suicidó, que se quemó sola.

Este 9 de septiembre cumpliré tres años de haber sido agredida. Cinco personas —dos intelectuales y tres materiales— coadyuvaron para robarme la vida que estaba construyendo a mis 26 años; cuatro de ellos fueron enviados a prisión preventiva —uno de ellos murió por causas que desconozco— y el otro jamás fue aprehendido.

Según cifras de la organización Acid Survivors Trust International, cada año en el mundo se registran 1,500 de estos ataques, más de 80% están dirigidos a mujeres y 60% no son reportados porque se sobrepone el miedo y la vergüenza que ocasionan las lesiones. En su mayoría, las mujeres afectadas tienen un rango de entre 20 y 30 años de edad, los autores intelectuales y materiales suelen ser sus parejas sentimentales.

En México no existe una ley que tipifique estos ataques como “feminicidio” o “feminicidio en tentativa”. La Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, en su artículo 6, tiene un apartado de violencia física (las quemaduras son consideradas lesiones que tardan en sanar entre 15 y 20 días, pero no siempre es cierto). El Senado ha presentado iniciativas que hablan sobre los “ataques con ácido”, entre ellas un dictamen que pretende que se incluya en “violencia física (con sustancia corrosiva y/o tóxica)” o “violencia física con agravantes”. Sin embargo, como sobreviviente considero que debe nombrarse “violencia ácida” y ser tipificada como feminicidio aunque podamos ser sobrevivientes.

En México, a las sobrevivientes las autoridades nos exigen guardar una “calidad de víctimas” donde mejorar está mal visto. Pero tenemos derecho a recoger los pedazos que quemaron de nosotras, a rehacer nuestras vidas desde las posibilidades que tenemos, porque el Estado no se ocupa de ello. Tenemos el derecho de volver a reír, bailar, soñar, cantar, enamorarnos, estudiar, brillar sin que se diga de nosotras “entonces no estás tan mal, ¿por qué sigues reclamando?”. Nuestra mejoría nos pertenece y jamás exonera a nuestros agresores de sus delitos y las responsabilidades que esto implica.

El proceso físico deja secuelas como pérdida de orejas, párpados, córneas, cicatrices hipertróficas, asimetría facial, mutilación nasal y se requiere de injertos si hay quemaduras de tercer grado. Los ácidos más utilizados para agredirnos son el clorhídrico y sulfúrico, muy accesibles en supermercados y ferreterías.

Las quemadas en vida pasamos de ser víctimas a ser sobrevivientes, pero siendo discriminadas por nuestro aspecto, desempleadas tras una recuperación que consta de años de tratamientos dermatológicos y quirúrgicos que requieren recursos económicos impensables. Además, nos enfrentamos a un sistema sumamente misogino y patriarcal si decidimos llevar a cabo un proceso legal: no existe apoyo para volvernos a reinsertar a la sociedad, no nos proporcionan procesos psicológicos y psiquiátricos. A esto, en mi caso, se sumó un terrible y lastimoso prejuicio social generado tras campañas de odio e inspiración a la violencia por parte de mis agresores, a través de su familia, que ha dañado mi entorno familiar.

Como ejemplo de esta discriminación, recientemente en la celebración de la Guelaguetza, en Oaxaca, realicé una manifestación pacífica con el lema #OaxacaFeminicida. Por órdenes del gobernador Alejandro Murat, a través de la fuerza pública, fui violentada y reprimida, pese a que su gobierno ha dicho ser “aliado de las mujeres en el combate a la violencia de género”.

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Ese día, mientras yo jugaba el papel de una “criminal”, el exsecretario de la Defensa Nacional Salvador Cienfuegos —acusado por la Administración de Control de Drogas de Estados Unidos de proteger y colaborar con un cártel del narcotráfico—, se encontraba en el palco oficial a un lado de Murat arrojando totopos, pan y dulces a los visitantes. Surrealismo disfrazado de folclore.

Un añadido que tenemos las mexicanas que somos quemadas en vida es la racialidad. A mi existencia la atraviesa el ser mixteca, prieta y sin estatus socioeconómico preponderante. Esto me orilló a buscar justicia con los recursos que tengo, por medio del artivismo, haciendo música con mi saxofón y narrando en estas líneas mi realidad repetida en cientos de mujeres en mi país. A todas ellas les digo: no estamos solas, nos volvimos un grito coral que no se va a frenar, las mujeres somos tan poderosas que nos quieren ver divididas, y eso ya no lo vamos a permitir.

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