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Opinión Llenar el álbum Panini del Mundial es un retorno a la infancia

Detalle de los cromos del álbum Panini de la Copa del Mundo de Qatar 2022, donde aparece como principal el del futbolista argentino Lionel Messi. ( Alexandre Schneider/Getty Images)

Alejandro Wall es periodista especializado en deportes. Es columnista de ‘Pasaron Cosas’, por Radio con Vos, y coconductor de ‘Era por abajo’. Ha publicado cuatro libros deportivos.

Estoy en un grupo de Telegram que inunda mi teléfono de notificaciones. Se llama “Tradeo figus Qatar 2022” y tiene más de 350 miembros, todos desconocidos. Se armó unos días previos a que la editorial italiana Panini sacara a la venta el álbum del Mundial de manera oficial. Los que habían salido de modo anticipado ya estaban agotados, lo que generaba cierta desesperación. También una necesidad: nadie quiere quedarse afuera. “Buenas! Consulta, no tengo el álbum a mano, alguien sabe qué número de figu es Tajon Buchanan de Canadá?”, pregunta Mati. Hay oferta y demanda, hay consultas sobre dónde comprar paquetes al por mayor y hay bromistas pesados: alguien difunde un teléfono para conseguir sobres a buen precio pero el dueño del número no es un vendedor y su WhatsApp explota. En el grupo hay preguntas por el álbum y también hay jactancia: alguien ya tiene a Lionel Messi y Cristiano Ronaldo.

Figuritas —o figus— es el modo en el que le decimos en Argentina y Uruguay. Son las estampitas en México, las láminas en Chile y las postalitas en algunos países de América Central. O los cromos en cualquier lugar. También cambia el tamaño del álbum. Si en México, Chile o Brasil hay que ocupar 670 espacios en blanco, en la Argentina son 638. Pero más allá de nombres y cantidades, el ritual es el mismo. Se trata de llenarlo, lo que es también engordarlo, deformarlo, darle sus nuevos colores por dentro. Verlo crecer.

Los Mundiales son una medida de tiempo. Podemos construir y ordenar nuestros recuerdos a través de ellos, lo que pasó cada cuatro años. Amores, viajes, separaciones, trabajos, un nacimiento, el lugar donde vimos un partido, la pérdida de un ser querido. Por eso fue tan caro el intento de modificación que quiso hacer Gianni Infantino: organizarlo cada dos años trastocaría los relojes.

Por ahora, habrá copa cada cuatro años. Aunque esta que se hará en Qatar será en un tiempo extraño, noviembre y diciembre, un desplazamiento de nuestro calendario. Las figuritas nos completan otro espacio, arman nuestro álbum de fotos. Son el torneo que se juega detrás del torneo verdadero. No solo es asunto de niños, también de adolescentes y adultos. La salida del álbum es el inicio cultural del Mundial.

En tiempos donde no había internet, durante los Mundiales de mi niñez, veía los partidos que no eran de Argentina con el álbum abierto, tratando de identificar a los jugadores. A los que tenían sus figuritas, al menos, porque sabemos que no todos las tienen y también sabemos que otros las tuvieron sin haber jugado el Mundial. En Italia 90, con 10 años, recuerdo la del sueco Tomas Brolin porque la tenía varías veces repetida y también la de Robert Prosinecki porque no me llegaba incluso después de que Argentina jugara contra Yugoslavia.

“No hay peor apropiación cultural que la de los padres juntando figuritas con sus hijos”, dice el escritor argentino Sergio Olguín en un tuit. Los padres y las madres —también los abuelos y las abuelas— compramos los sobres y, en ocasiones, también queremos ejercer el derecho de abrirlos. Es el éxtasis de este asunto. Ahí sabremos qué cinco figuritas nos tocarán, si saldrá la que buscamos, si al menos alguna será nueva o si solo acumularemos repetidas, nuestro exceso de capital que nos servirá para el intercambio.

Esa es la otra cuestión, el trueque.

Las figuritas del Mundial son de Panini, una editorial fundada por cuatro hermanos en Módena, Italia. En 1970, la familia cerró un acuerdo con la FIFA para comercializar los cromos. El primer álbum fue México 70. Pero el negocio comenzó a explotar con mayor perfección en la década de 1990. Los Panini ya habían vendido la editorial, que pasó por distintas manos: Robert Maxwell, dueño del Daily Mirror, luego el consorcio Bain, Gallo, Cuneo y De Agostini, después Marvel Entertaintment Group, hasta que llegó a las manos actuales, las de la compañía italiana Finaldo. Tener el monopolio de las figuritas mundialistas es redituable: Brasil 2014 le dio ventas por 758 millones de euros y con Rusia 2018 llegó a los 1,000 millones de euros.

La compra de paquetes es lo que hace girar la máquina comercial de Panini. Pero la gracia está en llenar el álbum con el intercambio, ingresar en ese circuito artesanal del mercado único de figuritas, una práctica precapitalista. Ahí está lo fascinante. “Tengo 150 figuritas para cambiar, zona La Plata”, escribe Martina en el grupo. Pero no hace falta tener Telegram. En la ciudad de Buenos Aires existe un punto clave para llenar el álbum. Es el Parque Rivadavia, en el barrio de Caballito, donde los fines de semana la gente se junta a cambiar figuritas. Desde que somos niños, en Argentina, al ver pasar las figuritas del otro repetimos late, late, nola, nola, late, nola, apócopes de la tengo o no la tengo. En el parque se escucha como se escucha en los patios escolares. Como se escuchan también los pedidos específicos: “Necesito la de Mané”.

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Hay algo igualitario en el intercambio, en la búsqueda de llenar el álbum por medio del trueque. Se conforma, además, una comunidad del intercambio donático, que es una práctica premercantil. No hay negación en dar una figurita, entregarla por otra está escrito en el código básico (y tácito) sobre cómo funciona el circuito. A lo sumo, puede pasar, las más buscadas valdrán algunas figuritas más. Dicen que ya no hay difíciles, pero en la Argentina hay faltante de sobres. Los dueños de kioscos dicen que Panini beneficia a las grandes cadenas de supermercados, las estaciones de servicio y aplicaciones de delivery. En algunas plataformas, los precios de reventa superan por mucho al original.

En mi grupo de Telegram ofrecen figuritas para cambiar. Mandan fotos, se ofrecen encuentros en zonas determinadas y hay citas en el Parque Rivadavia. Estoy en el grupo por mis hijos, ellos son los que llenan el álbum. Cada tanto me permiten abrir un paquete. Si el fútbol, como dice el escritor español Javier Marías, es la recuperación semanal de la infancia, el álbum de figuritas actúa como un juguete. Otra forma de nostalgia.

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