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Opinión El atentado contra Cristina Fernández expone la enorme ‘grieta’ que divide a la Argentina

La vicepresidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, saluda a simpatizantes afuera de su casa del barrio de Recoleta el 1 de septiembre de 2022, en Buenos Aires, Argentina. Ahí fue víctima de un intento de homicidio cuando un hombre se acercó a dispararle sin lograrlo. (Tomas Cuesta/Getty Images)

Hugo Alconada Mon es abogado, prosecretario de redacción del diario argentino ‘La Nación’ y miembro del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación.

Los países sin memoria estamos condenados a tropezar con las mismas piedras una y otra vez. Anoche, la jefa de la coalición gobernante y vicepresidenta de la Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, estuvo a un tris de morir. Un hombre le disparó a centímetros del rostro, pero la pistola no funcionó por milagro o impericia del atacante o lo que fuere. Y el país estuvo cerca, muy cerca, demasiado cerca, de reingresar a su dimensión más oscura y sangrienta.

Las primeras informaciones señalaron que un hombre de 35 años fue hasta la vereda del edificio donde vive Fernández de Kirchner en el barrio de la Recoleta, en Buenos Aires, se mezcló entre los seguidores que cada noche saludan a la líder del Frente de Todos, sacó una pistola y gatilló, sin que el equipo que la custodia lograra impedirlo o siquiera se percatara de lo ocurrido. Terminó detenido por militantes y, después, por los policías.

Con el correr de las horas surgieron más detalles. El magnicida fallido nació en Brasil, pero se crió y vive en la Argentina desde siempre, tiene simpatías con grupos extremos y esotéricos, acumula conductas “raras” e “insensatas” —según coinciden personas que lo frecuentaron— y tiene al menos un tatuaje vinculado a la simbología neonazi.

Quedarse en ese muchacho es, sin embargo, quedarse en lo anecdótico. Sí, habrá que investigarlo, como también deben investigarse las graves fallas de la custodia que sigue a sol y a sombra —o debería seguir— a Fernández de Kirchner. Pero muchísimo más relevante es preguntarse cómo llegamos hasta aquí y qué ocurrirá de ahora en adelante.

La primera pregunta tiene múltiples respuestas y aristas, y no alcanzaría una biblioteca para aportar todas las causales posibles. Pero acaso una causal prevalezca: vivimos en una polarización creciente que ha derivado en una “grieta”, como le decimos en la Argentina, que a estas alturas se acerca más a un cisma social que a un sano, respetuoso y bienvenido debate de ideas contrapuestas. Quien piensa distinto no es alguien con quien pueda discreparse, sino un enemigo, alguien “riesgoso” o, peor, alguien que debe ser despreciado y hasta eliminado.

Así es como hemos normalizado en la Argentina que a Fernández de Kirchner la llamen “yegua”. Que la vicepresidenta tilde de alcohólica a la presidenta del principal partido de la oposición, Patricia Bullrich, y que esta le responda que puede dejar de beber, pero que Fernández de Kirchner no puede dejar de robar. Mientras, el presidente Alberto Fernández dice por televisión que espera que el fiscal federal que pidió 12 años de prisión para Fernández de Kirchner, por presuntamente ser la jefa de una asociación ilícita, no se suicide como lo hizo Alberto Nisman, otro fiscal federal que acusó a la vicepresidenta —cuando, cabe aclarar, la Justicia concluyó que a Nisman lo asesinaron—, mientras que cualquier periodista puede tildar al presidente, también por televisión, de payaso.

Todo eso ocurre, insisto, entre referentes políticos y periodistas de renombre en los principales medios de comunicación. Pero a eso se suma lo que ocurre en algunas redes sociales —a esta altura, antisociales—, donde miles y miles de usuarios se mueven en “burbujas”, ajenos a la realidad y a información verídica, desconectados del mundo que los rodea y retroalimentando sus propias creencias y sospechas, en una dinámica de “sesgo de confirmación” ad infinitum.

Esto ya lo vivimos en la Argentina, mucho antes del advenimiento de las redes sociales. Ocurrió en 1891, cuando un adolescente de 15 años llamado Tomás Sambrice intentó asesinar al dos veces presidente Julio Argentino Roca, convencido de que el “Zorro”, como lo apodaban, era el gran mal que asolaba a la Argentina y que, extirpado ese mal, el país florecería.

Y pasó cien años después, en 1991, cuando otro joven desquiciado de 29 años, Ismael Edgardo Darío Abdalá, disparó contra el primer presidente tras la restauración de la democracia, Raúl Alfonsín. Aquella noche, como anoche, la bala no salió.

La diferencia, sin embargo, es que ahora con las redes sociales debemos lidiar además con la profusión de teorías conspirativas y la irrupción de defensores fanáticos de lo indefendible. Y ya podemos verlo, en Twitter y en Facebook sin ir más lejos, alrededor de la figura de quien anoche intentó matar a Fernández de Kirchner. Solo falta que surja un “club online” de admiradores de Sambrice y Abdalá.

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¿Qué ocurrirá de ahora en adelante? El primer dato alentador fue que la inmensa mayoría de los grandes referentes políticos, empresarios y sindicales del país repudiaron sin matices lo ocurrido. El segundo, que la investigación judicial quedó en manos de una jueza y un fiscal respetados, con buenos antecedentes, lo que ahuyentará —más allá de lo que puedan alentar ciertas “burbujas” en las redes sociales— las sospechas de intentos por encubrir lo que fuere.

Dicho eso, esta puede ser —y debería ser— la ocasión para que muchos políticos se miren al espejo, reflexionen sobre cómo han actuado hasta ahora, morigeren sus prédicas incendiarias y se conviertan en los líderes virtuosos que necesita este país sumido en la intolerancia y la pobreza. Y lo mismo corre, hay que decirlo, para muchos periodistas —o comunicadores, no sé cómo llamarlos— que desde las radios, canales de televisión, medios gráficos y otras plataformas se han convertido en parte del problema, más que de la solución.

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