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Al principio, Ritchie Torres, concejal del Bronx de 32 años, solo se sentía “enfermo”. Después le dio migraña. Se sentía muy mal. Pero para Torres, los peores síntomas del COVID-19 hasta ahora han sido mentales: “Es inquietante saber que soy portador de un virus que podría perjudicar a mis seres queridos”.

El reverendo Jadon Hartsuff, sacerdote episcopal de 42 años y residente de Washington, D.C., se sintió agotado después del servicio del domingo 23 de febrero. Durmió una siesta. No le dio importancia, el servicio puede ser cansador. Al otro día, en el gimnasio, le dolían los huesos. Se sintió fatigado, febril y un poco mareado. “Le decía a la gente que me sentía fofo, como trapo”, recuerda.

Mike Saag, infectólogo de 64 años que vive en Alabama, empezó a tener tos, como si fuera fumador. Le dolían los huesos y no tenía claridad mental. Unos cinco días después se intensificó la agonía. “Nadie querría pasar por esto. ¡Les ruego que se queden en casa!”, dijo el sábado.

Estadounidenses que ahora conocen de cerca el nuevo coronavirus y la enfermedad que causa, compartieron estas historias. Al compartir sus experiencias, esperan desmitificar este contagio alarmante.

El COVID-19 puede ser una enfermedad grave, incluso mortal. Pero varía según el individuo y la mayoría a quien se le ha detectado la infección no requiere hospitalización.

Puede provocar fatiga intensa, tos recurrente y fiebre intermitente. Se trata de una enfermedad que se manifiesta gradualmente y es persistente: el proceso completo suele durar semanas, no días.

Los pacientes con COVID-19 reportan estragos psicológicos. No estamos familiarizados con la enfermedad. Es un virus pandémico que ha alarmado a todo el planeta. La reacción natural es la ansiedad.

Jim, de 34 años y residente de Long Island (pidió no revelar su nombre completo) tuvo síntomas leves varios días, y de repente tuvo dificultad para respirar, fiebre y dolor en el pecho.

“El miedo es real. A veces es imposible no temer que esto dará un giro demencial y se agravará, se saldrá de control”, declara.

Saag, el médico, es profesor en la Universidad de Alabama en Birmingham, y entiende muy bien el proceso biológico que se desencadena cuando un virus invade el organismo. Sabe, por ejemplo, que su sistema inmune genera síntomas, como fiebre. Enfermó después de un largo viaje en carretera del Noreste hacia Alabama, y el lunes en la noche tuvo temblores incontrolables en todo el cuerpo.

“Era mi sistema inmune que me decía, ‘Vamos a combatir a este desgraciado’”.

Pese a su formación médica, tuvo que reprimir el temor natural de cualquier persona. Su consejo para otras víctimas del COVID-19: “Mantengan la calma. Monitoreen sus síntomas. Lo más importante es la respiración. Si tienen dificultades para respirar, acudan de inmediato al hospital”.

En cuanto al miedo y la ansiedad, comenta: “esta enfermedad alarma, y la ansiedad es parte de la ecuación. Por eso lo primero es mantener la calma”.

Torres, el miembro más joven del Consejo Municipal de Nueva York, dio positivo al coronavirus el lunes después de que su jefe de gabinete diera positivo la semana anterior. Torres está en cuarentena en su departamento en el Bronx. No pudo abastecer su despensa cuando la infección se extendió por la ciudad, pues estaba trabajando en el Consejo y en su campaña para las elecciones del 15º distrito congresional. Ha pedido a los repartidores que dejen sus comidas a una distancia segura.

“Sentirme tan dependiente e indefenso me resulta doloroso. El virus carcome nuestra necesidad de ser humanos, de afecto social y físico. Padezco depresión y el virus me ha hecho aún más vulnerable”.

“Si eres joven, millennial y estás sano, es tentador sentirse seguro, pero esa ilusión dista de ser verdad”, agrega.

Mark y Jerri Jorgensen y su amigo Carl Goldman figuraron entre los pasajeros del funesto viaje del Diamond Princess. Jerri tiene 65, fue entrenadora de voleibol y atletismo de secundaria, ahora está jubilada y vive en St. George, Utah. Dio positivo luego de que el barco atracara en Yokohama, Japón y lo pusieran en cuarentena. Las autoridades la sacaron del barco y la aislaron, aunque nunca tuvo síntomas.

“Nunca me dolió la garganta ni la cabeza, nada”, cuenta. Se quedó en el hospital durante 14 días hasta que dio negativo dos veces. Pasó los días haciendo pilates por FaceTime con sus amigas en Estados Unidos, a la 1 a.m. hora de Japón.

“Hacía planchas, lagartijas y me ponía los audífonos, escuchaba buen rock and roll de los 80 y bailaba en mi habitación”, recuerda.

Goldman, de 67, es dueño de una estación de radio en Santa Clarita, California, dio negativo en el barco, pero en el vuelo de evacuación que gestionó el Departamento de Estado de vuelta a Estados Unidos, se quedó dormido y despertó con fiebre de 39.5 grados. Lo pusieron en cuarentena en la parte trasera del avión, lo separaron de los otros pasajeros con una capa de plástico. Para cuando aterrizaron unas ocho horas después, ya no tenía fiebre.

“No me dolía la cabeza, tampoco la garganta, no tenía estornudos ni escurrimiento nasal, tampoco el cuerpo descompuesto. Solo tenía tos seca”, comenta. Durante tres o cuatro días tuvo dificultad para respirar mientras caminaba o hablaba, pero nada que exigiera tratamiento. La tos persistió dos semanas.

Lo llevaron a la Universidad de Nebraska para recibir tratamiento. Aislaron a los trece pacientes con COVID-19, pero a diario tenían una conferencia grupal con los doctores.

Goldman, quien se fue el lunes, fue uno de los últimos a quien dieron de alta.

“Cuando alguien daba negativo, todos celebrábamos”, cuenta.

Al principio le recetaron un poco de ibuprofeno y mucho Gatorade. (“El mejor es el azul claro, no se acerquen al de uva, es asqueroso”.)

El 22 de febrero Mark Jorgensen, de 55, dio positivo mientras estaba en cuarentena.

“Cuando me dijeron no lo creía. Me sentía bien”, recuerda. Lo trasladaron por aire a un hospital en Salt Lake City, en donde siguió sintiéndose bien.

“Fue raro. Estaba completamente sano, pero me aislaron en una unidad biocontenedora, y entraban en trajes NBQ y todo”, cuenta.

Mark se sometió dos veces a trasplantes de hígado y toma inmunosupresores. Cuenta que esta semana todavía dio positivo al coronavirus, pero el hospital lo mandó a su casa a hacer cuarentena.

Una mujer de 20 años, de Syracuse, Nueva York, habló con The Post sin revelar su nombre. Contó que su primer síntoma fue dificultad para respirar. Fue de compras con su madre en Nueva York el sábado y comenzó a toser y a sentirse cansada, como si hubiera terminado de correr.

“Creo que por mi edad no tengo síntomas muy fuertes, pero me tomó desprevenida. Nunca me había sentido así, nunca he tenido influenza”, comenta.

El domingo, una sala de urgencias en Nueva York se negó a realizarle la prueba. “Empeoré mucho”. Tenía fiebre de 38 grados y un dolor de cabeza que describe como “la peor parte de la experiencia”.

Su madre la llevó a Syracuse, en el norte del estado, en donde el lunes en la mañana un consultorio médico aceptó realizarle la prueba. Los médicos la condujeron por la entrada trasera del edificio, le dieron un cubrebocas y la hicieron esperar en una sala en desuso.

Cuando entró un doctor con equipo de protección, los otros esperaron fuera. “Estaban histéricos porque el virus había llegado a Syracuse”, recuerda.

Cuando llegaron los resultados positivos, la joven se convirtió en el tercer caso confirmado de coronavirus en el condado de Onondaga, Nueva York. El secretario de salud del condado ordenó que la familia hiciera cuarentena en casa.

Hartsuff, el sacerdote, no se dio cuenta de que tenía covid-19 hasta que el 8 de marzo se enteró de que un colega sacerdote en Washington, el reverendo Timothy Cole, había dado positivo. Se habían visto en una conferencia hacía más de dos semanas. De inmediato Hartsuff informó a la iglesia que había enfermado y que se haría una prueba. Recibió el resultado positivo tres días después.

No sabe si transmitió la infección a los miembros de su iglesia, pero se siente culpable por no haber hecho cuarentena desde antes.

“No me quedé en casa, no me retiré de la iglesia y me genera mucha culpa”, confiesa por teléfono desde su departamento. Se siente mucho mejor, no tiene síntomas, pero permanece en cuarentena voluntaria.

“Intento animar a la gente, y a mí, para identificar la diferencia entre ver esto con mucha seriedad y verlo con mucho temor. Existe una delgada línea entre ambas cosas”, declara.

Más de dos semanas después de que empezaran sus síntomas, Jim, de Long Island, sigue teniendo dificultad para respirar. Ha acudido dos veces a urgencias y ha estado en comunicación con el departamento de salud, pero le dijeron que se trate en casa. Ha vivido en el cuarto de visitas de su casa, mientras su esposa y dos hijos viven arriba. Le dejan comida en la puerta.

“Quería advertir del peligro a todo el que me atendía, pero me sentí ignorado”, reconoce.

Alison McGrath Howard, psicóloga clínica de Washington con COVID-19, describe su enfermedad: “Nunca había tenido nada parecido. Los síntomas son desconocidos, por lo tanto no tengo recursos psicológicos para darles sentido”.

Los síntomas van y vienen. Se siente mejor, por ahora.

“Y luego saco a pasear a mi perro y siento que me desplomo. Y se me baja la fiebre y regresa. Aunque me he enfermado peor de bronquitis, virus estomacales o gripas muy fuertes, esto es una fatiga constante. Es rarísimo”.

A Anne Kornblut, 47, ejecutiva de Facebook y antigua reportera y editora de The Post, le empezó a doler la cabeza el 11 de marzo, poco después de regresar a su casa en California luego de un viaje a Nueva York.

“Tuve que acostarme y dormir. Fue así de repentino”, cuenta.

Sus síntomas iban y venían. A veces, se sentía “indispuesta”. Aunque no creía tener COVID-19, consiguió hacerse una prueba. Estaba en la caminadora el domingo pasado cuando su médico le llamó para decirle que había dado positivo.

Publicó su historia en Facebook y describió la incertidumbre que aqueja a todos, incluyendo a los profesionales de la salud. “El departamento de salud me llamó para informarme que me alejara de todos, incluidos mis hijos. ¿Entonces quién los va a cuidar si mi esposo también lo tiene? La enfermera me respondió que aún no enfrentaban ese escenario y prometió llamarme después”.

Para el viernes, le había vuelto a subir la temperatura, y tenía otro dolor de cabeza espantoso. Y su esposo había dado positivo.

Kanyakrit Vongkiatkajorn contribuyó a realizar este reportaje.

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