Para Tomar En Cuenta

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Ida Garibaldi vive en Vicenza, Italia. Nació en Italia y durante muchos años vivió en Alexandria, Virginia.

Mi familia vive en el Véneto, al norte de Italia, una de las regiones más afectadas por el nuevo coronavirus. Estamos en cuarentena. Es aterrador. Solitario. Incómodo. ¿Ya les mencioné que es aterrador?

Les ahorraré las estadísticas y los sermones, de ambas ya hay en abundancia. Sin embargo, sí quiero dejar una cosa en claro: si creen que al llenar sus despensas ya cumplieron con la responsabilidad de prepararse para este virus, están equivocados. Esta es una crisis sin precedentes. Desconfíen de tanto negacionistas como fatalistas, no hay manera de saber cómo terminará esto.

Las restricciones nos llegaron lenta pero sostenidamente. En dos semanas, nuestras viejas vidas habían dejado de existir. Al principio, las escuelas cerraron, luego vino el distanciamiento social. El gobierno procedió entonces a poner en cuarentena las áreas más afectadas: ya no se podía entrar ni salir de ciertas provincias, y se limitó la movilización dentro de las “zonas rojas”. Finalmente, el país entero fue clausurado. La mayoría de las tiendas cerraron sus puertas. Se les pidió trabajar desde casa a los que podían; los que no tenían esa opción y no tuvieran un empleo relacionado con la continuidad de los servicios básicos, fueron trasladados a horarios de medio tiempo o les dieron permisos no remunerados. Cuando salíamos a la calle, teníamos que llevar un pase que explicara nuestras razones para estar allí, para mostrárselo a los agentes del orden público que patrullaban las calles. La prioridad era ahora mantener a todos dentro de sus casas, todo el tiempo.

Para algunas personas, el despliegue gradual hizo que estas medidas fueran difíciles de aceptar: los observadores escépticos cuestionaron la gravedad de la enfermedad, dado que las restricciones no habían sido draconianas desde el principio. Sin embargo, si no hubiésemos tenido el tiempo para adaptarnos a una pérdida progresiva de libertad, no las hubiéramos aceptado. Podríamos habernos rebelado. En vez de eso, nos juntamos, nos unimos y nos protegimos la salud mutuamente, aunque ya no pudiéramos socializar.

Vivir bajo estas condiciones es difícil de describir. Solo podemos salir de nuestras casas por razones médicas o para comprar alimentos. Podemos realizar caminatas cortas, pero no en grupo. No podemos abrazar, besar o estrechar la mano de nadie aparte de nuestras familias. Debemos permanecer al menos a uno o dos metros de cualquier persona, todo el tiempo.

Mi familia intenta mantener una rutina: en las mañanas, educo en casa a nuestros cuatro hijos, que van desde la guardería hasta el octavo grado, mientras mi esposo teletrabaja. El colegio de mi hijo mayor fue el que estuvo mejor preparado para la educación a distancia y empezó a impartir clases remotas desde la primera semana de la cuarentena. Recibe clases en vivo, tareas, interacciones constantes con sus profesores, e, igual de importante, también interactúa regularmente con sus amigos, lo cual disminuye su sensación de aislamiento. Es genial, sin duda, pero también requiere diariamente del uso exclusivo de un computador portátil y banda ancha desde las 8:10 a.m. hasta las 2:45 p.m., lo que limita las actividades en línea de todos los demás. Las escuelas de mis otros hijos, las cuales cerraron al mismo tiempo, empezaron la educación a distancia apenas la semana pasada.

Por la tarde, tanto mi esposo como yo trabajamos lo mejor que podemos, mientras nuestros hijos se mantienen ocupados. Con guitarras que ya teníamos y una batería que construyeron desde cero, están armando una “banda de garaje” (literalmente, tienen que permanecer dentro del garaje y no pueden practicar o tocar en ningún otro lado). Por primera vez en mi vida, he llegado a pensar que tener cuatro hijos puede significar a veces menos trabajo que tener uno o dos: pueden entretenerse entre ellos.

Contradictoriamente, los días, de alguna manera, pasan increíblemente rápido. Siempre estamos haciendo algo: organizando clases, luchando con una impresora que no funciona o con nuestro saturado wifi, dándole tutorías particulares a cada hijo por separado, sacándolos a que tomen aire fresco, alimentándolos, tomndo café, repitiendo todo lo anterior. Cuando luego de dos o tres días ya no podemos soportar el encierro, uno de nosotros sale al supermercado a comprar frutas, vegetales y cualquier otra cosa que necesitemos (las tiendas, por lo menos, están bien abastecidas). Salimos usando la bicicleta para ejercitarnos un poco. Eso también es un desafío, porque siempre estamos cansados.

Mi madre, hermanas, mi pequeña sobrina, mi tía y primos viven en Lombardía, la región más afectada por la pandemia. Si mi madre, que tiene 81 años (o casi 81, como seguro señalaría), se contagia, probablemente fallezca. Hablo con ellos y les mando mensajes con frecuencia, pero no sé cuándo los veré. No sé si podré volverlos a ver. Es extraño: todos estamos pasando por las mismas emociones —miedo, furia, agotamiento— sin importar dónde vivimos o qué hacemos. No necesitamos de muchas palabras para saber cómo se siente la otra persona. Terminamos todas las llamadas telefónicas diciendo “¡Forza!”. Debemos seguir adelante.

Sí, la mayoría de las personas que se enfermen, sobrevivirán. Sí, las personas menores a 45 años probablemente estén a salvo. Pero justo ahora, médicos de todo el norte de Italia tienen que decidir quién obtiene el respirador y vive, y quién no y muere. El sistema de salud de Italia, aún con todas sus carencias —largas esperas para algunas pruebas, algunos edificios viejos, salas de hospital que a veces están repletas— se encuentra entre los de mejor rendimiento en el mundo occidental. Por ejemplo, un informe de 2017 realizado por la Organización Mundial de la Salud, reveló que el sistema de salud italiano tenía un sólido sector de cuidados intensivos y una de las tasas de mortalidad más bajas en Europa. Aun así, este virus ha abrumado el sistema de salud de una de las áreas más acaudaladas de la Unión Europea.

Las estadísticas cambian a diario, a medida que los hospitales luchan para generar más capacidad. Las autoridades sanitarias dicen que en la actualidad hay disponibles 1,200 camas de cuidados intensivos para pacientes de coronavirus en Lombardía. La región alberga 10 millones de personas, y al 26 de marzo hay 34,889 personas que han dado positivo allí. Dependiendo de cuántos pacientes de coronavirus entran o salen de los hospitales cada día, si tienes una condición crónica, un infarto o sufres un accidente automovilístico, podrías no obtener acceso a la atención médica.

Al escribir esto desde Italia, también les escribo desde sus propios futuros. Desde nuestro estado de emergencia, hemos estado viendo cómo se desarrolla la crisis en América con una terrible sensación premonitoria. Por favor, dejen de esperar que otros les digan qué hacer. Basta de culpar al gobierno por hacer demasiado o casi nada. Todos podemos tomar medidas para frenar la propagación de la enfermedad, y no se limitan a asegurarse de que los hogares tengan suficientes alimentos enlatados y artículos de limpieza. Ustedes pueden hacer mucho más. Deben hacer mucho más. Aléjense de restaurantes, gimnasios, bibliotecas, salas de cine, bares y cafés. Pero además: no inviten personas a cenar, no lleven a sus hijos a que jueguen con otros niños, no los lleven al parque, no dejen de supervisar a sus hijos adolescentes. Se fugarán con sus amigos, se tomarán de las manos y compartirán sus alimentos y bebidas. Si les parece excesivo, consideren esto: nosotros no tenemos permitido celebrar matrimonios o funerales. No podemos reunirnos para enterrar a nuestros muertos.

Para nosotros, podría ser ya demasiado tarde para evitar increíbles pérdidas humanas. Sin embargo, si ustedes deciden no tomar medidas por evitar una incomodidad o porque no quieren verse “ridículos”, no podrán decir que no fueron advertidos.

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