Para Tomar En Cuenta

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Desde prácticamente el principio de la epidemia del coronavirus, políticos y expertos han recalcado la importancia de las fronteras nacionales. Mientras el número de infectados crecía en Estados Unidos, el presidente Donald Trump reiteró su promesa de campaña de construir un muro en la frontera sur de su país. Otros líderes demonizaron a migrantes como portadores de una enfermedad foránea.

Algunos observadores alegan que la respuesta a la pandemia ha marcado un resurgimiento del Estado-nación como el actor dominante en esta época de miedos y cuarentenas. Ha frenado nuestro mundo interconectado, con el cierre de las cadenas de suministro, la interrupción del comercio y la suspensión temporal de los viajes. Algunos analistas incluso ven la pandemia como el antecedente de una nueva era, una en la que la globalización se desmorona y los países miran hacia adentro y buscan tener mayor autosuficiencia.

En otras palabras, es el momento de los nacionalistas y los ciudadanos. Ser un migrante, refugiado o solicitante de asilo durante esta crisis mundial es saber que eres aun más desafortunado que antes.

Sin importar los ruegos desesperados de los organismos de ayuda, actualmente hay incluso menos capacidad internacional para atender los abarrotados y destartalados campamentos de refugiados, donde la epidemia está empezando a propagarse. Las cosas no están mucho mejor para los que huyen del conflicto y la miseria: el gobierno de Donald Trump, por ejemplo, ha acelerado las deportaciones de los solicitantes de asilo que han llegado a la frontera estadounidense, mientras las organizaciones civiles denuncian el trato negligente del gobierno a los inmigrantes expuestos al virus en los centros de detención.

Y aun así, se puede decir que los migrantes son los héroes anónimos en la primera línea de batalla contra la pandemia. Desde los hospitales hasta las tierras agrícolas, los migrantes están suministrando una labor vital para mantener a las sociedades a flote. También son las personas más vulnerables de la sociedad: basta con mirar las imágenes de migrantes rurales siendo forzados por las cuarentenas a caminar cientos de kilómetros de vuelta a sus casas, desde las principales ciudades de India.

En todas partes, su ausencia ha profundizado la sensación de crisis. Mis colegas reportaron hace unos días los problemas que están enfrentando los países europeos ahora que los cierres de las fronteras y las prohibiciones de viajes les ha quitado la mano de obra migratoria, de la cual dependen sus sectores agrícolas.

“Muchas granjas a lo largo de Europa occidental dependen enormemente de los europeos del este que viajan buscando trabajo durante la temporada de crecimiento de los cultivos”, reportaron. “Sin embargo, con las cuarentenas en efecto justo en el momento en el que los campos despiertan de su sueño invernal, el espárrago alemán podría empezar a pudrirse en el campo y las fresas francesas podrían sufrir por la falta de cuidados. Los países europeos afirman tener suficientes alimentos por ahora. Pero hay preocupaciones acerca de lo que podría suceder si la crisis se extiende hasta bien entrada la temporada de crecimiento, así como también se teme por los medios de subsistencia de sus agricultores”.

En Estados Unidos, las industrias alimentarias y de restaurantes dependen, presumiblemente, de la mano de obra inmigrante. De los aproximadamente 400,000 trabajadores agrícolas en California, alrededor de 60 a 75% podrían ser inmigrantes indocumentados, en su mayoría de México. Mientras la mayoría de la fuerza laboral de Estados Unidos se queda en casa, ellos permanecen en los campos pues son clasificados como trabajadores “esenciales”.

“Para muchos trabajadores, el que ahora sean considerados ilegales y esenciales al mismo tiempo, es una ironía de la que están conscientes, así como también lo están sus empleadores, quienes por mucho tiempo han tenido que lidiar con marañas legales para poder mantener una fuerza laboral en los campos”, señaló un artículo de The New York Times.

“Es triste que haya tenido que suceder una crisis sanitaria de esta magnitud para resaltar la importancia de los trabajadores del campo”, le dijo al Times Hector Lujan, director ejecutivo de Reiter Brothers, una importante productora familiar de bayas ubicada en Oxnard, California.

Además, como informó The Guardian, muchos de estos trabajadores están sometidos a condiciones adversas con prácticamente ningún equipo de seguridad, ni distanciamiento social ni apoyo o pago adicional. El paquete de estímulo económico por el coronavirus de dos billones de dólares aprobado por el Congreso de Estados Unidos no le ofrece nada a los indocumentados (comparemos eso con la medida temporal aplicada por el gobierno portugués, la cual le otorgó estatus de ciudadanía de facto a migrantes y solicitantes de asilo, para que puedan acceder a los servicios de salud pública).

“Se les está pagando lo mismo aun cuando se están exponiendo a más peligros”, le dijo a The Guardian Irene de Barraicua, vocera de Líderes Campesinas, una organización de defensa de mujeres trabajadoras agrícolas californianas. “No hay un estándar de orientación de seguridad. A veces escuchamos que reciben apenas una charla de cinco minutos —“mantén metro y medio de distancia, no hagas esto, no hagas aquello”— pero laboran con mucha gente alrededor. Pareciera que la situación no se está tomando en serio porque el dinero es más importante”.

Mientras tanto, a ambos lados del Atlántico, profesionales de la medicina que están combatiendo la pandemia provienen desproporcionadamente de familias inmigrantes. Un estudio de 2018 reveló que al menos el 17% de la fuerza laboral de la atención médica estadounidense no había nacido en Estados Unidos: uno de cada cinco farmacéuticos y cerca de uno de cada tres médicos habían nacido en el extranjero. Reconociendo la necesidad cada vez mayor de recibir ayuda en su estado, el gobernador demócrata de Nueva Jersey, Phil Murphy, firmó una orden ejecutiva que le otorgó licencias médicas temporales a médicos extranjeros.

Al menos 27,000 profesionales de la salud llegaron al país siendo niños indocumentados. Han sido protegidos por un programa del gobierno de Obama que Trump derogó en 2017. Sus destinos, junto al de cientos de miles de otros como ellos, están siendo actualmente evaluados por la Corte Suprema.

Más de 13% de la fuerza laboral del Servicio Nacional de Salud del Reino Unido tiene una nacionalidad diferente a la británica. Los primeros cuatro médicos que fallecieron de COVID-19, la enfermedad causada por el coronavirus, mientras atendían pacientes, eran todos de origen inmigrante y musulmán.

“Los cuatro hombres —Alfa Sa’adu, Amged el-Hawrani, Adil El Tayar y Habib Zaidi— eran musulmanes y tenían ascendencia de regiones como África, Asia y el Medio Oriente”, señaló Al Jazeera.

“El hecho de que haya sido el coronavirus lo que se lo llevó, es difícil de aceptar”, le dijo a BBC la hija de Zaidi, Sarah, quien también es médico. “Es un reflejo de su sacrificio”.

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