Para Tomar En Cuenta

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RÍO DE JANEIRO— Cuando el coronavirus llegó a Brasil y se hizo el llamado a voluntarios para trabajar en las salas de cuidados intensivos, Isabella Rêllo analizó los riesgos. Tenía 28 años. Vivía sola. No tenía ninguna condición preexistente.

Así que, mientras los médicos más viejos se retiraban de la primera línea de batalla en la respuesta contra el coronavirus, Rêllo dio un paso adelante.

En poco tiempo, Rêllo, pediatra, estaba atendiendo docenas de pacientes con el coronavirus. Pero los pacientes no eran quienes ella esperaba. Ese paciente solo tenía 30 años. Aquel, solo 32. Casi la mitad de las personas que estaba tratando eran jóvenes, afirmó Rêllo, y muchos estaban muriendo. La narrativa sellada en la conciencia mundial en los primeros meses de la pandemia —que el virus perdonaba a los jóvenes y asolaba a los ancianos— no era lo que ella estaba viendo suceder en Brasil.

Los jóvenes estaban en riesgo. Ella estaba en riesgo.

“Un paciente era joven, aparentemente saludable”, afirmó Rêllo. “Y estaba muy enfermo, con muchísimas complicaciones. Pensé; ‘Ese podría ser yo. Él podría ser mi amigo’. La rapidez con la que esta cosa mata a las personas, incluyendo a los jóvenes, ha sido impactante”.

A medida que el coronavirus ha escalado su ofensiva en los países en vías de desarrollo, el perfil de la víctima ha empezado a cambiar. Los jóvenes están falleciendo de COVID-19 en proporciones nunca vistas en los países más ricos. Esta evolución ilustra una vez más la naturaleza impredecible de la enfermedad, mientras se abre camino en nuevos entornos culturales y geográficos.

En Brasil, 15% de los fallecidos ha sido personas menores de 50 años, una tasa más de 10 veces mayor que en Italia o España. En México, la tendencia es incluso más fuerte: casi un cuarto de los fallecidos han sido personas entre 25 y 49 años. En India, las autoridades informaron este mes que casi la mitad de los muertos tenían menos de 60 años. En el estado de Río de Janeiro, más de dos tercios de las hospitalizaciones son de personas menores a 49 años.

“Este es un nuevo escenario, comparado con lo que ha pasado en otros países”, dijo Daniel Soranz, exsecretario municipal de salud de Río de Janeiro. “Brasil es un país muy importante a considerar en este momento”.

Los analistas dicen que los nuevos datos sugieren que muchos de los problemas que desde hace tiempo han atormentado a los países en vías de desarrollo —pobreza pertinaz, desigualdad extrema, frágiles sistemas de salud— están incrementando la vulnerabilidad a la enfermedad. En países con más pobreza y menos recursos, personas que podrían haber sobrevivido en otro lugar están falleciendo.

George Gray Molina, economista en jefe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, afirmó que la pobreza está provocando “efectos agravantes”. Debido a que la densidad de población es mucho mayor en gran parte de los países en desarrollo —y también a que muchas personas deben seguir trabajando para sobrevivir— una parte mucho mayor de la población termina siendo expuesta al virus.

El virus entonces se está propagando a través de una población con menos resistencia. Las personas en los países en desarrollo no solo lidian con las enfermedades históricamente asociadas con la región —malaria, dengue, tuberculosis, VIH/Sida— sino cada vez más con aquellas más estrechamente asociadas con países más ricos. Las tasas de diabetes, hipertensión y obesidad están aumentando. Sin embargo, los tratamientos para muchas de estas enfermedades son insuficientes.

Cuando los pacientes recién infectados de coronavirus que ya han sido debilitados por condiciones preexistentes buscan tratamiento, se encuentran con sistemas hospitalarios que están saturados y que no tienen los equipos necesarios para manejar la avalancha de pacientes.

“Todo apunta a la situación socioeconómica y la pobreza”, afirmó Gray Molina. Los beneficios positivos asociados con los países en desarrollo —como poblaciones más jóvenes, por ejemplo— están siendo “aniquilados”.

“A medida que esto vaya pasando veremos un equilibrio en la balanza”, afirmó.

‘Mi casa está vacía’

Cuando el coronavirus golpeó a Brasil al principio, era una enfermedad de ricos. Traída por viajeros que llegaron de Estados Unidos y Europa, la enfermedad circuló principalmente entre los millonarios y conectados. El presidente del Senado brasileño la contrajo. El secretario de prensa del presidente Jair Bolsonaro también se contagió. El Country Club de Río de Janeiro en la playa de Ipanema, uno de los clubes más exclusivos de Brasil, sufrió una epidemia devastadora.

Domingos Alves, un científico de datos de la Universidad de São Paulo, ha estado rastreando el virus desde esas primeras semanas. Al principio, el patrón en Brasil fue similar al de los países desarrollados: los fallecidos eran principalmente ancianos. Los pacientes de coronavirus acudieron en masa a los hospitales privados, y cualquiera que necesitaba una cama de hospital, la recibía.

Pero a principios de abril, a medida que el virus empezó a filtrarse en las favelas de São Paulo y Río, y el sistema de hospitales públicos comenzó a sufrir, Alves notó un cambio brusco en los datos. Personas más jóvenes estaban siendo hospitalizadas a tasas mayores. Personas menores a 49 años estaban falleciendo. La enfermedad estaba llegando a las partes bajas de la pirámide demográfica. El perfil de la víctima estaba cambiando.

“Nuestro país está conformado por varios países más pequeños”, dijo Alves. “Cuando caminas por Río de Janeiro, pasas de lugares que tienen las características de Suiza a lugares que se parecen más al Congo, todo en la misma ciudad”.

Cátia Simone de Lima Passos, de 48 años, ha vivido toda su vida en una parte de la ciudad que nadie confundiría con Suiza. Todos los días, ella y su hija Agatha, de 25 años, se montaban en autobuses repletos y cruzaban el norte de Río para llegar al centro médico donde trabajaban, en la favela de Maré. Lima dijo que habían hecho todo lo posible para mantenerse a salvo. Empaparon sus manos con jabón desinfectante. Usaron cubrebocas. Su hija asmática se quedó en casa y no fue al trabajo durante semanas.

Sin embargo, ambas contrajeron COVID-19 y fueron hospitalizadas. Luego de 10 días en el hospital, Lima sobrevivió. Su hija no lo logró. Ahora Lima pasa sus días aislada en su casa, sola y sin poder pasar el duelo con seres amados, intentando entender por qué una enfermedad que todo el mundo decía que solo mataría a los ancianos se había llevado a su hija y la había perdonado a ella.

La crueldad inesperada de lo sucedido es insoportable para ella, afirmó.

“Mi casa está vacía”, dijo. “Eramos compañeras de vida”.

Confusión en la población

Bolsonaro, un líder global en minimizar la enfermedad, repite un mantra: solo los ancianos están en riesgo. Por lo tanto, la mejor medida es solo aislarlos a ellos. Lo denomina “aislamiento vertical”.

“Lo que ha sucedido en el mundo ha mostrado que las personas en riesgo son mayores a 60 años”, declaró en un discurso nacional a finales de marzo. “Entonces, ¿para qué cerrar las escuelas?”.

Los mensajes contradictorios en Brasil —entre líderes locales que le ruegan a las personas permanecer en casa y un presidente haciendo un llamado para que la gente regrese a las calles— han alimentado una confusión generalizada. Mientras la enfermedad estalla en el país, rebasando los 300,000 casos y los 19,000 fallecidos, la población está ignorando cada vez más los lineamientos de aislamiento. Los pasos peatonales de las playas en Río de Janeiro están repletos los fines de semana. De acuerdo con investigadores del Imperial College London, la persona infectada típica infecta cerca de otras tres, una de las tasas más elevadas del mundo.

Pedro Archer, un médico de un hospital público en Río, afirmó que sus pacientes jóvenes han sido sorprendidos por la enfermedad. Muchos habían emulado la actitud de Bolsonaro, quien ha menospreciado la enfermedad repetidas veces, llamándola una “gripezinha”. Hasta que se enfermaron.

“Tengo personas que me dicen, ‘realmente llegué a creer que esto solo era una gripezinha, y ahora me doy cuenta de que es grave’”, afirmó Archer. “He visto personas muriendo que han dicho lo mismo”.

Otro siguen saliendo a las calles porque deben hacerlo. La ayuda gubernamental —cerca de 105 dólares al mes para trabajadores informales— ha sido, para muchos, o bloqueada por trabas burocráticas o lamentablemente insuficiente. Los autobuses siguen repletos de personas dirigiéndose a sus trabajos. Las filas de personas esperando recibir fondos de emergencia rodean los bancos.

“Las personas jóvenes están muriendo a una tasa más alta porque están entrando en contacto con el virus muchas más veces, debido a sus condiciones laborales y de vida”, afirmó Ligia Bahia, profesora de salud pública de la Universidad Federal de Río de Janeiro. “Los porteros siguen trabajando. Los empleados domésticos siguen trabajando… su carga viral, su exposición, es mucho mayor”.

Marcelo Mitidieri, un padre de 48 años de dos hijos, entendió los riesgos pero decidió seguir trabajando como conductor para mantener a su familia. Se enfermó a finales de abril. Apenas podía respirar. Tuvo dolor en el pecho. Su hija lo llevó a un centro médico en el vecindario empobrecido de Engenho de Dentro, en Río, pero el lugar solo tenía tres respiradores y tres camas. No tenían espacio para él. Así que con su respiración sibilante, no tuvo otra opción que sentarse en una silla rota durante 24 horas, escribirle mensajes de texto a su hija Marcela y esperar.

“Quieren llevarme a la sala de emergencias”, le escribió a su hija. “Pero no hay equipos”.

“Intenta estar calmado”, le pidió Marcela, esperanzada de que su edad lo salvaría. “Inhala y exhala. Eres fuerte y estamos pasando por esto juntos”.

“Estoy muy enfermo”, le respondió en su último mensaje antes de morir.

Marcela tiene ahora una furia contenida. “Si hubiese recibido mejor tratamiento, él estaría conmigo ahora”, afirmó.

Todo esto ha horrorizado a Rêllo, la pediatra de 28 años que se ofreció como voluntaria para atender a pacientes con coronavirus. Sin embargo siguió trabajando hasta hace unos días, cuando empezó a sentirse mal.

Tos seca. Estornudos. Dolores corporales. Una prueba pronto le confirmó sus miedos: había contraído el virus. No sabe qué le hará la enfermedad. Es joven, pero dice que ya no siente que eso sea suficiente.

Rêllo dice que piensa en las otras personas que ha atendido. Sabe cómo lucen.

“Como yo”, dijo.

Marina Lopes en Watercolour, Florida, contribuyó con este informe.

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