Para Tomar En Cuenta

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Para Melanie Montano, todo comenzó con una presión en el pecho, casi como si alguien estuviera sentado sobre ella. Era el 15 de marzo y estaba sudando, aunque moría de frío. Además, tenía una extraña sensación de “hormigueo” en la parte posterior de sus piernas.

“Me sentía como si hubiera despertado en un cuerpo completamente distinto”, recordó.

Durante las siguientes semanas, Montano, de 32 años, desarrolló fiebre, tos, problemas estomacales, y perdió su sentido del gusto y olfato como otras víctimas del nuevo coronavirus. Pero a diferencia de la mayoría de ellos, sus síntomas nunca desaparecieron. Siguieron yendo y viniendo en oleadas, como una montaña rusa que la ha dejado postrada en su cama durante 89 días seguidos, en los que ha visto cierres de escuelas, órdenes de quedarse en casa, protestas sobre las restricciones y, ahora, la reapertura de los estados de Estados Unidos.

A los infectados con el coronavirus se les pide cumplir con una cuarentena de 14 días, en parte basada en la idea de que los síntomas usualmente duran esa cantidad de tiempo. Si bien la mayoría de las personas con enfermedad leve se recuperan por completo en ese tiempo, los médicos dicen estar viendo a un pequeño porcentaje de personas como Montano, que permanecen enfermos por muchas semanas, o incluso meses.

Pero con lo poco que se sabe del virus, los médicos no tienen la certeza de si esos síntomas indican que sigue vivo en el cuerpo, causando estragos continuos, o si el virus estuvo y ya se fue, dejando una respuesta inmunitaria o inflamatoria persistente que hace que las personas sigan sintiéndose enfermas.

“La realidad es que simplemente no lo sabemos”, afirmó Adam Lauring, especialista en enfermedades infecciosas de la Universidad de Michigan.

Juana Diaz, de 62 años, de Washington D.C., ha tenido síntomas desde el 3 de abril. Comenzaron con un dolor de cabeza y garganta irritada. En ese momento, dijo Diaz, no se preocupó, aun cuando “nunca me dan dolores de cabeza”. El día siguiente, perdió el sentido del gusto y el olfato y de inmediato supo lo que estaba sucediendo.

Cara Schiavo, una trabajadora social de 31 años de Cedar Grove, Nueva Jersey, empezó a manifestar algo que parecía conjuntivitis el 15 de marzo, y poco después terminó en una sala de emergencias cuando desarrolló fiebre y otros síntomas. Desde entonces, “no he tenido un día en el que haya regresado a la normalidad”.

Matthew Long-Middleton, un periodista radial de 35 años de Kansas City, Misuri, empezó a sufrir fiebre, escalofríos y síntomas comunes parecidos a los de la gripe el 11 de marzo, y todavía no se ha recuperado por completo. “En ocasiones intento trabajar desde la cama, pero a veces incluso sentarse es muy difícil”, afirmó.

Los síndromes posvirales han sido asociados con numerosos virus en el pasado, pero hasta la pandemia eran considerados relativamente raros. En el caso del COVID-19, los investigadores no están seguros de si las personas con síntomas prolongados están simplemente pasando por una larga recuperación o si sus enfermedades terminarán pareciéndose a algo como la encefalomielitis miálgica (síndrome de fatiga crónica), una enfermedad compleja caracterizada por un profundo agotamiento y problemas de sueño, u otras condiciones que pueden perdurar por años, o toda la vida.

“El COVID-19 es un animal completamente diferente”, dijo Bruce Farber, director de enfermedades infecciosas en Northwell Health, el sistema de salud más grande del estado de Nueva York. “Eso lo ves con muy pocas enfermedades respiratorias. Incluso con la influenza, con la cual mayoritariamente vives o mueres”.

El virus ademas involucra tantas partes del cuerpo —desde el cerebro hasta los dedos de los pies— que algunos síntomas podrían deberse a lesiones en diferentes órganos que no han sanado. Los pacientes describen cosas tan variadas como desde disminución de la función pulmonar hasta pérdida permanente de gusto y olfato.

“Es una infección bastante grave, incluso en casos leves”, afirmó Avindra Nath, director clínico del Instituto Nacional de Trastornos Neurológicos y Accidentes Cerebrovasculares de los Institutos Nacionales de la Salud.

Algunos pacientes con enfermedades de larga duración están alternando resultados en las pruebas por coronavirus. Primero dan positivo, luego negativo y de nuevo positivo. Muchos científicos creen que las pruebas están probablemente detectando virus muerto. En los estudios, el virus solo ha estado activo de nueve a 11 días. Sin embargo, unas cuantas autopsias han mostrado al virus merodeando en lugares desconcertantes como el bazo, lo que genera más incertidumbre. Nath, quien está iniciando un estudio sobre las trayectorias extensas y síntomas persistentes de algunos sobrevivientes del COVID-19, dijo que espera responder algunas de estas preguntas en los próximos meses, cuando la investigación comience a mostrar resultados.

“Es difícil saber si este tipo de fenómeno de larga duración es más pronunciado o más común” con este virus, afirmó Lauring. “O si simplemente estamos viendo cosas que nos llaman la atención porque hay en general una percepción acrecentada. Todo es nuevo con el COVID-19”.

El primer mes

Antes de que el coronavirus llegara a su vida, Montano era una profesora de redacción en Teaneck, Nueva Jersey, que se trasladaba a su trabajo por el metro, trotaba varios kilómetros, iba a bares y salía con amigos. Pero desde que se enfermó, ha estado durmiendo 14, 18 y a veces hasta 22 horas al día.

Su odisea comenzó la segunda semana de marzo cuando se despertó muchas veces jadeando, con problemas para respirar. Tuvo una larga videollamada con su médico de atención primaria, quien consideró innecesario que fuera al hospital. Montano le preguntó sobre el coronavirus, pero en ese momento habían pocas personas infectadas y ella no había viajado, así que el medico consideró innecesario aplicarle la prueba de diagnóstico.

El 24 de marzo, su condición empeoró hasta el punto que llegó a sentir que se estaba asfixiando. Fue al Holy Name Medical Center, donde le realizaron una radiografía del tórax y le aplicaron la prueba del coronavirus (la cual, como había adivinado días atrás, dio positiva). Sentada en una silla de ruedas y conectada a tanques de oxígeno, Montano esperó durante unas cinco horas en una sala de aislamiento, rodeada principalmente de personas en respiradores. Recuerda a enfermeros llevando a sacerdotes para la extremaunción de los pacientes, y podía oír a las familias rompiendo en llanto afuera de la sala.

“Fue realmente aterrador. Era la única persona joven en ese lugar”, dijo.

Alrededor de las 4:00 de la mañana, convencida de que nunca obtendría una cama porque no paraban de llegar pacientes más enfermos que ella, Montano preguntó si podía irse y se tambaleó hacia la puerta.

El segundo mes

La segunda fase de la enfermedad de Montano fue más de lo mismo, excepto que su tos empeoró. Paradójicamente, eso sí, empezó a respirar con mayor facilidad. Sus amigos le dejaban provisiones frente a la puerta de su apartamento mientras ella luchaba para arrastrarse hacia el baño o doblar la ropa. Cada ciertos días, procuró registrar una entrada de audio o video para crear una especie de diario sobre su enfermedad.

Cuando su condición siguió sin mejorar para abril, el aislamiento voluntario empezó a pasar factura.

El 8 de abril le escribió un mensaje de texto a su madre: “Llamaría al 911 pero, ¿para qué? ¿Para que los hospitales me lancen a una esquina y me ignoren? Sé que no es su culpa que estén desbordados, pero tampoco es mi culpa. Asunto: buscando ayuda”.

Para mediados del mes, dijo, cayó en la desesperación cuando empezó a darse cuenta de que sus síntomas eran cíclicos. Solía tener unos pocos días en los que le parecía que empezaba a sentirse mejor, hasta que subía la fiebre y caía de nuevo muy enferma.

La enfermedad había “estremecido mi mundo de una manera que nunca pensé era posible”, dijo en una publicación de video.

En el día 59, se aventuró a salir en su auto por primera vez desde la visita al hospital, y grabó otro video. Pasó por un autoservicio de Rite Aid para aplicarse nuevamente la prueba del coronavirus, por consejo de un especialista. “En dos a cinco días, sabré si di positivo y seguiré sin tener idea de lo que eso significa”, dijo frente a la cámara.

Al tercer mes de estar enferma, la fiebre de Montano bajó y recuperó su sentido del olfato, pero el calor abrasador que había sentido en sus pulmones al principio de la enfermedad había regresado.

Un poco de todo

Si bien la enfermedad de Montano ha consistido en un grupo similar de síntomas cíclicos, la de Schiavo ha sido una llena de constantes sorpresas.

El 7 de marzo, desarrolló lo que inicialmente parecía conjuntivitis; el 11 de marzo, una tos; el 14, diarrea; el 15, fiebre; el 16, pérdida de gusto y olfato. El 17 de marzo, empezaron los dolores de pecho y se desmayó, lo que la mandó a un hospital donde, dice, los médicos confirmaron que tenía COVID-19 pero sintieron que estaba lo suficientemente estable como para aguantar la enfermedad en casa.

Abril le trajo más problemas gastrointestinales, fatiga y dolores musculares. En mayo, desarrolló una erupción en la cara y llagas por toda la boca.

Schiavo ha contactado a sus médicos en múltiples oportunidades, y sus explicaciones siempre han sido alguna versión de: “Tu cuerpo recibió un golpe traumático, y tomará un tiempo para que se recupere”. Ha recibido cinco rondas de tratamiento de antibióticos, dos de esteroides, y le dieron un inhalador para ayudarla con su respiración.

La parte más difícil ha sido el aislamiento. “Lidiar con este virus sola en casa fue la cosa más aterradora de mi vida”, dijo. “No vi a nadie en 24 días”.

Schiavo se siente afortunada de que su empleador, un hospital, le permita asesorar pacientes desde casa cuando es capaz de hacer su trabajo como trabajadora social. Sin embargo, algunos de sus amigos y familiares están confundidos y, cree ella, posiblemente sospechen que siga enferma. Schiavo ha sido atleta desde la secundaria y antes del COVID-19 practicaba kickboxing o iba al gimnasio todos los días. Ahora, dice, tiene más de dos meses donde la energía apenas le alcanza para levantarse de la cama.

En las últimas dos semanas, Schiavo se ha sentido algo mejor pero sin llegar a la normalidad. Recientemente terminó otra ronda de esteroides para el dolor en el pecho y en las articulaciones. Cualquier esfuerzo físico la sigue dejando agotada.

“Siento que estoy viviendo en una pesadilla”, dijo Schiavo. “He llorado literalmente mientras digo ‘solo quiero volver a ser yo misma’”.

Long-Middleton, un triatleta, describe la enfermedad como “volátil”, con algunos días y horas aceptables. Tras un mes entero de estar extremadamente enfermo en cama, se siente mejor, pero sigue lidiando con síntomas persistentes, como debilidad profunda y lo que él denomina como una “sensación temblorosa/vibrante/hormigueante” que puede complicar el mero acto de caminar, ni hablar de volver a andar en bicicleta, nadar y correr.

“Estoy mejor, pero lo más complicado y confuso de esta situación es que no estoy bien”, dijo.

Fatiga debilitante

Antes de enfermarse, Diaz, la mujer de Washington D.C., dijo que trabajaba cinco días a la semana y corría todos los fines de semana. Es estricta con su dieta saludable.

Pero poco antes del 8 de abril, cuando el resultado de la prueba mostró que tenía el coronavirus, había sufrido síntomas como fatiga, irritación de la garganta, falta de apetito y congestión pulmonar leve, pero nunca había tenido la característica tos o fiebre de la enfermedad. Nunca ha sido hospitalizada. Su sentido del gusto y olfato han regresado parcialmente. Se ha hecho pruebas de gripe e infecciones, y también de enfermedades menos comunes que podrían haber causado este conjunto de síntomas, pero todos los resultados han dado negativo.

Por descarte, su especialista ha llegado a la conclusión de que Diaz tiene una clase persistente de COVID-19.

“La única conclusión es que esto tiene que estar relacionado con el hecho de que la paciente tenga COVID-19”, afirmó Ranit Mishori, profesora de medicina familiar en la Escuela de Medicina de la Universidad de Georgetown, y médico de Diaz. Habló en términos generales para evitar violar la privacidad del paciente.

Mishori afirmó haber visto un puñado de pacientes con síntomas similares que han persistido desde el inicio de la epidemia. “Es increíblemente frustrante para los pacientes y para los médicos que los atienden”, afirmó. Algunos pacientes experimentan síntomas rotativos: fatiga una semana, dolor de cabeza la siguiente, irritación de garganta la semana después. “Cambia y perdura”, dijo Mishori, pero por lo general no empeoran.

“No puedo decirles que no tendrán nada la próxima semana”, afirmó. “O que va a durar de ocho a diez semanas. O que va a desaparecer”.

El 1 de mayo, Diaz dio positivo nuevamente para el coronavirus, aunque los médicos le dijeron que lo más probable es que la prueba solo haya detectado rastros del virus muerto. Sin embargo, su irritación de garganta persiste, y la enfermedad le ha causado una gran ansiedad. Ha estado con permiso administrativo de su trabajo desde el 3 de abril, y está frustrada y molesta.

Hasta esta semana —un poco más de dos meses desde el inicio de su enfermedad— Diaz finalmente empezó a sentir que empezaba a mejorar, aunque sigue teniendo un persistente dolor de garganta, congestión y una reducción drástica de su resistencia.

“Yo soy la que arregla los problemas. Me ocupo de todo”, dijo. “Atiendo mi hogar. Si me pasa algo que no puedo arreglar, me apago. Siento que ya no tengo el control”.

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