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Las banderas rojas de Colombia

Sandra Milena Forero, 35, limpiaba casas para ganar dinero. Luego,el cierre de emergencia llegó a Florencia, Colombia. Ahora, Sandra no tiene forma de alimentar a su familia. Su andrajosa bandera roja es una llamada de auxilio. (Andrés Cardona)
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Cuando el suministro de alimentos en el albergue comunitario se redujo a un mero paquete de acelga, Robinson Álvarez Monroy salió de la casa y colgó un pañuelo rojo afuera.

Hace 11 años, su madre había fundado ese albergue en Florencia, Colombia, para alojar a las personas incapaces de reunir el dinero para al menos conseguir una casita en un barrio de la ciudad amazónica. Muchos estaban huyendo de la violencia creada por la extensa guerra civil del país.

Edith Monroy bautizó a la modesta casa, con sus paredes de ladrillos adornadas con imágenes de Jesús, María y otros santos católicos, como “Una luz al final del túnel”. Pero en la actualidad, madre e hijo no tienen nada para alimentar a las 35 personas que se están quedando allí. Álvarez volteó a ver a Monroy: “Necesitamos ayuda, de inmediato”.

Los vecinos de Villa Susana, municipio de Florencia, demandan más ayuda. (Andrés Cardona)
Robinson Álvarez Monroy trabaja con su madre en el albergue "Una luz al final del túnel", en Villa Real, Florencia. El espacio alberga y alimenta a los más necesitados sin ayuda del gobierno. (Andrés Cardona)

Por toda Colombia, la bandera roja —o bufanda, pañuelo, toalla o camiseta— ha pasado a simbolizar una necesidad urgente de ayuda. Es un grito de auxilio. En “Una luz al final del túnel”, el pañuelo ha estado ondeando por más de un mes.

“Tenemos que asegurarnos de que el mundo sepa que existimos”, dijo Álvarez, de 31 años, durante una videollamada realizada desde el albergue en el barrio Villa Real de Florencia. “No tenemos nada para comer. Dependemos de las personas de buen corazón que pasan y ven las banderas. Así es como saben que tenemos hambre”.

Por todas las barriadas de Florencia, cientos de casas de madera ahora ondean banderas rojas.

Hasta el 12 de mayo, Colombia había reportado más de 12,000 casos de coronavirus y 493 fallecidos, una cifra mucho menor a las de sus vecinos Perú, Ecuador y Brasil. La ciudad sureña de Florencia, un santuario para refugiados durante la guerra civil, ha sido perdonada hasta el momento por los peores aspectos de la enfermedad. Sin embargo, las cuarentenas han destruido la frágil economía de la región y a los trabajadores informales que deben trabajar para poder comer.

Hace nueve años, Adriana María Moreno llegó a Florencia con su esposo y dos niños para escapar de la guerrilla Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Su esposo, un exsoldado, temía por su vida.

Adriana María Moreno, 35, vive con su familia en Villa Susana. Llegaron a Florencia hace nueve años tratando de escapar la violencia de la larga guerra civil colombiana. (Andrés Cardona)

Moreno trabajaba como manicurista. Su esposo conducía un taxi. Pero entonces, el presidente Iván Duque declaró estado de emergencia, imponiendo cuarentenas por el coronavirus. La pareja ya no pudo trabajar más, y la familia se quedó sin comida. Desde entonces, han estado dependiendo de la generosidad de otros. Incluso con la bandera roja colgando fuera de su casa, dijo Moreno, no ha recibido ninguna ayuda del gobierno local.

“Comemos solo dos veces al día. Mañana, mi madre va a enviarme algunos huevos”, dijo Moreno. “Después de eso, no tengo idea de qué voy a hacer”.

El gobierno local ha distribuido alrededor de 15,000 bolsas de mercado a las familias más pobres de Florencia, de acuerdo con el alcalde Luis Antonio Ruiz, quien afirmó que el esfuerzo no es suficiente. “No podemos atenderlos a todos sin el apoyo del gobierno central”, dijo. “No podemos pedirle a las personas que se queden en sus casas cuando tienen hambre”.

Recientemente, alrededor de 150 personas protestaron con banderas y máscaras rojas para exigir más ayuda. El gobierno local y la Iglesia han unido esfuerzos mientras esperan que el gobierno nacional responda. La gente en los barrios afirma que la ayuda viene de aquellos que ven las banderas y se detienen a darles alimentos.

Claudia Cubillos vive con su esposo y tres hijos en el vecindario de El Castillo, en Florencia. Ya que no pueden trabajar, la familia se ha quedado sin comida. (Andrés Cardona)
Isilda Naranjo, 73, no ha podido realizar su trabajo como vendedora ambulante. (Andrés Cardona)
Luis Libardo Rojas, quien vive en un apartamento pequeño en la urbanización La Gloria, en Florencia, camina con su bandera. (Andrés Cardona)
TOP: Claudia Cubillos vive con su esposo y tres hijos en el vecindario de El Castillo, en Florencia. Ya que no pueden trabajar, la familia se ha quedado sin comida. (Andrés Cardona) BOTTOM LEFT: Isilda Naranjo, 73, no ha podido realizar su trabajo como vendedora ambulante. (Andrés Cardona) BOTTOM RIGHT: Luis Libardo Rojas, quien vive en un apartamento pequeño en la urbanización La Gloria, en Florencia, camina con su bandera. (Andrés Cardona)

Sandra Forero, una madre soltera de 35 años con tres niños, se mudó a Florencia hace cinco años para escapar de las FARC. Trabajó limpiando casas y planchando ropa de familias adineradas. Luego llegó el coronavirus. Ahora, dijo, está estancada y con hambre.

“Una mujer buena vio la bandera y me dio atún y plátano”, afirmó. “También algunos huevos. Eso es lo que tenemos”.

Forero vive en una pequeña casa de madera en lo alto de un cerro. Cocina con fuego en un horno improvisado construido con piedras. Todo lo que prepara, dijo, va para sus hijos. Por las noches, se sienta fuera de su casa, mira las luces distantes de la ciudad y piensa en lo rápido que cambió su realidad.

“A menudo pienso en mis niños”, dijo. “Es triste saber que tus hijos se van a ir a dormir con solo un pedazo de pan en el estómago que alguien más te regaló por caridad”.

“El hambre es como la tristeza. Duele”.

Edición de fotografía de Chloe Coleman. Diseño de J.C. Reed. Edición de estilo de Ryan Romano.

Nancy, Ramiro y su hijo, Elkin Motto, miran televisión en su sala. Su bandera roja es una camiseta. (Andrés Cardona)

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