Jamal Coates , miembro del equipo de baloncesto de Hoops Sagrado, busca tocar el aro en Pachaj. (Bryan Weaver)

Antes de su viaje a Guatemala, Carlos Espinosa y Johanna Ayala nunca habían viajado fuera del área de Washington. Ni siquiera habían puesto pie en un avión. Aunque el viaje al país centroamericano no fue con motivo de vacacionar, para los dos estudiantes fue una experiencia inolvidable. Durante su estadía compartieron su amor por el baloncesto a través del programa Hoops Sagrado Basquetbol.

Cada verano Hoops Sagrado, una organización de liderazgo juvenil con sede en Washington, selecciona unos 20 niños del área metropolitana de Washington para llevarlos a pasar tres semanas en Quetzaltenango, una ciudad en el altiplano de Guatemala. Donaciones cubren el costo del viaje. En Quetzaltenango, conocida también como Xela, los estudiantes dirigen campamentos de básquetbol para los niños mayas que viven en cuatro aldeas cercanas a la ciudad.

Cuando los estudiantes de Hoops Sagrado no están enseñando o jugando al baloncesto, asisten a clases de español o Quiché (el dialecto Maya), visitan casas de artesanos mayas y hacen viajes a las ruinas arqueológicas.


El equipo 2014 de Hoops Sagrado Basquetbol posa en Washington antes de ir a Guatemala . Los adolescentes pasan tres semanas en Guatemala compartiendo su amor al baloncesto a niños de quinto y sexto grado. (Jason Dixson)

Unas pelotas de básquet desinfladas para llevar a Guatemala. (Bryan Weaver)
El equipo

No todos los niños que aplican para ser parte del equipo Hoops Sagrado califican para ir a Guatemala. Los seleccionados son adolescentes de entre 13 y 17 años de edad que para calificar tuvieron que llenar una solicitud, escribir un ensayo e ir a una entrevista. Generalmente sólo la mitad de los candidatos — la mayoría con experiencia jugando básquet — son aceptados.

Johanna, de 15 años, estaba en su clase de matemáticas en la escuela E.L. Hayes en Washington cuando recibió un correo electrónico con la buena noticia de su participación en el programa.

“¡Sí!” gritó al leerlo y todos los ojos del salón se volvieron hacia ella. Carlos, de 14 años, quien asiste a la escuela privada Chelsea, en Hyattsville, también se emocionó mucho al saber que había sido aceptado.

“Es fascinante que alguien como yo, a mi corta edad, puede ayudar a otros niños pequeños a través de un deporte que amamos”, dijo Carlos.

Los niños mayas que asisten a los campamentos de baloncesto están en quinto y sexto grado. Para muchos de ellos la educación pública termina después del sexto grado ya que muchos padres ya no pueden seguir pagando las matrículas escolares. Después del sexto la expectativa es que los niños trabajen para ayudar a sus familias.

“Para la mayoría de [los campistas], esto es algo grande”, según cuenta el fundador de Hoops Sagrado, Bryan Weaver. “Es la última cosa grandiosa para ellos” antes de tener que buscarse un trabajo.


Johanna Ayala (izquierda) y Jioni Tuck (derecha), reciben una clase de Quiché de la maestra Yanira Yaxon. (Bryan Weaver)
Un hogar lejos de casa

Carlos y Johanna estaban muy emocionados de viajar a Guatemala aunque también estaban un poco nerviosos. Durante sus semanas en Guatemala se hospedaron con familias guatemaltecas.

“Tenía miedo, porque iba a estar con personas que realmente no conozco”, recuerda Johanna.

Además la vida en Xela es muy diferente que en Washington. La mayoría de las personas sólo hablan español o quiché. Las mujeres y niñas mayas usan blusas y faldas largas hechas de tejidos muy coloridos — estos atuendos son conocidos como trajes típicos. La comida es tradicional maya, e incluye platillos de pollo, verduras, arroz y tortillas de maíz hechas en casa.

Los nervios de Carlos y Johanna desaparecieron en cuanto conocieron a sus familias anfitrionas.

Johanna cuenta que su mamá anfitriona, Marina era “muy graciosa”. A Johanna le encantó mucho la comida de mamá Marina, quien acostumbraba llenar su plato de comida aun después de que Johanna estuviera llena.

La familia anfitriona de Carlos vivía en la misma calle de mamá Marina. “Yo y mamá Carmen tuvimos una conexión instantánea”, recuerda Carlos.

Ayudó mucho que Carlos y Johanna hablan español: sus padres son de El Salvador, otro país centroamericano que tiene frontera con Guatemala. Pero todo el equipo Hoops Sagrado se adaptó rápidamente a la rutina diaria.


Niños en la aldea Chirijquiac practican básquetbol con la ayuda de Ronnie Charles, en camisa roja, y Demani Wallace, en camisa negra. (Bryan Weaver)

Algunos niños guatemalicos necesitan encontrar trabajo después de sexto grado porque sus padres ya no pueden pagar las cuotas escolares. El campamento Hoops Sagrado es la “última cosa grandiosa” para ellos antes de tener que trabajar. (Bryan Weaver)
Los campamentos

Cada mañana, los estudiantes desayunaban con sus familias anfitrionas antes de caminar a un café local donde se reunían con sus maestros de español y quiché. Por la tarde, tomaban un autobús a las aldeas de Pachaj, Xejuyup, Chirijiquiac y Chuisuic.

Cada campamentos tenía 10 niños y 10 niñas.

“Los niños estaban tan felices de vernos”, dijo Carlos. “Ellos querían autógrafos, abrazos y besos en las mejillas”.

Johanna recibió una bienvenida igualmente cálida. “Me tuvieron confianza tan rápido, y nos trataron como gente realmente importante”, dijo.

Cada día, Carlos, Johanna y sus compañeros entrenaban a los participantes en diferentes técnicas del baloncesto como hacer pases con la pelota, tiros al aro y contraataque. Comunicarse era un reto diario debido a que la mayoría de los visitantes sólo hablaban inglés y los campistas sólo hablaban español o quiché.

Muchas veces los niños de Washington hacían gestos y demostraciones para que los participantes luego los imitaran. Otras veces se comunicaban a través de imágenes. Los más valientes se atrevían a hablar frases en español que habían aprendido en la clase de la mañana. Johanna y Carlos ayudaron a traducir para sus compañeros de equipo.

Después de dos semanas y media de entrenamientos (y de establecer nuevas amistades) el campamento culminó con un torneo entre las cuatro aldeas. Los niños jugaron muy bien. Querían impresionar a sus maestros pero al final solo un equipo de niños y otro de niñas serían ganadores. Los niños y niñas de la Aldea de Pachaj, que eran parte del grupo de Johanna fueron al final los campeones.

“Pachaj no había ganado un campeonato en los últimos cinco años”, recordó Johanna. Los niños gritaban y saltaban de alegría en la cancha.

Después del torneo los jóvenes instructores y los campistas intercambiaron abrazos y entre lagrimas se dijeron adiós. Fue entonces que Carlos y Johanna decidieron que querían regresar el próximo verano.

“Mis campistas dijeron que sintieron como si yo fuera familia”, dijo Johanna. “Eso me hizo sentir muy bien.” Los niños mayores le dijeron que incluso si estuvieran trabajando el próximo verano, iban a venir y visitarla en la cancha de baloncesto.

Carlos dice que al volver tendría un objetivo: “Quiero ver lo mucho que los niños mejoraron”, dijo. “Porque me dijeron que el próximo año van a ganar el torneo “.

Por su parte Johanna, acepta el reto: “¡Dale!”

— Translated by Luz Lazo

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