Amigos y familiares cargan el féretro de Gerald Vasquez, un estudiante de la Universidad Nacional Autónoma que murió el sábado durante enfrentamientos con la policía y fuerzas paramilitares en Managua. (AFP/Getty Images)

Dánae Vílchez is a Nicaraguan journalist based in Managua covering human rights and politics.

MANAGUA — Hace 39 años el pueblo de Nicaragua celebraba el triunfo de la revolución popular sandinista, la gesta heroica que derrocó al sanguinario dictador Anastasio Somoza y que contó con el apoyo de la comunidad internacional.

Hoy los nicaragüenses viven secuestrados una vez más por una dictadura, pero esta vez luchan sin armas contra un despótico gobernante: Daniel Ortega, el otrora líder sandinista que ha traicionado los ideales y aspiraciones de esa revolución y que en los últimos tres meses ha demostrado que se impondrá por las armas y la sangre.

Tengo 25 años y mi generación creció escuchando las hazañas de un pueblo heroico que derrocó a una dictadura que asesinaba a jóvenes por pensar distinto. Nunca pensamos que esas historias se repetirían y que nuestros amigos morirían por participar en protestas pacíficas.

Ortega masacra a un pueblo que se defiende sin armas y que lucha por la democracia y la justicia. Hoy Ortega, en el acto de conmemoración de esa revolución triunfante del año 1979, se auto ungirá como el “liberador” de Nicaragua.

No, señor Ortega, usted no ha liberado al pueblo, el pueblo se liberará de usted, porque quienes luchan ahora en las calles son los estudiantes, los obreros y los campesinos hartos de la corrupción desatada de su régimen.

Ya van 90 días de protesta cívica y los nicaragüenses estamos ahora más que nunca claros: la salida de Ortega se vislumbra como la única vía para salvar el país. Ortega, desde que asumió su tercer mandato en 2007 (fue también presidente en los años 80) urdió un proceso de destrucción de la institucionalidad, llegando incluso a imponer a su esposa, Rosario Murillo, como vicepresidenta.

Ahora Ortega, con su continua represión, también ha dejado claro que no tiene intenciones de respetar la voluntad del pueblo y salir del poder, al menos por la vía pacífica.

Los recientes ataques a Masaya, Granada, Chontales, y a la Universidad Nacional Autónoma, UNAN-MANAGUA, demuestran que no tiene intenciones ni de dialogar, ni de negociar acuerdos con la OEA para elecciones adelantadas.

Así como la OEA condenó al gobierno de Somoza en 1979, ayer esa misma organización condenó la represión estatal, aún a pesar del cinismo con el que el canciller de Nicaragua, Denis Moncada, ha llegado a las sesiones a defender el actuar de su gobierno.

La mayoría de los países de América Latina respaldan a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en su trabajo profesional en Nicaragua, y se mantienen alertas ante los crímenes que se están cometiendo en el país. Por su parte Moncada ha llegado a decir que Paulo Abrao, secretario ejecutivo de la CIDH, carece de “objetividad” y ha rechazado los hallazgos de la investigación. Además que ha dicho que la OEA apoya a los “golpistas”.

La CIDH ha denunciado que el gobierno de Nicaragua ha hecho excesivo uso de la fuerza y ha empleado a grupos paramilitares, además de criminalizar la protesta, deteniendo ilegalmente a cientos de ciudadanos.

Los organismos internacionales deben entender que el reino del terror que ahora vive Nicaragua debe ser enfrentado con menos comunicados y más acciones concretas. La comunidad internacional debe presionar a Ortega para que deje de asesinar, abandone el poder y abra el paso a la democracia. Estando aquí en el país entendemos que lo que los agentes de Ortega llegan a hacer afuera son tácticas dilatorias, mientras arrasan con la resistencia ciudadana en el territorio.

Cada día que pasa en Nicaragua hay un nuevo muerto, un nuevo desaparecido, un nuevo torturado, un nuevo ataque. A 39 años de la revolución sandinista, ahora el gobierno de Ortega recrea las matanzas de Somoza, atacando a civiles con paramilitares apertrechados con armas de guerra. El saldo de muertos ya excede los 300, de acuerdo con los reportes de la CIDH.

Los nicaragüenses ya han resistido en el pasado y lo seguirán haciendo .“Vamos a volver y esta vez más fuertes”, me dice una estudiante de la UNAN-MANAGUA que sobrevivió al ataque del 13 de julio. “Esto es Nicaragua, la lucha no termina aquí”.

La comunidad internacional debe presionar sin medias tintas ni contradicciones. Ortega y su secuaces se escudan en una discurso progresista y de izquierda para cometer atropellos y crímenes de lesa humanidad.

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