Oswaldo Payá habla a sus partidarios en la casa de su tía Beba el 14 de mayo de 2002. "La liberación nace del alma, por un rayo que Dios da a los cubanos", dijo. "Este papelito, contiene la voluntad popular". (Jorge Uzon/AFP vía Getty Images)
Oswaldo Payá habla a sus partidarios en la casa de su tía Beba el 14 de mayo de 2002. "La liberación nace del alma, por un rayo que Dios da a los cubanos", dijo. "Este papelito, contiene la voluntad popular". (Jorge Uzon/AFP vía Getty Images)

Opinión ‘La liberación nace del alma’: la lucha de Oswaldo Payá por una Cuba libre

Justo antes de las 6:00 de la mañana del 22 de julio de 2012, Oswaldo Payá abrió la puerta de su casa en el barrio El Cerro, en La Habana, y salió hacia la calle oscura. Lo acompañaba su joven protegido, Harold Cepero. Ambos llevaban mochilas de mano.

Oswaldo, de 60 años, tenía cabello grueso y ondulado color carbón, con un remolino en su frente. Tenía marcadas ojeras y de vez en cuando aparecían arrugas de preocupación sobre sus cejas, pero sus ojos café eran nobles, comprensivos y pacientes. Por lo general se vestía de manera casual, con jeans y camisa de cuadros de manga corta, con el cuello abierto y los botones torcidos. De día era un ingeniero especializado en dispositivos médicos electrónicos y reparaba equipos vitales en los hospitales de La Habana. Pero su gran pasión era cambiar a Cuba. Deseaba desatar una sociedad de personas libres con derechos irrestrictos a expresarse y actuar como quisieran. A esto lo llamaba “liberación”.

Read in English: ‘Liberation is born from the soul’: Oswaldo Payá’s struggle for a free Cuba

Él y Cepero pasaron frente a silenciosas casas mientras perros y gallos merodeaban detrás de puertas y cercas. Oswaldo inspeccionó con cautela el entorno, en busca de autos escondidos en las sombras. Durante muchos años, la seguridad del Estado de Fidel Castro había apostado vehículos de vigilancia en un parque cercano y le había pagado a residentes de casas aledañas para que proporcionaran información sobre él. Oswaldo esperaba que la oscuridad cubriera su partida y les diera una ventaja inicial en esta peligrosa misión.

Oswaldo se dirigía a Santiago de Cuba, a 870 kilómetros al este, para capacitar a jóvenes activistas y organizar comités locales para el Movimiento Cristiano Liberación, el movimiento democrático que había fundado en 1988. Lo inició junto a amigos en la iglesia parroquial a la que cuatro generaciones de su familia habían anclado su fe católica. El movimiento había crecido a más de 1,000 miembros en toda la isla. Era un grupo cívico, político y sin denominación, pero impulsado por los valores de la democracia cristiana que se había enfrentado al fascismo y al comunismo en el siglo XX. Oswaldo, al construir este movimiento, se había convertido en una de las voces líderes de la oposición a la dictadura de Castro.

Un Hyundai Accent azul se detuvo junto a la acera. Oswaldo recitó en voz baja una breve oración antes de subirse al asiento trasero del lado del conductor; Cepero también se montó atrás, del lado del copiloto.

Al frente iban dos extranjeros. Habían ido a Cuba expresamente para ayudar a Oswaldo, y rentaron el Hyundai azul para poderlo trasladar a diferentes lugares y evadir la seguridad del Estado. El conductor, Ángel Carromero, de 26 años, dirigía la organización juvenil del gobernante Partido Popular en Madrid. A su lado estaba Aron Modig, de 27 años, quien lideraba la organización juvenil de los Demócratas Cristianos de Suecia, en Estocolmo.

Oswaldo le dio instrucciones a Carromero para salir de La Habana. Mientras salía el sol, conversó con los visitantes sobre recuerdos y esperanzas reprimidas, una vida repleta de visiones perseguidas pero nunca realmente concretadas.

Oswaldo recordó cómo había creado el Proyecto Varela en 1998, el cual desafió la dictadura de Castro con una petición ciudadana a nivel nacional y sin precedentes por la democracia. El proyecto llevaba el nombre de Félix Varela, un sacerdote y filósofo del siglo XIX que llegó a ser el educador más ilustre de Cuba. Oswaldo explico cómo lograron recolectar firmas con tenacidad, puerta por puerta, y luego sorprendieron a Fidel y a la seguridad del Estado cuando introdujeron en la Asamblea Nacional 11,020 nombres en 2002 y 14,384 firmas adicionales al año siguiente. Más de 10,000 firmas extras seguían ocultas. Nada parecido había sucedido en la Cuba de Fidel.

Pero Oswaldo y su movimiento pagaron un costo elevado. Su actividad lo colocó en la mira de los Órganos de Seguridad del Estado (OSE) de Cuba, una dura Policía secreta capacitada en los métodos del Ministerio para la Seguridad del Estado de Alemania Oriental, la Stasi. En Cuba, la seguridad del Estado hostigaba e intimidaba a disidentes y figuras de la oposición mediante escuchas telefónicas, subversiones, amenazas, detenciones y miedo. Oswaldo llevó la peor parte durante años. Luego de presentar la primera ola de firmas del Proyecto Varela, la seguridad del Estado arrestó y encarceló a 75 activistas y periodistas independientes. Fueron sentenciados a largas penas de prisión por simplemente recolectar firmas. Oswaldo no fue arrestado, pero fue sometido a un tormento distinto: una guerra psicológica implacable, incluidas amenazas de muerte.

Esta es la historia de la lucha de un hombre contra un régimen totalitario. A lo largo de la volátil historia de Cuba, varias personas han alzado su voz para exigir el derecho a gobernarse libremente. Fueron soñadores que se atrevieron a desear más, cuyas visiones a menudo fueron interrumpidas, y cuya búsqueda de la libertad solían perder para luego ser resucitada de nuevo por una nueva generación. Oswaldo Payá heredó esos sueños y los convirtió en acciones con el Proyecto Varela. Sabía cómo se pisoteaban los derechos básicos en Cuba y se dispuso, contra casi todo en contra, a hacer algo al respecto.

Cuando un diplomático estadounidense visitó su casa en la Calle Peñón en 2006, Oswaldo fue insistente. “La gente no se está tomando suficientemente en serio la amenaza de que piensan liquidarme”, afirmó.

Oswaldo le confesó a un amigo: “Veo muy pocas posibilidades de salir de esto con vida”.

Cuando Fidel comandó una banda variopinta de rebeldes en las montañas de la Sierra Maestra a finales de la década de 1950, el guerrillero barbudo prometió crear una democracia para remplazar la brutal autocracia de Fulgencio Batista. “Luchamos por el hermoso ideal de una Cuba libre, democrática y justa. Queremos elecciones, pero con una condición: que sean elecciones verdaderamente libres, democráticas e imparciales”, sentenció. Sus manifiestos hablaban de “libertad” y “democracia”.

Una vez en el poder, Castro tomó un camino diferente. Con el respaldo de la Unión Soviética y la Stasi, construyó una dictadura basada en una ideología predominante, un partido único, una Policía secreta, el control total de las comunicaciones masivas, la eliminación de la sociedad civil y el poder de una despiadada policía de Estado. Sus ambiciones eran totalitarias: acorralar toda Cuba dentro de su revolución. Fidel lo dejó claro con su “dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”.

Con Fidel, todo era intensamente personal. Se estremecía ante la crítica, pues la percibía como deslealtad, y a la deslealtad la consideraba traición. Era impaciente e inclemente. No poseía ninguna de las habilidades importantes en una democracia, como la capacidad de aceptar la derrota o hacer concesiones, compartir el poder, o seguir reglas establecidas por otros. Su vida había sido una guerra constante, tanto de palabras como de balas. Uno de los comandantes de Castro durante la guerra de guerrillas, Huber Matos, un maestro de Manzanillo, había logrado valientemente introducir de contrabando un avión cargado de armas y municiones desde Costa Rica para el ejército rebelde. Tiempo después, con Fidel ya en el poder, Matos le dijo al líder cubano que estaba consternado por la creciente influencia del comunismo en la revolución. Castro lo hizo arrestar y lo sentenció a 20 años de prisión.

Oswaldo dedicó toda una vida a oponerse a la represión de Castro. Creía que los derechos de cada persona eran otorgados por Dios y el Estado no podía quitárselos. Durante la mayor parte de su vida esos derechos fueron robados, mancillados y negados en Cuba. Incluso algo tan inocente como colgar un cartel que dijera “Feliz Navidad” en el campanario de su iglesia era considerado subversivo. Desafiante, Oswaldo colgó el cartel de todos modos. Nunca vivió en un estado de libertad, pero la libertad vivía en su mente e impulsaba su lucha por ella.

Oswaldo nació en 1952. De niño fue testigo de la incautación del negocio de su padre cuando la revolución de Castro confiscó empresas privadas en 1965. De adolescente protestó por el aplastamiento de la Primavera de Praga en 1968 por parte de los tanques soviéticos y fue enviado a los campos de trabajos forzados de Castro. Posteriormente, Oswaldo le exigió a los líderes de la Iglesia católica en Cuba que se expresaran en defensa de los derechos humanos y la democracia; pero debilitados por décadas de represión, eligieron la reconciliación en lugar de la confrontación. Cuando Oswaldo publicó un boletín popular en el que exigía derechos básicos, el arzobispo de La Habana insistió en que se detuviera. No lo hizo. Para la década de 1990, cuando el colapso de la Unión Soviética sumió a los cubanos en la desesperación económica, Oswaldo se había convertido en un notorio defensor de la democracia y los derechos humanos fundamentales.

A principios de la década de 1990, mientras miles de cubanos se lanzaban al mar abierto en frágiles balsas para escapar, Oswaldo buscaba formas de movilizar a la gente para oponerse a la dictadura. Admiraba a Lech Walesa, líder de la federación sindical polaca Solidaridad, y en 1990 propuso un “diálogo nacional” y una “mesa redonda” similar a las que se organizaron en Polonia para acabar con el régimen comunista. Pero no tenía medios de comunicación pública: ni internet, ni acceso a radio, televisión o periódicos. Su propuesta fue recibida con un silencio sepulcral por parte del gobierno.

Sin embargo, Oswaldo estaba al tanto de una disposición de la Constitución de Cuba ignorada durante mucho tiempo, según la cual la ciudadanía podía iniciar una legislación a través de una petición que requería 10,000 firmas. Tras pensar en diferentes opciones durante muchos años, Oswaldo buscó generar el cambio utilizando al sistema contra sí mismo. La Constitución y la iniciativa ciudadana serían sus herramientas.

A Oswaldo le había afectado profundamente la masacre de la plaza de Tiananmén en China. Quería un cambio pacífico, pero entendía que existía el riesgo de que pudiera estallar la violencia. “No creemos que un proceso verdaderamente liberador implique derramamiento de sangre”, afirmó.

En 1991, comenzó a recolectar firmas para una propuesta imprecisa: legislación para un referéndum, un diálogo nacional y un cambio democrático. El 11 de julio, esbirros respaldados por el gobierno saquearon su casa y pintaron grafitis en las paredes exteriores: “Payá gusano”, “Agente de la CIA”, y “Viva Fidel”. Oswaldo se recuperó del incidente y lo intentó de nuevo, esta vez con un extenso “programa de transición”, una detallada hoja de ruta hacia la democracia que constaba de 46 páginas y nueve capítulos. En 1995 se unió a otros para formar un grupo coordinador de la sociedad civil, llamado Concilio Cubano. Las OSE de Castro persiguieron a los líderes y clausuraron la organización.

Oswaldo aprendió del ensayo y error. Entendió que sus documentos previos habían sido demasiado extensos. Necesitaba simplificar, ser más un predicador con un sermón que un ingeniero eléctrico con un diagrama complicado.

Su siguiente plan, mucho más simplificado, fue el Proyecto Varela. Le solicitaba a la parcializada Asamblea Nacional someter a referéndum popular cinco propuestas básicas: libertad de asociación, prensa y expresión; amnistía para los presos políticos; el derecho a la empresa privada; una nueva ley electoral para tener elecciones genuinamente libres; y la celebración de nuevas elecciones tras el referéndum. La petición se imprimió en una sola hoja de papel doblada por la mitad, con espacio para 10 firmas, direcciones y números de identificación. Oswaldo quería que la gente se sacudiera el miedo y diera un paso al frente para ser contada.

En enero de 1998, la visita del papa Juan Pablo II electrizó la isla. Cuando el papa celebró una misa de clausura, la plaza se inundó de gritos espontáneos de “¡Libertad!”. Oswaldo y su esposa, Ofelia, estuvieron allí con sus hijos, eufóricos. Días después, Oswaldo iniciaría el Proyecto Varela.

Fue difícil al principio. Oswaldo estuvo bajo constante vigilancia y presión de la seguridad del Estado. El régimen buscaba puntos débiles con la esperanza de infiltrarse en las reuniones, reclutar informantes y presionar a los miembros. Oswaldo estaba siempre atento ante posibles infiltrados. Tuvo que proceder con mucha cautela; ser astuto, escéptico y obstinado. Ricardo Zúñiga, funcionario del Servicio Exterior de Estados Unidos que sirvió en La Habana y conoció a Oswaldo durante este período, recordó que la seguridad del Estado era un adversario formidable. “Tenían múltiples herramientas para atacarte: disuadirte, convencerte, presentarse en tu trabajo, acosar a tus hijos. No iban a matarte, solo a hacerte la vida imposible”. La seguridad del Estado, por lo general, asignaba un oficial a cada objetivo de represión. En el caso de Oswaldo y el movimiento, fue un hombre llamado “Edgar”.

Henrik Ehrenberg, un activista sueco por la democracia que visitaba a Oswaldo con frecuencia en esos años, recuerda: “Cada reunión significaba un riesgo. En ocasiones, la seguridad del Estado estaba un paso por delante de nosotros. Se enteraban de que Oswaldo iba a ir a algún lado y se presentaban allí el día anterior, amenazando a la gente para que no fuera”. Oswaldo tomaba acciones evasivas, posponía reuniones, le advertía a su gente para que no se metieran en problemas. Se reunía con ellos en habitaciones con las persianas cerradas. Les daba instrucciones sobre cómo evitar que la seguridad del Estado confiscara las peticiones, y sobre cómo proteger a las personas que las distribuían. Les recordaba que la recolección de firmas era legal según la Constitución, pero que también se estaban enfrentando a Fidel. “Esto es real”, solía decirle Oswaldo a grupos pequeños, y les describía con seriedad los peligros que se avecinaban.

Payá notó que estaba floreciendo un espíritu de resistencia en el verano de 1999. La visita del papa había animado a la gente a actuar por su cuenta. Las señales de una sociedad civil comenzaron a ser evidentes con el surgimiento de asociaciones de abogados, agricultores, economistas, ecologistas, maestros, bibliotecas independientes, organizaciones juveniles, familiares de presos políticos, y de ciegos o con discapacidades físicas. Estaban repartidas por todo el país, no solo en La Habana, y los participantes eran cada vez más diversos: jóvenes, mujeres, personas de color. En medio de toda esta actividad, Oswaldo necesitaba recolectar más firmas. El Proyecto Varela tenía cientos pero no miles.

A finales de 1999 se produjo un gran avance. La oposición cubana, dividida durante mucho tiempo, formó una nueva organización coordinadora llamada Todos Unidos. El documento fundacional, que Oswaldo ayudó a redactar, fue un llamado directo a los objetivos del Proyecto Varela. “Nosotros, el pueblo cubano, somos los protagonistas de nuestra historia”, declaró. “Somos nosotros quienes debemos crear todos estos espacios donde, como hombres y mujeres libres, podamos construir una sociedad mejor”. Oswaldo fue nombrado vocero, es decir, en esencia, el líder. En poco tiempo, los miembros de Todos Unidos se convirtieron en soldados del Proyecto Varela. En menos de dos años, había 100 grupos trabajando para recolectar firmas. Fue un extraño período de cohesión y objetivos comunes.

“En medio de esta experiencia”, recordó Oswaldo luego, “un día la seguridad del Estado me detuvo, me amenazó y me dijo que si la oposición en Cuba se unificaba, terminaría preso por muchos años. También me dijeron que Todos Unidos buscaba destruir la revolución y que no lo permitirían”. Oswaldo ya había sido amenazado con anterioridad. Sin embargo, esta vez tomó medidas especiales. Obtuvo la ayuda de una red clandestina de monjas, que ocultaban en los conventos las peticiones firmadas. Las peticiones se hacían en una fotocopiadora ruidosa instalada en la casa de la tía de Oswaldo, Beba, cerca de su casa en la calle Peñón. Cada petición tenía un número de serie único para su seguimiento. Cada página de 10 firmas era laboriosamente copiada y la original era resguardada por las monjas.

En las calles, la gente estaba sorprendentemente ansiosa por firmar, más de lo que Oswaldo había anticipado. Una partidaria ferviente, Fredesvinda Hernández, recolectó más de 1,000 firmas, lo que se cree fue la mayor cantidad recolectada por una sola persona.

Sin embargo, la seguridad del Estado no dejó de hostigar a los recolectores de firmas. Los amenazó con hacerles perder sus empleos, encarcelarlos o perjudicar a sus familias. Cientos de recolectores fueron arrestados en el año 2000; solo en diciembre detuvieron a 270. En un momento, la seguridad del Estado detuvo a José Daniel Ferrer, uno de los líderes del proyecto en Santiago de Cuba, y a cerca de una docena más. Fueron golpeados a un costado del camino, y les confiscaron cerca de 130 firmas. Durante semanas, agentes de seguridad del Estado con micrófonos y equipos de grabación siguieron a cada integrante del movimiento que entraba o salía de la casa de la Tía Beba. Sin embargo, el acoso no ralentizó nada. Las firmas llegaron por cientos y luego por miles.

Fue allí cuando la seguridad del Estado decidió adoptar una estrategia diferente. La Stasi le había enseñado a los OSE de Cuba una lección simple: en lugar de usar la fuerza bruta, los arrestos y la violencia, a menudo era mejor subvertir, manipular y paralizar en silencio desde adentro. La Stasi había creado un vasto cuerpo de informantes no oficiales en Alemania Oriental para infiltrarse en todos los rincones de la sociedad y hacer el trabajo sucio. En Cuba, los OSE perfeccionaron estos métodos. Sabían como infiltrarse, desacreditar y arruinar una organización.

Uno de los colaboradores cercanos de Oswaldo era Pedro Pablo Álvarez, un organizador sindical que había ayudado a incrementar la recolección de firmas buscándolas en pequeños pueblos fuera de La Habana, utilizando sus conexiones laborales. Un día, en la casa de Beba, Álvarez examinó detenidamente una petición del Proyecto Varela. Sabía por experiencia que todos los cubanos tenían un número de identificación nacional de 11 dígitos y una tarjeta de identificación. Cada dígito en el número individual tenía un significado específico. Uno de esos dígitos indicaba el sexo biológico de la persona: los hombres eran números pares, las mujeres impares. Álvarez se concentró en una firma en específico: Juana, nombre de mujer. Algo andaba mal. Juana tenía un número de hombre. Le llevó la página a Oswaldo. Comenzaron a revisar más peticiones.

Oswaldo sintió un vacío en el estomago. Cientos de firmas tenían números de identificación del género opuesto. Las firmas habían sido falsificadas. “Edgar” y sus colegas de la seguridad del Estado habían infectado el proyecto. Años de arduo trabajo podrían haberse arruinado. Resultó que en la prisa por recolectar firmas, los grupos afiliados a Todos Unidos se saltaron un paso de verificación. Las discrepancias no fueron solo errores, fue una campaña de subterfugios. El mero hecho de las falsificaciones le daría a Castro una excusa para descartar todo el proyecto con un chasquido de dedos.

Las falsificaciones fueron la peor pesadilla de Oswaldo. La seguridad del Estado estaba dentro de su red. Lanzó una campaña de emergencia para validar cada firma. Oswaldo seleccionó a unos 250 de los miembros más confiables de su movimiento en toda la isla y formó brigadas de verificación. Pueblo por pueblo, aldea por aldea, volvieron a chequear todas las firmas, direcciones y números de identificación; cada firma original fue verificada tres veces. El trabajo se hizo en secreto, para que la seguridad del Estado no supiera que su infiltración había sido descubierta.

La noche del 9 de mayo de 2002, el equipo de Oswaldo se reunió en casa de Beba. Había cajas de cartón apiladas contra una pared (estaban marcadas con la imagen de “Havana Club”, una famosa marca de ron cubano, pero contenían firmas traídas de los escondites de las monjas). Dos de las cajas estaban cubiertas por todos lados con papel blanco que decía “Proyecto Varela” en inglés y español. Tenían unas 11,020 firmas verificadas. En la Cuba de Fidel, eso era un logro asombroso.

Oswaldo estaba emocionado pero tenso, y trataba de evitar darle pistas a la seguridad del Estado de que algo estaba pasando. Eligió este momento con sumo cuidado. Si los OSE atacaban la casa de Beba, podrían confiscar las firmas y destruir el proyecto.

Oswaldo formó un círculo con ocho colaboradores cercanos. Mirando hacia el techo mientras hablaba, informó que las firmas serían entregadas a la Asamblea Nacional en pocos días, tras la llegada el 12 de mayo del expresidente estadounidense Jimmy Carter, para una visita de una semana. Habría una amplia cobertura internacional de la visita de Carter, la primera de un expresidente estadounidense desde que Fidel había asumido el poder. Era poco probable que Fidel quisiera arrestos o problemas mientras Carter estuviera en Cuba.

Cuando terminó de hablar, Oswaldo pasó en silencio una hoja de papel. Decía: “Mañana, 10:00 am”.

A la mañana siguiente, las dos cajas que contenían las peticiones firmadas fueron colocadas en el asiento trasero de un Chevrolet rojo de 1957. Oswaldo y su equipo se dirigieron a la Asamblea Nacional. Otros los siguieron en un pequeño Volkswagen para fungir como el equipo de observación. Su función era vigilar e informar al mundo en caso de que se dieran arrestos.

El Chevy salió a toda velocidad del vecindario, bajando por la inclinada calle Peñón. La seguridad del Estado fue tomada por sorpresa. Los agentes corrieron a sus autos y motos estacionadas, pero una falange de periodistas extranjeros los esperaban en la Asamblea Nacional —alertados por el equipo de Oswaldo— incluidos de CNN, Televisión Española, y reporteros de Associated Press y Reuters, así como otros que estaban allí para cubrir la inminente visita de Carter. Dos de los colaboradores más cercanos de Oswaldo, Regis Iglesias y Tony Díaz, tomaron cada uno una caja, mientras que Oswaldo llevó una alforja con una lista de todos los que habían firmado, una carta dirigida al presidente de la Asamblea Nacional y un comunicado de prensa. Regis levantó la mano desafiante, formando con el pulgar y el índice una “L” de “liberación”.

Mientras miraba a la multitud, Tony divisó a los agentes de seguridad del Estado bajarse de sus motocicletas y salir de sus autos. Pero estaban detrás del cordón de periodistas, por lo que no iban a poder llegar a tiempo para bloquear a Oswaldo, quien entró al edificio y entregó las firmas, tal como lo disponía la Constitución. Posteriormente, Oswaldo declaró a los reporteros: “Se ha abierto una nueva esperanza para los cubanos. Estamos pidiendo que se le dé voz al pueblo de Cuba”.

De repente, Julio Ruiz Pitaluga, del equipo de observación que vigilaba a la distancia, perdió la compostura. Durante 23 años había sido preso político de la Cuba de Castro. Abrumado por la emoción, corrió y abrazó a Oswaldo, Regis y Tony. “He esperado este día durante 42 años”, afirmó, con la voz quebrada.

El miedo había regido la vida de la gente en Cuba por décadas: miedo a la seguridad del Estado, a los informantes en cada cuadra, al castigo arbitrario por un simple comentario. El Proyecto Varela fue una estaca en el corazón de ese miedo. Fue un gesto poderoso, aunque la mayoría de las y los cubanos conocía muy poco al respecto, ya que el Proyecto Varela había sido ignorado por la prensa estatal. La semana siguiente, Carter, en un discurso televisado en vivo en la Universidad de La Habana, con Castro sentado directamente frente a él, respaldó la campaña de petición. Oswaldo convocó de inmediato una conferencia de prensa. “La liberación nace del alma, a través de un rayo que Dios le da a los cubanos”, declaró. Desafió al gobierno de Castro a que publicara el texto de la petición del Proyecto Varela. Sosteniéndolo frente a las cámaras de televisión, exclamó: “¡Miren qué corto es! Le tienen tanto miedo a esto. Este papelito contiene la voluntad popular”.

Oswaldo recibió el Premio Sájarov a la Libertad de Conciencia otorgado por el Parlamento Europeo en 2002. Pero a su regreso a Cuba, la seguridad del Estado tomó medidas enérgicas y arrestó a 75 activistas y periodistas. Durante este período, conocido como la “Primavera Negra”, Oswaldo no fue encarcelado, pero sí sufrió el tormento de las sentencias infligidas a sus amigos. Fueron liberados en 2010, tras la intervención de la Iglesia católica.

Una década más tarde, el 22 de julio de 2012, rumbo a Santiago de Cuba, todavía intentando movilizar a las personas en pro de la democracia, Oswaldo iba en el asiento trasero del Hyundai con Cepero, su protegido, mientras se adentraban en la zona rural de Cuba.

La larga charla de Oswaldo incluyó una descripción de las penurias cotidianas en la isla. La producción de azúcar y tabaco —que alguna vez fueron pilares de la economía— había caído por debajo de los niveles de la década de 1950. Para la mayoría de los 11 millones de habitantes de Cuba, las condiciones de vida eran atroces, los salarios eran miserables, y los alimentos y los bienes escaseaban.

Para entonces Fidel, con casi 86 años, le había cedido el poder a su hermano Raúl, quien flexibilizó levemente los controles de la economía pero mantuvo una línea dura contra la disidencia.

Tras varias horas de viaje, Carromero, el conductor, notó que un automóvil los seguía. Un Lada rojo, el auto cuadrado de la era soviética inspirado en el Fiat, los seguía a cierta distancia. La carretera estaba cada vez peor y Carromero bajó la velocidad. Carromero le mencionó el Lada rojo a Oswaldo, quien le dijo: “No les des ninguna razón para que nos detengan”. Carromero le preguntó a Oswaldo si era normal que los siguieran en una zona tan remota. “Sí”, respondió Oswaldo. Sin embargo, le pidió a Carromero que mantuviera la calma. Su tono fue tranquilizador. Le aseguró que la seguridad del Estado hacía esto a menudo solo para mostrar quién mandaba. Querían que todos vivieran con miedo.

El Lada rojo desapareció. El auto de Oswaldo se detuvo dos veces para cargar gasolina; en la segunda parada, compraron sándwiches. Un niño vendía CDs de música. Cepero compró dos: una compilación de los Beatles y otro de un artista cubano.

De regreso en la carretera, una brisa caliente se metió por las ventanillas del auto. Carromero introdujo el CD de los Beatles y subió el volumen. A Oswaldo le gustaba en especial el clásico tema “Oh! Darling” del disco Abbey Road. La música y el aire cálido arrullaron a Modig hasta que se durmió, mientras Oswaldo y Cepero cantaban a todo pulmón.

Entonces Carromero notó algo en el espejo retrovisor. Un segundo auto los seguía, más nuevo que el Lada rojo, y se estaba acercando persistentemente. Carromero vio a dos hombres en el auto. Oswaldo y Cepero también voltearon a ver. “Los comunistas”, dijo Cepero con tono de desprecio, refiriéndose a la seguridad del Estado. La matrícula del coche era azul, el color de los vehículos gubernamentales. Carromero preguntó qué debía hacer. Oswaldo volvió a decirle: “No les des ninguna razón para que nos detengan. Sigue andando”.

El auto se acercó. Carromero podía ver los ojos del conductor. Luego, el otro coche parecía que iba a adelantarse. Embistió al Hyundai. Carromero perdió el control. El choque nunca ha sido investigado de forma satisfactoria. Payá y Cepero fueron muertos ese día.

Oswaldo Payá luchó durante mucho tiempo por la democracia y el respeto de los derechos humanos fundamentales. No alcanzó sus sueños en vida; la dictadura de Castro sigue atrincherada. Sin embargo, un legado importante de la odisea de Oswaldo fue que poco a poco, con esmero, a pesar de los obstáculos, los cubanos comenzaron a alzar la voz contra el despotismo.

Y en una sofocante tarde de verano, se convirtieron en los protagonistas de su propia historia.

El 11 de julio de 2021, una multitud se reunió en San Antonio de los Baños, un pequeño pueblo al suroeste de La Habana. A través de sus cubrebocas pandémicos, corearon “¡Patria y Vida!”, el título de una canción de protesta muy popular que se había convertido en un himno del descontento, un juego de palabras del viejo grito de guerra de Fidel de “patria o muerte”. La letra de la nueva canción declara: “No más mentiras, mi pueblo pide libertad”. Mientras la multitud marchaba, estallaron más consignas: “¡Libertad! ¡Abajo la dictadura! ¡No tenemos miedo!”.

Un video en Facebook sobre la protesta se hizo viral, lo que provocó la manifestación antigubernamental espontánea más grande desde que Fidel asumió el poder en 1959. Al final, más de 100,000 personas en 30 ciudades y pueblos expresaron su ira por la precaria atención médica, los apagones de electricidad, el hambre y el autoritarismo político del régimen. Repentino y masivo, el torrente de descontento fue una demostración auténtica de indignación popular, una casi totalmente pacífica.

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En respuesta a las protestas, la seguridad del Estado envió esbirros vestidos de civiles para golpear a los manifestantes con barras de metal. Un manifestante fue asesinado. Más de 1,300 personas fueron detenidas, entre ellas adolescentes. Muchos denunciaron abusos físicos tras haber sido arrestados, como por ejemplo palizas propinadas con porras en la cárcel. La mayoría lo único que había hecho era gritar “¡Libertad!”.

Como bien sabía Oswaldo, el cambio es difícil. Un Estado totalitario no va simplemente a estremecerse y desvanecerse. El régimen cubano aún comanda un Ejército y unas enormes fuerzas de seguridad; controla las ondas de radio, la frontera y la economía, y tiene monopolizada la política. Sin embargo, Oswaldo Payá demostró —y los acontecimientos del 11 de julio de 2021 lo confirmaron— que ningún Estado, por muy dictatorial que sea, puede encarcelar una idea para siempre. La odisea por la libertad corre libre.

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