En su casa, en la ladera brumosa de la montaña más alta de Costa Rica, Dario Angulo guarda un conjunto de fotografías de los años en que cuidó las calles onduladas y los espacios verdes de un lejano complejo de golf estadounidense.

Angulo aprendió a conducir retroexcavadoras y excavadoras, abrirse camino entre obstáculos de agua y quitar los tees de antiguas praderas de caballos en Bedminster, N. J., donde un famoso neoyorquino construía un campo de clase mundial. Angulo ganaba 8 dólares por hora; una fracción de lo que ganaría un operador de equipos pesados con licencia estatal, sin beneficios ni horas extras. Sin embargo, permaneció siete años en el equipo de jardinería, ahorrando lo suficiente para una pequeña porción de tierra y algo de ganado de regreso a casa.

Ahora, el hombre de 34 años vive con su esposa e hijas en una sólida vivienda construida “con dinero de Trump,” según sus propias palabras, con un porche para ver las puestas de sol.

La historia se repite en esta pequeña ciudad.

Otros exempleados de la compañía del presidente Trump viven cerca: hombres que una vez rastrillaron trampas de arena y empujaron podadoras en el preciado campo de golf de Trump, la “Casa Blanca estival,” como la han llamado sus ayudantes, donde se casó su hija Ivanka, y donde desea construir un cementerio familiar.

“Muchos le ayudamos en lo que el tiene hoy,” expresó Angulo. “El campo de golf fue construido por ilegales.”


Darío Angulo en el Club de Golf Nacional de Trump en Bedminster. (Carolyn Van Houten/The Washington Post)

Darío Angulo con su ganado en Santa Teresa de Cajón. (Carolyn Van Houten/The Washington Post)

El Washington Post habló con 16 hombres y mujeres de Costa Rica y otros países de América Latina, incluidos seis de Santa Teresa de Cajón, quienes manifestaron ser empleados en el Club Nacional de Golf de Bedminster. Todos manifestaron que trabajaron para Trump en situación ilegal, y que sus jefes lo sabían.

Los exempleados que aún viven en Nueva Jersey proporcionaron comprobantes de pago que documentaban su trabajo en el club Bedminster. Identificaron a amigos y familiares en Costa Rica que también trabajaban en el campo. En Costa Rica, The Post ubicó a extrabajadores de dos regiones que proporcionaron informes detallados de su tiempo en la propiedad de Bedminster y compartieron algunos recuerdos, como los tees de golf de la marca Trump, así como fotos de ellos mismos en el club.

Las casas pintadas en tonos alegres que bordean la carretera de Santa Teresa de Cajón, muchas de las cuales se pagaron con el salario ganado a 4,000 millas de distancia, son el fruto de un largo camino de trabajadores ilegales al campo del presidente, un camino por el que se escabulleron mucho más que unos pocos empleados no autorizados.

Poco después de que Trump comenzara la construcción en Bedminster en 2002 con una pala dorada, la aldea surgió como una fuente de mano de obra mal remunerada para el club privado, que cobra decenas de miles de dólares por hacerse socio. A lo largo de los años, docenas de trabajadores de Costa Rica se dirigieron al norte para ocupar puestos de trabajo como cuidadores, amas de llaves y lavaplatos en Bedminster, expresaron exempleados. El club contrató a otras personas de El Salvador, México y Guatemala que hablaron con The Post. Muchos terminaron en el barrio de obreros de Bound Brook, en Nueva Jersey, y que antes del amanecer se amontonaban en camionetas para dirigirse al campo de golf cada mañana.

Sus descripciones de la larga dependencia de Bedminster en trabajadores ilegales se ven reforzadas por un informe policial recientemente obtenido que muestra que, en 2011, el jefe de seguridad del club recibió información sobre un empleado sospechado de usar documentos de identificación falsos; la primera documentación conocida de una advertencia a la Organización Trump sobre la situación legal de un trabajador.

Otros supervisores recibieron advertencias similares a lo largo de los años, incluido el gerente general de Bedminster, a quien una trabajadora de Ecuador le dijo hace varios años que había ingresado al país de manera ilegal.

Eric Trump, uno de los hijos del presidente que dirige la Organización Trump junto a su hermano Donald Trump Jr., se negó a realizar comentarios sobre los testimonios de los extrabajadores. Los gerentes de Bedminster tampoco respondieron.

Los recientes despidos de trabajadores no autorizados de al menos cinco propiedades de Trump contribuye a la creciente evidencia de que el presidente se benefició durante años del trabajo de los trabajadores ilegales que ahora difama.

No está claro qué medidas tomaron Trump o su compañía para evitar la contratación de tales trabajadores, incluso después de que hiciera una declaración en la Casa Blanca sobre la amenaza que dice que representan para los estadounidenses.

En medio de la presión de Trump por la creación de un muro fronterizo, el poco debate público sobre cómo los empleadores estadounidenses, incluido el propio presidente, han generado una demanda de trabajadores ilegales.

Los funcionarios de la Casa Blanca no respondieron a los comentarios.

Eric Trump ha expresado que ni él ni otros ejecutivos de alto nivel de la Organización Trump sabían que la empresa había contratado trabajadores ilegales, señalando que los empleados usaban documentos falsificados.

“Tenemos decenas de miles de empleados en nuestras propiedades y tenemos prácticas de contratación muy estrictas,” informó la compañía en un comunicado en diciembre. “Si algún empleado presentó documentación falsa en un intento de eludir la ley, será despedido de inmediato. Nos tomamos muy en serio este tema.”


La gente espera la llegada del presidente electo Donald Trump en el techo del club de Bedminster, 18 de noviembre de 2016. (Jabin Botsford/The Washington Post)

El presidente Trump habla durante una reunión con líderes empresariales en el club de Bedminster en agosto. (Carolyn Kaster/AP)
'Ha sido un secreto a voces'

A lo largo de los años, la red de Costa Rica a Bedminster se expandió a medida que los trabajadores reclutaban a amigos y familiares, algunos viajaban a los Estados Unidos con visas de turista y otros pagaban miles de dólares a contrabandistas para ayudarlos a cruzar la frontera de los Estados Unidos y México, manifestaron exempleados. Además, señalaron que los nuevos empleados necesitaban poco más que una tarjeta verde falsa y un número de Seguro Social falso para conseguir trabajo.

Algunos trabajadores describieron a Bedminster como un trampolín para comprar viviendas y abrir negocios. Otros lo recordaban como una labor agotadora bajo el control de jefes demandantes, e incluso intolerantes, que a veces utilizaban la situación ilegal de los trabajadores contra ellos.

Después de que, en diciembre, el New York Times informara sobre dos amas de llaves en situación ilegal que trabajaban en Bedminster, la Organización Trump despidió a al menos 18 empleados en cinco campos de golf en Nueva York y Nueva Jersey, parte de lo que Eric Trump ha descrito como “un gran esfuerzo” por identificar a los trabajadores no autorizados. Exempleados señalaron que otro número no revelado fue despedido de Bedminster.

“Nuestros empleados son como nuestra familia, pero cuando presentan documentos falsos, el empleador tiene pocas opciones,” dijo a The Post el mes pasado.

“Esta situación no es exclusiva de la Organización Trump, es una situación que enfrentan todas las compañías,” agregó. “Esto demuestra que nuestro sistema de inmigración está gravemente dañado y necesita ser reparado de inmediato.”

Como presidente, su padre ha pedido repetidamente una ofensiva contra la inmigración ilegal.

“Ningún tema ilustra mejor la división entre la clase trabajadora de Estados Unidos y la clase política de Estados Unidos que la inmigración ilegal,” subrayó Trump durante su Discurso del Estado de la Unión. “La tolerancia a la inmigración ilegal no es compasiva, es cruel.”

Pero las prácticas de contratación poco estrictas en Bedminster y otras propiedades de Trump descritas por exempleados, incluyendo algunos que expresaron que sus supervisores examinaban sus documentos falsos, contrastan con la retórica de Trump.


Trump se reúne con los líderes del estado en el club de Bedminster en agosto. (Carolyn Kaster/AP)

Mientras que otros campos de golf de primer nivel de EE. UU. adoptaron el sistema E-Verify del gobierno federal para verificar el estado de inmigración de posibles contrataciones, la Organización Trump ahora solo planea implementarlo en todas sus propiedades, aunque el entonces candidato Donald Trump afirmó en 2016 que lo implementaba en toda su compañía.

De los 12 campos de golf de Trump en los Estados Unidos, tres de ellos, en Carolina del Norte, el sur de California y Doral, Florida, están inscritos en el sistema E-Verify, de acuerdo con una base de datos federal. Eric Trump señaló que “algunos” otros clubes, incluido un campo de Trump en el Bronx, han contratado a un proveedor privado para evaluar a nuevos candidatos.

Desde 1997, el gobierno ofrece servicios de verificación electrónica a empleadores y, en 2007, introdujo el sistema E-Verify para permitir que las empresas seleccionen nuevos empleados en línea. Según las últimas cifras del gobierno, se han inscrito cerca de 750 mil empleadores estadounidenses al programa.

ClubCorp, el mayor operador nacional de golf privado y clubes de campo, ha utilizado E-Verify para todas las nuevas contrataciones desde 2012, según ejecutivos de la compañía.

El año pasado, Trump propuso que el programa E-Verify fuera obligatorio en todo el país, calificándolo como una de sus prioridades en materia de inmigración.

Los empleadores tienen la obligación de verificar si un empleado reúne los requisitos para trabajar en los Estados Unidos y pueden enfrentar una serie de sanciones civiles y penales por la contratación de trabajadores ilegales, según abogados de inmigración. Cuando un empleado presenta documentos como una tarjeta de residente permanente o una tarjeta de Seguro Social para empleados, los empleadores tienen la responsabilidad de examinar dichos documentos.

Si un empleador paga impuestos laborales por un empleado cuyo nombre no coincide con su número de Seguro Social, el Servicio de Impuestos Internos o la Administración del Seguro Social pueden enviarle al empleador lo que se denomina una carta de discrepancia de los datos aportados.

Dicha carta no activa ningún procedimiento de inmigración ni requiere que el empleador despida al empleado. En cambio, alerta al empleador para que le pida al empleado que resuelva el problema corrigiendo el registro público, explica Anastasia Tonello, presidenta de la Asociación Americana de Abogados de Inmigración.

Según los miembros de la comunidad, en Bound Brook, una ciudad donde la mayoría de la población hispana y donde viven muchos de los obreros del área, la presencia de trabajadores ilegales entre el personal de Trump era ampliamente conocida.

“Era algo mucho más sistemático que dos o tres amas de llaves,” afirma Joyce Phipps, directora ejecutiva de Casa de Esperanza, una organización de asistencia legal para inmigrantes, quien manifestó que ha tenido varios clientes que eran empleados de Bedminster. “Ha sido un secreto a voces.”


Marco Gamboa Fallas, de Costa Rica, mientras trabajaba como cuidador del campo en el club de Bedminster. (Carolyn Van Houten/The Washington Post)

Marco Gamboa Fallas frente a su casa en Poas de Aserri, Costa Rica. (Carolyn Van Houten/The Washington Post)
En respuesta al llamado

Santa Teresa de Cajón es poco más que una franja de caminos en medio de cafetales y pastizales al costado del Monte Chirripó, de 3820 metros. Los jóvenes llegan en bicicletas, haciendo diligencias arriba y abajo de la montaña.

Para quienes crecen aquí, como en otras partes de América Central, el arriesgado viaje al norte de los Estados Unidos puede significar un capital inicial para una vida digna.

Juan Carlos Zúñiga dejó Santa Teresa para hacer emprender el viaje en 2002. Zúñiga manifestó que, en la frontera de EE. UU. y México, escaló una cerca de 3 metros para saltar a Nogales, Arizona. Compró sus primeros documentos falsos en Las Vegas, donde adoptó el nombre de Juan Lara para luego tomar un vuelo a Nueva Jersey.

Zúñiga tenía un primo que trabajaba en una finca equina en el elegante municipio de Bedminster. Su primo le comentó que una propiedad cercana necesitaba trabajadores.

Trump había comprado la Granja Lamington de 520 acres, con una residencia señorial de ladrillos y pasturas para los caballos. La finca era propiedad de John DeLorean, un ingeniero especializado en automóviles, que inventara el vehículo deportivo homónimo.

“Este es un lugar especial,” expresó Trump ante una multitud de unas 100 personas reunidas en octubre de 2002 para la ceremonia de inauguración, según el Courier News.

En ese momento, el Star-Ledger de Newark informó que Trump estaba generando dinero en el proyecto, “cuenta con albañiles, carpinteros, paisajistas y operadores de excavadoras de todo el mundo y los aloja en allí mismo.”

Algunos de los primeros costarricenses contratados para construir el Club Nacional de Golf de Bedminster, Zúñiga, Angulo y Abel Mora, su vecino de Santa Teresa , entre otros, lo recuerdan como un castigo. Trabajaban desde el amanecer hasta la tarde, siete días a la semana, arrastrando y arrastrando montañas de tierra que movían con maquinaria pesada y que transformaban en hoyos de golf.


La construcción en curso en el Club de Golf Nacional de Trump, en Bedminster. (Juan Carlos Zúñiga)

La casa club del Club de Golf Nacional de Trump, en Bedminster, el 18 de noviembre de 2016. (Carolyn Kaster/AP)

“Fue un rastrillo, un rastrillo, un rastrillo, todo el día,” asegura Zúñiga.

Otras tareas eran sembrar, regar, segar, construir las trampas de arena y conducir excavadoras, miniexcavadoras y cargadoras, todo para ganar unos 10 dólares por hora o menos.

Por aquel entonces, un operador de equipos pesados con licencia en el centro de Nueva Jersey habría recibido un promedio de 51 a 55 dólares por hora en salarios y beneficios, según funcionarios sindicales de la Unión Internacional de Ingenieros de Operaciones Local 825, en la ciudad cercana de Springfield.

A medida que el campo de golf tomaba forma, se necesitaba más mano de obra. Los jefes le dijeron a Zúñiga y a sus amigos que trajeran trabajadores. El pueblo de Santa Teresa respondió a la llamada.


Donald Trump empuña una pala dorada al comienzo de la construcción del Club de Golf Nacional de Trump, en Bedminster, en 2002. (ZUMA Press/Alamy/Alamy Stock Photo)

Mariano Quesada, uno de los primeros cuidadores del club del pueblo, les alquiló un dúplex en Bound Brook a varios costarricenses más. Su esposa, Ángela, afirmó que se despertaba antes del amanecer para preparar el desayuno y el almuerzo para las veintidós personas del equipo de mantenimiento de Bedminster.

Los trabajadores provenían no solo de Santa Teresa de Cajón, sino también de otras partes de Costa Rica y de América Latina.

En poco tiempo, trabajaban tantos en el campo, más de 100, según estimaciones de los trabajadores, que el primo de Zúñiga comenzó a cobrar a los trabajadores por los viajes a Bedminster. Tenía dos camionetas que circulaban mañana y noche. Cuando ya no fue suficiente, compró un autobús escolar usado, comenta Zúñiga.

“Para mí, no fue un cambio muy drástico mover a Estados Unidos,” manifestó Mauricio Garro, de 36 años, quien trabajó en el mantenimiento del campo de golf durante cinco años hasta que regresó a Santa Teresa en 2010. “Prácticamente mi pueblo entero vivía allí.”

Para conseguir un trabajo en el club de golf de Trump, los costarricenses, así como los guatemaltecos, salvadoreños y mexicanos que trabajaban en el club, compraban tarjetas verdes falsas y números de Seguro Social en Bound Brook y las ciudades vecinas.

Eran fáciles de conseguir. Sandra Díaz, ama de llaves de Poas de Aserri, Costa Rica, se tomó fotos en Walgreens y le pagó 50 dólares a una amiga suya por papeles falsos. Ana Vásquez, una inmigrante de El Salvador que transportaba mesas en el restaurante del club, fue a la ciudad vecina de Plainfield para comprar un falso alias de la Seguridad Social, “Yohana Pineda.”

Antes de ir a su entrevista, Vásquez le preguntó a una amiga si el club contrataba a personas que usaran documentos falsos.

“Yo pensé: el dueño de ese lugar es una persona muy famoso,” recordó. “Mi amiga dijo que no había que preocupar. Me dijo: ‘A ellos no les importa.’”

'No temenos buenos papeles'

Varios ex-trabajadores dijeron que los gerentes de mantenimiento y limpieza sabían muy bien que sus documentos eran fraudulentos, pero los contrataban de todos modos. Gilberta Domínguez, ama de llaves, manifestó que el gerente llenó su solicitud en 2016 porque no hablaba inglés.

“Y le dije, escucha, no temenos buenos papeles,” recordó Domínguez, de Oaxaca, México, que le dijo al gerente. “Ella dijo: ‘No importa, que no hable de eso.”

En 2005, dijo Zúñiga, decidió que era mejor trabajar en Bedminster bajo su propio nombre en caso de que se sufriera alguna lesión en el trabajo. Compró nuevos documentos falsos y los entregó a sus supervisores. De repente, Juan Lara se convirtió en Juan Carlos Zúñiga.

Sus jefes no se inmutaron, dijo.

“Hacían bromas sobre las tarjetas de la Seguridad Social en la oficina, porque se veía que eran muy falsas,” recordó. “Bromeaban diciendo que mi nombre era Juan Lara al principio.”

En 2011, la policía local advirtió a Hank Protinsky, entonces jefe de seguridad del club, que un empleado podría estar usando documentos falsos, según un informe policial obtenido por The Post a través de una solicitud de registros públicos.

La situación del trabajador se descubrió cuando el Departamento de Policía del Municipio de Bedminster investigó un accidente seguido de fuga en el campo e interrogó a un hombre identificado como el conductor: un empleado del club que trabajaba bajo el nombre de Reinaldo Villareal.

Cuando el oficial Thomas Polito habló con Villareal, “me dijo que su verdadero nombre era Fredis Otero y que estaba trabajando con un nombre y un número de Seguridad Social falsos,” apuntó Polito.

Otero, un nativo de Colombia, le dijo a la policía que había llegado a los Estados Unidos como camarero de cabina en un crucero y que bajó del barco cuando atracó en Miami en 2010. Obtuvo una visa por vacaciones de tres meses y luego compró una tarjeta de seguridad social falsa y la tarjeta de residente permanente de los EE. UU. y que las utilizó para trabajar en el campo de Trump, según el informe.

En el informe policial, Polito escribió que le dijo a Protinsky que su empleado “podría estar usando un nombre y documentos falsos del gobierno.”

El jefe de seguridad le dio al oficial de policía una copia de la solicitud de empleo de Villareal, que mostraba que aunque su tarjeta de residente incluía su nombre de pila como “Reynaldo,” su solicitud decía “Reinaldo,” según el informe.

La policía arrestó a Otero y se contactó con el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de los Estados Unidos sobre su caso. El ICE confirmó que tomó la custodia de Otero y que salió de Estados Unidos en agosto de 2011.

La Organización Trump no respondió a los comentarios. Protinsky, quien desde entonces dejó el campo, se rehusó a hacer comentarios.

Otros extrabajadores dijeron que sus empleos en Bedminster, junto con la popularidad de Trump entre las agencias locales de aplicación de la ley, les brindaban cierto grado de protección a pesar de su condición de inmigrantes.

Una exmiembro del personal de cocina de Ecuador todavía lleva una tarjeta de identificación con su nombre y una foto que dice que ella es “partidaria” de una fundación que otorga becas a los niños de la Policía Estatal de Nueva Jersey. Dijo que obtuvo la tarjeta en un torneo de golf que la organización benéfica organizó en Bedminster. La fundación no respondió a los comentarios.


Mariano Quesada, por entonces cuidador del campo, en el Campo de Golf Nacional de Trump en Bedminster. (Mariano Quesada)

Quesada posa para la foto cerca de Santa Teresa de Cajón en enero. (Dalton Bennett/The Washington Post)

En ocasiones, las diferencias entre los empleados legales y los que no tenían papeles quedaban al descubierto frente a los gerentes.

A mediados de 2015, Emma Torres, ama de llaves de Ecuador, dijo que se quejó con el gerente general del club, David Schutzenhofer, por un supervisor que le impidió tomarse un descanso para almorzar y frecuentemente la reprendía por no hablar inglés.

Durante la reunión, dijo que Schutzenhofer le preguntó si iba a presentar una queja ante el departamento de trabajo del estado.

Torres le dijo que eso sería imposible.

“Le dije que no, porque no tenía papeles,” dijo.

Trump había lanzado recientemente su campaña presidencial, prometiendo construir un muro fronterizo. Torres dijo que le preguntó a Schutzenhofer por qué Trump hablaba tan duramente sobre los inmigrantes.

“Esa es pura política,” respondió.

Torres se quedó en el club, pero la reasignaron a la cocina.

The Post se comunicó con Schutzenhofer y con dos docenas de gerentes actuales y anteriores de Bedminster, incluidos a quienes los trabajadores identificaron como sus supervisores, y les preguntó si sabían que el club empleaba personas en situación ilegal. La mayoría se negó a hacer comentarios o no respondió.

Un exgerente de mantenimiento del campo solo respondió enviando a The Post una imagen animada de Trump diciendo: “Tengo excelentes relaciones con los mexicanos.”

Otro exgerente, que confirmó trabajar estrechamente con Zúñiga y Garro, dijo: “Creo que todos ignorábamos lo que pasaba. Suponíamos que todos eran legales.” Ese gerente habló con la condición de permanecer en el anonimato para preservar las relaciones en la industria del golf.

Ed Russo, un consultor ambiental que trabajó en el proyecto Bedminster y fue recordado por uno de los costarricenses como supervisor, se negó a hablar sobre si sabía que se había contratado a trabajadores ilegales para el proyecto.

“¿Está documentado?” Le preguntó Russo a un reportero. “No me va a sacar palabra”.

A lo largo de los años, los miembros de la familia Trump han hecho hincapié en su activa participación en propiedades que llevan su nombre.

“La gente piensa que Trump es solo una cara, solo una marca,” destaca Eric Trump en un video promocional de 2011 sobre los campos de golf de la compañía. “Diseñamos cada tee, cada calle. ... Escogemos las alfombras. Escogemos los candelabros. No hay un elemento de estos clubes que no conozcamos. Sea lo que sea, participamos activamente.”


Franklin Mora, quien manifestó haber trabajado en situación ilegal en el club de Bedminster, posa para la foto cerca de Santa Teresa de Cajón, en enero. (Carolyn Van Houten/The Washington Post)

Un sombrero usado por un extrabajador del Club de Golf Nacional de Trump en Bedminster, que se exhibe en una casa en San José, Costa Rica. (Carolyn Van Houten/The Washington Post)

Un extrabajador de Bedminster en San José, Costa Rica, sostiene tees de golf del club. (Carolyn Van Houten/The Washington Post)

Abel Mora, un excuidador del campo, fotografiado en Santa Teresa de Cajón. (Carolyn Van Houten/The Washington Post)
'Uno se tenía que esconder'

El propio Donald Trump era una figura ineludible pero principalmente distante para los trabajadores ilegales, a quienes en los primeros años en Bedminster se les pedía que se esfumaran cuando “el gran jefe” llegaba en helicóptero.

Las personas que se encargaban del campo se quedaban dentro de un establo donde se almacenaban herramientas y maquinaria, o se iban al bosque a esperar, revelaron.

“Cuando el llegaba, uno se tenía que esconder,” explicó Alan Mora, un exempleado a cargo del cuidado del campo que ayudó a construir el campo de entrenamiento y que ahora trabaja como guardia de seguridad en un hotel en Santa Teresa. “Que uno no era visible.”

Durante los días en que Trump cenaba en el restaurante del club, Vásquez dijo que ella y otras cinco mujeres de habla hispana que trabajaron ilegalmente en el club en 2004 y 2005 fueron enviadas por su supervisor arriba, a doblar las servilletas y pulir la cristalería, y se mantuvieron fuera de la vista.

“Ellos nos decían que el restaurante tenia un evento importante, y como no hablamos inglés, no podíamos estar ahi,” manifestó.

Trump también era conocido por su esporádica generosidad. Las amas de casa que limpiaban la casa de campo observaron pilas ordenadas de billetes de 20, 50 y 100 dólares en su mesita de noche, que Trump repartiría como propina cuando jugaba al golf o paseaba por los campos. A veces saludaba afectuosamente a los empleados y los felicitaba mientras inspeccionaba su trabajo.

La elección de Trump no trajo ningún escrutinio adicional a la condición de inmigrantes de sus trabajadores, dijeron los exempleados. Torres dijo que los superiores mantenían su nombre y los de otros trabajadores en situación ilegal en una lista de personas que sería examinada por el Servicio Secreto antes de una visita de Trump al club en 2016.

Otro exempleado que llegó a los Estados Unidos en 2018 con una visa de turista y trabajó como cuidador del campo dijo que su gerente solo le pidió su nacionalidad para prepararse para una visita a Trump. Él manifestó que era de Costa Rica.

Los cuidadores del campo recibieron la advertencia general de no traer drogas, armas ni explosivos al trabajo, un pedido que encontró gracioso.

“Me parecio una seguridad muy leve, muy comun,” dijo el empleado, quien habló bajo la condición de permanecer en el anonimato debido a que espera regresar a los Estados Unidos. “Tal vez aca en Costa Rica para entrar una residencial, te piden mas. Te piden identificarte, y todo eso. Alla, nunca sucedio eso.”


Dario Angulo, extrabajador de Bedminster, yendo en motocicleta a visitar a otro exempleado del club, que vive en Santa Teresa de Cajón. (Carolyn Van Houten/The Washington Post)

Muchos de los trabajadores de Bedminster de Costa Rica vivían en Bound Brook, N. J., amontonándose en camionetas todas las mañanas para viajar durante 30 minutos para llegar al campo. (Carolyn Van Houten/The Washington Post)
Una fuerza laboral dividida

La antigua presencia de trabajadores no autorizados en Bedminster creó una cultura en la que los empleados estaban estratificados por el estado de inmigración y el dominio del idioma inglés, manifestaron los exempleados.

En la parte superior estaba el personal profesional y los altos directivos que hablaban poco o nada de español. Debajo de ellos estaban los supervisores de nivel medio, que a menudo eran inmigrantes y podían hablar en ambos idiomas.

Muchos de quienes se encontraban en situación ilegal dijeron a The Post que no recibían beneficios sanitarios, mientras escuchaban que otros colegas sí los recibían.

Los encargados de cuidar el campo trabajaban en climas tormentosos, nevadas o bajo el sol intenso con muy poca protección.

Un día de lluvia en 2007, comentó Zúñiga, él y otros encargados de cuidar el campo organizaron una huelga de un día, negándose a abandonar un inmueble de mantenimiento hasta que los supervisores acordaron pagarles por los días de enfermedad.

Finalmente, el gerente de mantenimiento les ofreció chaquetas para la lluvia. A algunos de los miembros del personal que habían estado trabajando más tiempo también se les ofreció un seguro de salud.

“Esa fue la primera protesta de los hispanos,” dijo Zúñiga.

Franklin Mora, quien renunció después de permanecer un año en el equipo de campo, dijo que su gerente se burlaba de su inglés limitado y que hablaba con dureza a los empleados hispanos. El gerente les pedía que usaran las cortadoras de césped a un ritmo que los obligara a correr para mantenerse al día, lo que consideraba humillante.

“Yo senti que trataba uno como esclavos,” expresó.

La experiencia fue tan amarga para Mora que dijo que no regresaría a los Estados Unidos ni siquiera como turista.

Sin embargo, otros mantienen la esperanza de poder volver a Bedminster como parte de una fuerza laboral estacional que aumenta cada primavera.

En Santa Teresa de Cajón, algunos extrabajadores de Trump recuerdan sus años en Nueva Jersey como un rito de iniciación, no como el servicio militar o el dejar el hogar para ir a la universidad. Aprendieron a preparar sus propias comidas, a encargarse de su limpieza y a soportar los inviernos helados y la nostalgia.

“El campo de golf fue lo mejor que me ha pasado en la vida,” destacó Angulo, quien ahora se gana la vida criando ganado.

Admitió que no le importaba mucho Bound Brook u otras ciudades de los EE. UU. que visitó, pero le encantaba encargarse del campo de golf y sueña con regresar un día para ver el lugar “me enseñó a trabajar duro.”

Esta vez, aclaró, le gustaría ir como turista.


Darío Angulo dijo que su experiencia en Bedminster “me enseñó a trabajar duro.” (Carolyn Van Houten/The Washington Post)

La entrada al Club de Golf Nacional de Trump en Bedminster en enero. (Carolyn Van Houten/The Washington Post)

Alice Crites y Jonathan O’Connell en Washington, Lori Rozsa en West Palm Beach, Florida, Kim Kavin en Bedminster, N.J., y Ismael López en Costa Rica contribuyeron a este informe.