Fareed Zakaria
Fareed Zakaria cubre una amplia selección de asuntos del exterior, examinando los temas con profundidad y notable claridad, más allá de los titulares y las posturas políticas.
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NUEVA YORK -- Las últimas revelaciones sobre Rusia y la campaña de Donald Trump son útiles dado que tal vez ayuden a develar el misterio que siempre ha estado en el centro de esta historia. ¿Por qué razón Trump ha sostenido una actitud optimista hacia Rusia y Vladimir Putin? Resulta una postura tan inusual de Trump que se agudiza la necesidad de encontrar algún tipo de explicación.

A diferencia de la política nacional, en donde ha caminado por todo el mapa político, Trump ha tenido opiniones claras y consistentes en torno a la política exterior durante tres décadas. En 1987, en su primera declaración importante sobre la política pública, extrajo un anuncio en varios diarios que comenzaba de la siguiente forma: “Por décadas, Japón y otras naciones han tomado ventaja de Estados Unidos”. En el anuncio, también vilipendió a Arabia Saudita diciendo que era: “un país cuya sola existencia está en las manos de Estados Unidos” y de otros “aliados que no ayudarán”.

Esta es la visión del mundo de Trump y nunca ha vacilado. Ha adherido países a la lista de pícaros, más recientemente, a China y a Méjico. En cuanto al primero, escribió en su libro de campaña presidencial: “Hay personas que desearían que no me refiriese a China como nuestro enemigo. Pero eso es exactamente lo que son”. Durante la campaña dijo:”No podemos seguir permitiendo que China viole nuestro país”. Unos meses antes de anunciar su candidatura, tuiteó: “No quiero otra cosa con Méjico que no sea la construcción de una PARED impenetrable y detener su estafa hacia Estados Unidos”.

Trump es lo que el historiador Walter Russell Mead llama un “Jacksoniano” en política exterior (haciendo referencia a Andrew Jackson), alguien profundamente escéptico e instintivamente hostil hacia otras naciones y a sus líderes, quien cree en una fortaleza de Estados Unidos que se preocupa de sus propios asuntos y que, si la molestan, “bombardearía la m ... ” a sus adversarios y luego se retiraría nuevamente a su hogar.

Esta era la actitud básica de Trump hacia el mundo, excepto en cuanto a Rusia y a Vladimir Putin. Diez años atrás, cuando el dinero ruso estaba entrando a montones en el occidente, Trump comenzó a alabar al país y a su líder: “Observen a Putin ... Está haciendo un gran trabajo reconstruyendo la imagen de Rusia y también reconstruyendo el período ruso”. En el 2013, Putin escribió un artículo de opinión en el periódico “The New York Times” para disuadir a la administración Obama de responder al uso de armas químicas del gobierno sirio. En este, argumentó que el gas venenoso en realidad era utilizado por la oposición siria para engañar a Washington para que atacase el régimen. La reacción de Trump fue lírica. “Pensé que fue una carta ... escrita extraordinariamente bien ... Creo que quiere convertirse en el líder del mundo, y ahora mismo eso es lo que está haciendo”.

Trump admiró tanto a Putin que imaginó que los dos se habían conocido y realizó alguna variación de esa afirmación falsa por lo menos cinco veces en público, minimizando cualquier crítica hacia él. “Para ser sincero y justo con Putin, ustedes dicen que él mató gente. Yo no he visto eso” dijo en el 2015. “¿Han sido capaces de probarlo?” Cuando fue confrontado nuevamente sobre este tema, a principios de este año, lo rechazó diciendo: “Tenemos un montón de asesinos. ¿Qué? ¿Acaso ustedes piensan que nuestro país es tan inocente?” Trump no pudo haber realizado estas excusas por cualquier ventaja política. El Partido Republicano fue instintivamente hostil hacia Rusia, a pesar de que en signo de nuestras adecuaciones cambiantes, hoy en día los republicanos poseen una visión más favorable de Putin que los demócratas por 20 puntos.

“No hay nada en lo que pueda pensar que preferiría hacer más que ser amistosos con Rusia”, declaró Trump en una rueda de prensa de julio del año 2016. Su campaña parecía seguir con esta idea. Asignó como asesor principal de política exterior a Michael Flynn, un hombre que había pronunciado aprendizajes pro-rusos y que, ahora sabemos que el gobierno ruso le había pagado. Paul Manfort, quien fue durante un tiempo la cabeza de la campaña de Trump, recibió millones de dólares del partido pro-ruso de Ucrania. Durante la convención republicana, hubo una reducción inusual del lenguaje de línea dura sobre la invasión rusa de Ucrania. Además, una vez electo, Trump eligió como su Secretario de Estado a Rex Tillerson, un hombre que había sido galardonado con uno de los honores más altos de Rusia para los extranjeros y tenía una “relación muy cercana” con Putin. Finalmente, hay contactos reiterados entre los miembros de la campaña de Trump y su familia con oficiales rusos principales y ciudadanos, que una vez más, parece ser único hacia Rusia.

Resulta posible que haya explicaciones favorables a todo esto. Tal vez Trump simplemente admire a Putin como líder. Capaz ha aceptado la opinión del mundo de su asesor principal, Steve Bannon, que consiste en que Rusia no es un enemigo ideológico sino un amigo cultural, un país cristiano blanco que lucha contra musulmanes morenos. Sin embargo, tal vez haya otra explicación a esta década de lealtad hacia Rusia y su líder. Actualmente, este es el puzle en el centro de la presidencia de Trump que Robert Muller resolverá indudablemente.

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NUEVA YORK -- En Washington hay una sabiduría convencional sobre Corea del Norte que alcanza a ambos partidos y a la mayoría de la opinión de las élites. Esto sería más o menos así: Corea del Norte es el país más extraño del mundo, gobernado por un dictador excéntrico con un raro corte de pelo. Él es impredecible e irracional y no se puede negociar con esta persona. A la larga, este régimen extraño y cruel colapsará. Mientras tanto, la única solución es más y más presión. Pero ¿Qué sucede si la sabiduría convencional se equivoca?

El régimen de Corea del Norte ha sobrevivido casi siete décadas y ha preservado no solo su básica forma de gobierno sino también su dinastía familiar, de padre a hijo a nieto. Ha persistido a través de la caída de la Unión Soviética y sus satélites comunistas, la Revolución Naranja, la Primavera Árabe y la desaparición de otras dictaduras asiáticas, desde Corea del Sur hasta Taiwán e Indonesia.

La Dinastía Kim ha sido capaz de alcanzar un éxito asombroso en su objetivo primario: sobrevivencia. Por supuesto, esto es dado a que gobierna de una manera brutal y opresiva. Sin embargo, también lo hicieron varios otros regímenes, desde Rumania hasta Siria y Myanmar. No obstante, de alguna manera Corea del Norte ha mantenido su sistema.

Kim Jong Un es un hombre joven pero ha sido altamente efectivo preservando su autoridad. Ha asegurado el apoyo de los militares y ha rechazado o matado a cualquiera que amenazó su control en el poder; incluyendo su tío y supuestamente, su medio hermano.

Observemos al mundo desde la perspectiva de Corea del Norte. El régimen vio el colapso del imperio soviético y una transformación en China más desestabilizadora aún, que pasó de ser un alma gemela ardientemente ideológica a un Estado de comercio pragmático que se ha integrado con entusiasmo en los mercados mundiales. Estos días, Beijing parece concebir a Pionyang como una molestia, y China ahora vota con frecuencia condenar y sancionar a Corea del Norte en las Naciones Unidas.

Además, el país más poderoso del mundo ha dejado claro que Corea del Norte está destinada a ser el cúmulo de cenizas de la historia. Luego del 11/9, cuando Estados Unidos fue atacado por terroristas islamitas que emanaron del Medio Oriente, George W. Bush anunció que Estados Unidos no toleraría más un “eje del mal” que abarca Irak, Irán y Corea del Norte. Invadió a Irak. El secretario de Estado Rex Tillerson, dijo recientemente que la política estadounidense actual hacia Irán consiste en: “trabajar hacia el apoyo de aquellos elementos dentro de Irán que llevarían a una transición pacífica de ese gobierno”. Y en cuanto a Corea del Norte, Donald Trump quiere que China “finalice con esta tontería de una vez por todas”, lo que una vez más únicamente puede significar deshacerse del gobierno de Kim de alguna manera.

Entonces, el régimen de Corea del Norte ha intentado comprar seguros. Además en el ámbito de los asuntos internacionales, el mejor seguro es la posesión de una capacidad nuclear. Pionyang sabe que posee un ejército lo suficientemente grande y el escenario de guerra coreano es tan pequeño y denso que una guerra convencional sería impensable, produciendo cientos de miles de víctimas y que millones de refugiados llegasen a raudales a China y Corea del Sur. Corea del Norte ha calculado con exactitud, que China y Corea del Sur están más aterrados por el caos que seguiría a su colapso que de su arsenal nuclear.

Tal vez la mejor manera de analizar a Corea del Norte es como un gobierno inteligente, racional y calculador que está funcionando hábilmente dada su prioridad de supervivencia del régimen. Más presión solo fortalece su resolución de comprar incluso más seguros. ¿Cómo manejarlo bajo estas circunstancias?

La primera manera de romper el bloqueo en la política estadounidense sería convencer a China de ejercer una presión real en su aliado. Eso no sucederá sirviéndole al presidente Xi Jinping una torta de chocolate en Mar-a-Lago. Bejing está enfrentando una pesadilla comprensible: bajo sanciones y presión, Corea del Norte colapsa y el país unificado recientemente se convierte en una versión gigante de Corea del Sur, con un tratado de defensa con Washington, casi 30.000 tropas estadounidenses y posiblemente decenas de armas nucleares de Pionyang; todo en la frontera de China.

Ahora Washington tendrá que prometer a Beijing que en el caso de la unificación, retirará sus tropas, cambiará la naturaleza de su relación de tratado con la nueva Corea y, que al trabajar con China, eliminará el arsenal nuclear de Corea.

Pero la presión solo funcionará si también hay alguna razón para que Corea del Norte realice concesiones. Pionyang ha indicado en el pasado que busca un final formal a la guerra coreana (Washington firmó solo un armisticio en 1953), un reconocimiento del régimen y el levantamiento de sanciones. Obviamente nada de esto debería ser ofrecido ahora mismo. Sin embargo, no hay daño alguno en hablar con Pionyang y buscar maneras de comerciar algunas de estas concesiones para la erradicación completa del programa nuclear.

Resulta una píldora amarga para Washington. No obstante, la alternativa es tener la esperanza de que China actuará contra sus intereses y aplastará a su aliado, o que Corea del Norte finalmente colapsará. Pero la esperanza no es una estrategia.

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NEW YORK -- El Partido Demócrata ha reaccionado a su serie de recientes pérdidas electorales, concluyendo una vez más que necesita un mensaje económico mejor. Tal como dijo el líder de la minoría del senado Chuck Schumer el último domingo: “los demócratas necesitan un programa económico fuerte, audaz, afilado y que tenga sentido común”. El único desacuerdo dentro del partido es sobre cuán afilado e izquierdista debería ser ese mensaje. Pero cada vez resulta más claro que el problema para los demócratas poco tiene que ver con la economía y mucho más con un conjunto de temas que no les gustaría volver a examinar: la cultura, las costumbres sociales y la identidad nacional.

El programa económico de los demócratas es totalmente popular con el público. Más personas prefieren las opiniones del partido a las de los republicanos en cuanto a los impuestos, a la reducción de la pobreza, a la atención médica, a los beneficios del gobierno e incluso en cuanto al cambio climático y la política energética. En una encuesta reciente, tres de cuatro apoyaron aumentar el salario mínimo a U$S9. El setenta y dos por ciento quería proveer educación preescolar a todos los niños de 4 años de edad pertenecientes a familias no pudientes. Ocho de diez apoyaron la expansión de cupones para alimentos. Resulta significativo que cada una de estas propuestas encontró apoyo de una mayoría de republicanos.

El Fondo Democrático encargó un estudio comprensivo de los electores de la elección presidencial del año 2016 y un erudito, Lee Drutman, presentó su primer hallazgo clave: “El conflicto primario de estructuración de los dos partidos incluye preguntas de identidad nacional, raza y moralidad”. Enfocándose en la gente que votó a Barack Obama en el 2012 y después a Donald Trump en el 2016, Drutman encontró que estaban notablemente cerca al Partido Demócrata en los temas económicos. Sin embargo, estaban hasta la extrema derecha en sus actitudes respecto a inmigrantes, negros y musulmanes, y era muy probable que sintiesen que “las personas como yo” están en declive.

El Instituto de Investigación de Religión Pública (Public Religion Research Institute, en inglés) y la revista “The Atlantic” también dirigieron un estudio importante para analizar los indicadores más poderosos de si un votante de clase blanca trabajadora votaría a Trump. El principal indicador fue que si alguien identificado como republicano, era un recordatorio de que la lealtad al partido es muy fuerte. No obstante, luego de esto, los dos mejores indicadores fueron “temores de desplazamiento cultural” y apoyo a la deportación de inmigrantes no documentados. Resultaba en realidad ligeramente más probable que aquellos que sentían que sus condiciones económicas eran pobres o justas votaran a Hillary Clinton.

Vale la pena tener en cuenta cuánto ha cambiado el Partido Demócrata en los últimos 25 años. El partido de Bill Clinton fue cuidadoso en sentirse como moderado en varios asuntos sociales. Poseía una postura intermedia en la inmigración y era cautelosamente progresista en temas como los derechos de los homosexuales. Los demócratas eventualmente se movieron con valentía hacia la izquierda en algunas de estas áreas, como los derechos de los homosexuales, desde un sentido admirable de principio. En otros, como la inmigración, lo hicieron en gran parte para cortejar un segmento creciente de votantes demócratas, un proceso que Peter Beinart explica muy bien en el número más reciente de la revista The Atlantic. Pero en un sentido más amplio y cultural, el Partido Demócrata se movió hacia la izquierda debido a que comenzó a ser un partido dominado por profesionales urbanos, universitarios y sus opiniones sociales y culturales naturalmente reflejaron esta realidad.

La defensa del partido de las minorías y la celebración de la diversidad son genuinas y loables pero han creado una gran distancia entre este y una franja extensa de América Central. Esto es un abismo cultural que no puede ser superado defendiendo políticas más inteligentes en créditos fiscales, perfeccionamiento y educación preescolar. Los demócratas necesitan hablar sobre la identidad nacional de Estados Unidos de una manera que resalte los elementos comunes que unen, no los particulares que dividen. Las políticas en esas áreas son relevantes. El partido debería tomar una posición en cuanto a la inmigración que sea menos absolutista y reconozca tanto los costos culturales como los económicos de la inmigración masiva. En alguno de los temas que rodean la orientación sexual, puede y debería afirmar sus principios sin compromiso. Sin embargo, tal vez sea posible mostrar una mayor comprensión a las partes del país que no están de acuerdo. California promulgó hace poco una prohibición de viaje que ahora inhabilita viajes financiados por el Estado a ocho Estados con leyes que, en la opinión de California, discriminan contra personas LGBTQ (lesbianas, gays, bisexuales, transgénero). Mientras tanto, California no tiene ningún problema en pagar a los empleados para viajar a tales refugios de tolerancia como China, Qatar y Rusia.

Cuanto más estudio sobre este tema, más me convenzo que las personas eligen su voto basándose, en su mayoría, en un lazo emocional con un candidato, un sentido que ellos SE entienden el uno al otro. Los demócratas deben reconocerlo. Deberían intentar siempre ser fieles a sus ideales, por supuesto, y sin embargo comunicar a una amplia gama de estadounidenses (los rurales, los que poseen menor educación, los mayores, los más blancos) que comprenden y respetan sus vidas, sus valores y su precio. Es un acto mucho más difícil de balancear que un empuje más para aumentar el salario mínimo. No obstante, este ámbito cultural es la encrucijada de la política en la actualidad.

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Su Historia
Fareed Zakaria nació en la India y se naturalizó en Estados Unidos. Sin embargo, es ciudadano –y conocedor— del mundo. Entrevistó a innumerables jefes de Estado, desde Barack Obama a Moammar Gaddafi, Shimon Peres, Tony Blair y Wen Jiabao. Su capacidad de dilucidar el palabrerío de los expertos para exponer la esencia de los asuntos en cuestión atrae a su mesa de discusión no sólo a dirigentes mundiales, sino también a intelectuales, periodistas, académicos y líderes empresariales.
Casi tan a menudo como entrevista a importantes personajes, Zakaria, que figura en la mayoría de las listas de “sumos pensadores mundiales”, es entrevistado. Es frecuente invitado (y “amigo del programa”) en "The Daily Show", con Jon Stewart, y en "The Colbert Report", donde brinda perspicaz comentario sobre todo tipo de temas, desde el aspecto positivo de la recesión económica hasta el vello facial. 
ADICIONALMENTE
Locutor del programa de CNN, Fareed Zakaria GPS, que se centra en asuntos del Exterior (nominado para un Emmy)