Robert J. Samuelson
Clarifica la economía y asuntos sociales analizando a fondo los temas que escoge.Dos columnas por semana.
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WASHINGTON -- Desde luego, impongamos un impuesto al carbono. Es la mejor manera de manejar el cambio climático global. Requeriría que los republicanos y los demócratas llegaran a un acuerdo--algo positivo--y proveería de ingresos a un gobierno que necesita desesperadamente más rentas. Pero no finjamos que el impuesto al carbono es una panacea para el cambio climático o la deuda excesiva.

Como la mayoría de los republicanos--y algunos demócratas--son hostiles a todo incremento fiscal, el impuesto al carbono no tiene muchas posibilidades. Aún así, ahora hay un poco más de probabilidad, porque algunos ancianos republicanos respetables recientemente lo apoyaron. Entre ellos se encuentran George Shultz, James Baker y Henry Paulson. Todos ellos fueron secretarios del Tesoro o de Estado en los gobiernos de Richard Nixon a George W. Bush.

Bajo su propuesta, el impuesto inicialmente sería de 40 dólares por cada tonelada de anhídrido carbónico (CO2) emitida. Eso equivale aproximadamente a dos centavos en un galón de gasolina, y entre un 5 y un 10 por ciento de aumento en las tasas de electricidad al por menor, expresa el economista Marc Hafstead, de Resources for the Future, un centro de investigaciones no partidista. El impuesto aumentaría anualmente según la tasa de inflación de precios, más dos puntos porcentuales. (Si la inflación fuera del 2 por ciento, el impuesto se elevaría un 4 por ciento).

El CO2 representa alrededor del 80 por ciento de las emisiones de los gases de invernadero. La teoría es que los precios más altos de los combustibles fósiles (carbón, petróleo, gas natural) generarán automóviles más eficientes y acelerarán el cambio de los servicios eléctricos a eólicos y solares. Estudios de Hafstead y otros sugieren que este tipo de impuesto sobre el carbono podría reducir las emisiones de Estados Unidos en un 26 a 28 por ciento por debajo de los niveles de 2005. Ése es el objetivo que aceptó Estados Unidos en la cumbre de cambio climático de París, en 2015. El impuesto al carbono propuesto por los republicanos recaudaría también un poco más de 200.000 millones de dólares anuales.

Pero nada de ello elimina la principal objeción a un impuesto al carbono--para la mayoría de los norteamericanos, es como pagar sin tener nada de vuelta.

“Es inherentemente difícil convencer a la gente de incurrir en costos en la actualidad para beneficios que recibirán otros dentro de 30 años,” escribe Ted Halstead, director del Climate Leadership Council, patrocinador del plan del impuesto al carbono. “Incluso entonces, esos ‘beneficios’ se manifestarán en que la situación será menos mala, en lugar de producirse una verdadera mejoría.”

Para superar esa objeción, el plan republicano devolvería todo el dinero recaudado por el impuesto al carbono. Habría un “dividendo de carbono” trimestral único--los pobres obtendrían el mismo que los ricos--comenzando en unos 2.000 dólares anuales por familia de cuatro. A medida que se elevara el impuesto, también se elevaría el “dividendo”. La política del impuesto al carbono cambiaría, sostiene Halstead, porque la mayoría de los norteamericanos recibiría “beneficios en el aquí y ahora”.

Parece ideal. Podemos combatir el calentamiento global y favorecer a la clase media y a los de bajos recursos. En realidad, no es tan simple.

Un impuesto al carbono es una de las últimas grandes fuentes de ingresos que le quedan a un gobierno que enfrenta déficits presupuestarios de aproximadamente 9 billones de dólares en una década. Si el impuesto del carbono pasa enteramente a los “dividendos”, la reducción del déficit sufrirá. O los impuestos a la mano de obra y a las empresas deberán subir. Pero si, por ejemplo, la mitad de los ingresos del impuesto al carbono se destinara a la reducción del déficit, el dividendo sería menos atractivo políticamente.

Independientemente de todo eso, el impuesto probablemente tendrá que aumentar sustancialmente. Halstead cita estudios que indican que el impuesto tiene que subir a unos 200 dólares por tonelada (casi 2 dólares por galón de gasolina) para que ocurran cambios fundamentales. En parte, el impuesto al carbono es como un señuelo. Empieza bajo, pero debe elevarse agudamente para que sea eficaz.

Lo que importa para el calentamiento climático son las concentraciones de CO2 en la atmósfera, que aumentarán incluso si la tasa de emisiones anuales baja. Cómo de bien nos vaya dependerá de cómo de bien les vaya a los demás. Si Estados Unidos llega a su objetivo de emisiones, otros países podrían no alcanzar los suyos. En verdad, la mayor parte del crecimiento en emisiones globales ocurre en China, India y otros países de “mercados emergentes”.

Los combustibles fósiles proveen ahora cuatro quintos de la energía mundial, una porción que cayó sólo levemente desde 1990. Para estabilizar las concentraciones de CO2, debemos esencialmente dejar de quemar combustibles fósiles. ¿Cómo sucederá eso? Los que apoyan un impuesto al carbono tienen la esperanza de que el mecanismo de mercado--precios más altos para los combustibles fósiles--desencadenen un torrente de fe. Los precios más altos no garantizan innovaciones tecnológicas.

No debemos ignorar el cambio climático pero debemos reconocer las limitaciones de lo que sabemos y podemos hacer. Observamos una convergencia política en torno al impuesto al carbono. Republicanos conscientes--¿quizás el presidente Trump?--quieren desprenderse del estigma de no hacer nada en cuanto al cambio climático. Los demócratas conscientes están cansados de la parálisis política. Como dijera Ronald Reagan en una ocasión: “Si no es nosotros ¿quiénes? Y si no es ahora ¿cuándo?”

© 2017, The Washington Post Writers Group

WASHINGTON -- El Acuerdo Trans-Pacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés) está muerto, pero ¿podría vivir después de muerto?

Quizás.

Entre las primeras medidas del presidente Trump estuvo la orden de retirarse del TPP. Eso cumplía la promesa de la campaña de Trump de torpedear ese acuerdo de alto perfil entre Estados Unidos y otros 11 países de la Cuenca del Pacífico, liderados por Japón y México. Igualmente importante, simbolizó la convicción de Trump de que los acuerdos comerciales negociados con ineptitud constituyen la esencia de los problemas económicos de Estados Unidos.

Dado es trasfondo, parece asombroso que cualquiera pueda sugerir que el TPP puede resucitar de los muertos, con un nombre nuevo y estipulaciones ligeramente alteradas. Sin embargo, ése es el mensaje de un nuevo estudio del Peterson Institute for International Economics, un centro de investigaciones que es abierto defensor del TPP.

Redactado por Jeffrey Schott, el estudio expone dos puntos generales, uno político y otro económico.

El punto político es que, a pesar del repudio de Trump, el TPP tiene aun un respaldo importante del Capitolio. Schott dice que los senadores Orrin Hatch, republicano por Utah, y Kevin Brady, republicano por Texas--presidentes respectivamente del Comité de Finanzas y del Comité de Medios y Arbitrios del Senado, los dos paneles responsables de la legislación sobre comercio--”apoyan enérgicamente” el TPP, como también lo hacen otros miembros del Congreso.

En el exterior, existe un apoyo similar, sostiene Schott. “Desde la elección norteamericana, los líderes de Japón, Singapur, Australia y Nueva Zelandia recalcaron la importancia estratégica del TPP para sus países y para el liderazgo de la región,” escribe. El principal motivo es China. “Al retirarse Estados Unidos del TPP se abre, en efecto, una puerta para que China afirme un papel de liderazgo más pronunciado,” escribe Schott.

La economía refuerza la política. Contrariamente a la oposición de Trump, dice Schott, el TPP reforzaría la demanda de las exportaciones norteamericanas. Algunas de esas ventas pasarán ahora a competidores extranjeros, porque negociarán sus propios “acuerdos comerciales libres” (FTAs, por sus siglas en inglés), bajando importantes barreras entre ellos. Las empresas norteamericanas estarán en desventaja. “Los exportadores norteamericanos de carne y de cerdo ya enfrentan una pérdida de su porción del mercado en Japón debido al FTA Japón-Australia,” dice.

Mientras tanto, dice Schott, con los mercados norteamericanos ya abiertos a la mayoría del comercio, los negociadores comerciales de Estados Unidos renunciaron a muy poco. Hasta un pequeño arancel de un 2,5 por ciento sobre autos importados será eliminado sólo en el curso de 25 años. No es de extrañar, señala Schott, que “casi todas las asociaciones norteamericanas importantes, agrícolas e industriales, apoyen el TPP.”

Aparentemente, todo estos son motivos valederos para resucitar el TPP. Pero, a pesar de eso, “no hay [aún] indicaciones de que el gobierno de Trump contemple reconsiderar el pacto,” escribe Schott. Especula que Trump cambiará de parecer. Primero, se concentrará en sus propuestas de gastos e impuestos aun no reveladas. Si el Congreso las aprueba, tendrá más libertad para negociar modestos cambios comerciales y deshacerse del título de la época de Obama “Acuerdo Trans-Pacífico de Cooperación Económica”.

Puede ser plausible--o quizás solo una expresión de deseos.

(c) 2017, The Washington Post Writers Group

WASHINGTON -- Ahora viene Timothy Geithner, secretario del Tesoro entre 2009 y 2013, para decirnos que mucho de lo que “sabemos” sobre Dodd-Frank--la respuesta del Congreso a la crisis financiera 2008-9--es incorrecto. Es una revisión oportuna, porque el gobierno de Trump promete reorganizar la ley. El título del ensayo de Geithner, publicado en el número actual de Foreign Affairs, es simple: “Are We Safe Yet?” La respuesta no es tan simple.

Comencemos con las noticias. Como muchos otros, Geithner--actor principal en la contención de la crisis--duda que Estados Unidos enfrente “una crisis financiera importante en un futuro cercano.” Para justificar esa opinión, ofrece estadísticas y sentido común.

Desde 2008, los bancos norteamericanos recaudaron aproximadamente 500.000 millones de dólares en capital de nuevos accionistas, llevando el total a 1,7 billones de dólares. El capital agregado provee un amortiguador mayor contra pérdidas (y, por supuesto, los nuevos accionistas disfrutan de las ganancias.) Todo ello cimienta la confianza de que el sistema puede sobrevivir reveses inesperados.

Además del capital nuevo, los bancos también tienen una base más estable de fondos utilizados para préstamos. Según Geithner, los depósitos representan ahora el 86 por ciento de las deudas de los bancos norteamericanos, mientras que en 2008 representaban el 72 por ciento. Los depósitos tienden a ser estables, porque la mayor parte de ellos están asegurados por el gobierno (hasta 250.000 dólares por la Federal Deposit Insurance Corporation). Durante la crisis, la fuga de los fondos no asegurados a corto plazo (los así llamados acuerdos de recompra y papel comercial) amenazaron todo el sistema financiero. Ahora ese peligro se ha reducido.

El resultado es un fortalecimiento del sistema bancario. “Hoy en día, los bancos norteamericanos principales probablemente podrían sostener pérdidas mayores de las que experimentaron durante la Gran Depresión y tener aun suficiente capital para operar,” escribe Geithner.

La psicología refuerza esos cambios. Viró hacia la cautela. “El recuerdo de la crisis financiera global aún se cierne,” observa Geithner. “En cierta forma, eso debería ser tranquilizador. Un mundo preocupado por un posible abismo es más seguro que uno más confiado, como el de 2006.” Quizás sea más difícil obtener préstamos; pero también es más probable que se los paguen de vuelta.

Aún así, Geithner también nos da malas noticias. Su ensayo está organizado en torno a cuatro proposiciones sombrías.

(EMPEZAR NEGRITAS)Proposición No. 1: “En algún momento, con seguridad” se producirá una crisis financiera--sólo no sabemos cuándo ocurrirá ni cuán seria será.(TERM. NEGRITAS) Las condiciones cambian. Los recuerdos se desvanecen. Los reguladores del gobierno no son súper humanos. No pueden “protegernos contra todo acontecimiento nefasto concebible”. También enfrentan un dilema: Si las regulaciones son demasiado estrictas, causarán “que algunas transacciones financieras abandonen los bancos y [pasen] a instituciones menos reguladas.”

(EMPEZAR NEGRITAS)Proposición No. 2: Una verdadera crisis “no se autocorrige.”(TERM. NEGRITAS) La mayoría de los descensos en los mercados (de acciones, bonos, préstamos) se limitan a sí mismos. Los precios caen a niveles que los compradores consideran una pichincha. No ocurre eso con un pánico. Las presiones de venta reflejan el temor de que los precios de mañana sean más bajos que los de hoy. Los “precios de emergencia … hacen que gran parte del sistema financiero parezca ser insolvente.” Alguien o algo debe intervenir para detener la espiral.

(EMPEZAR NEGRITAS)Proposición No. 3: En un pánico, sólo el gobierno federal puede movilizar los recursos necesarios “para preservar el funcionamiento del sistema crediticio necesario para una recuperación económica.” (TERM. NEGRITAS) En la crisis 2008-09, el gobierno proporcionó billones de dólares de asistencia por medio de la creación de dinero por parte de la Reserva Federal y por préstamos del Tesoro. Si no hubiera habido ese torrente de crédito de emergencia, no está claro qué habría ocurrido.

(EMPEZAR NEGRITAS)Proposición No. 4: A pesar de eso, Dodd-Frank perjudicó la capacidad del gobierno de disipar futuras crisis financieras.(TERM. NEGRITAS) Restringió la “capacidad [del gobierno] de actuar como la entidad crediticia de último recurso.” El poder de la Fed para prestar a instituciones individuales se ve reducido, lo que dificulta arrancar las crisis de cuajo ni bien aparecen. La Fed no puede actuar hasta que muchas instituciones estén en apuros. Consecuentemente, estamos “aun menos preparados para enfrentar crisis” que en 2007.

Eso, por supuesto, es una locura. Pero es una locura que tienen cierta lógica política. La lección que aprendió gran parte de la población con respecto a la crisis financiera es que los bancos, y Wall Street en general, fueron “rescatados” y que ese rescate fue nocivo. Por lo tanto, Dodd-Franks se convirtió en un vehículo para asegurar que eso no volviera a ocurrir, debilitando a la Fed y a otras ramas del gobierno para manejar las crisis financieras.

El verdadero escándalo Dodd-Franks es que se permitiera que la interpretación errónea de los acontecimientos, adoptada por ambos partidos, siguiera en pie. En muchos rescates, los accionistas de los bancos sufrieron enormes pérdidas o se quedaron sin nada; en forma similar, los altos gerentes perdieron sus puestos. La cuestión no era protegerlos, sino impedir el colapso del sistema financiero.

Si el gobierno de Trump no repudia la versión popular y cambia la ley de acuerdo a eso, se arriesga a crear una herida futura, auto-infligida. Supongamos que estamos en 2028 y que la Fed no maneja bien una crisis financiera. Alguien pregunta: “¿En qué pensaron nuestros líderes cuando revocaron tantos de sus poderes?” Y la respuesta será: No pensaron.

© 2017, The Washington Post Writers Group

Su Historia
La columna de Robert Samuelson explora asuntos políticos, económicos y sociales. Explica enjambres de datos, cifras y afirmaciones en conflicto, produciendo conclusiones de sentido común sobre temas desconcertantes.
“ Tengo que dar una perspectiva diferente. Si digo lo que todo el mundo dice, es una pérdida de tiempo. Por otra parte, ser diferente por el sólo hecho de ser diferente es moral e intelectualmente un fracaso. Tengo que quedarme con mi mejor interpretación de los hechos. Cuando éstos cambien, mi pensamiento y mis escritos cambiarán”.
Samuelson inició su carrera periodística como reportero del Washington Post en la sección empresarial, en 1969. Cuatro años después salió del periódico para trabajar como free-lance. En 1976 se incorporó a The National Journal como corresponsal de Economía, iniciando su columna “Economic Focus”. Comenzó a escribir una columna para The Washington Post en 1977.
HA CONTRIBUIDO
- Sunday Times of London- The Los Angeles Times- The Boston Globe- Newsweek- The New Republic y otras publicaciones